Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

¿ L a estaba siguiendo alguien? Maggie frunció el ceño ante el retrovisor, con el vello entre los omóplatos vibrándole.

Los potentes faros azulados de un deportivo pequeño brillaban desde la cima de la cuesta, junto a los enormes focos de una camioneta y los amarillentos faros de berlinas y todoterrenos, que cabeceaban en la noche.

Nada sospechoso. Nadie conducía de forma errática, salvo ella.

Pero la tensión que le recorría la espalda se negaba a aflojar.

Había cambiado de carril, zigzagueado entre el tráfico, salido de la autopista para comprarse un batido en un autoservicio, pero en la oscuridad era casi imposible distinguir si los faros a su espalda pertenecían a los mismos coches o a otros distintos; si alguno de ellos también zigzagueaba tras ella.

Y aunque no fuera así, seguía teniendo un millón y una cosas que requerían su atención: un millón de traumas, un millón de amenazas, y no tenía ni idea de cuáles iban a por ella ahora.

El cerebro de Maggie era una papilla de información y pensamientos que se negaban a cuajar en algo que se pareciera mínimamente a los hechos.

¿Su madre había visto a alguien vigilando a su hermano?

Reid y ella habían repasado su declaración, pero él tenía razón: era increíblemente vaga, no había nada que pudiera ayudarlos.

La nota de su madre era más de lo mismo.

Vaga e inútil. Todo vago e inútil. Quizá su madre estuviera equivocada en todo.

¿Qué era real? ¿Qué no lo era?

Se obligó a relajar las manos; le dolían los nudillos de apretar el volante y le escocían los ojos de forzar la vista para ver la carretera a su espalda. ¿Qué nombre tendría su acosador? ¿Espía-chú? No era tan elegante como El Acechador Nocturno , pero encajaba más con su esencia como ser humano.

Maggie negó con la cabeza, tratando de ignorar aquellas chorradas aleatorias.

Su cerebro siempre se descontrolaba un poco cuando las cosas se ponían difíciles y, ¿a quién quería engañar?

, también cuando no. Si hubiera algún castigo para los pensamientos desbocados, ya la habrían torturado; quizá la habrían encerrado en una habitación acolchada con un locutor de radio irritante empeñado en explicarle por qué el feminismo era totalmente injusto con los hombres o...

Los neumáticos chirriaron cuando dio un volantazo a la derecha. Había estado tan obsesionada con quién conducía detrás de ella que no se había dado cuenta de que se acercaba a la entrada de la urbanización de su padre.

Solo una oscuridad de tinta la siguió al adentrarse en ella.

El corazón le latió más despacio. Frenó y tomó la curva hacia la calle de su padre a un ritmo menos suicida.

No debería haberle dicho a Reid que trabajaría hasta tarde aquella noche; pretendía echar unas horas más, pero había sido incapaz de concentrarse.

¿Seguirían pasando patrullas por delante de su oficina en vez de hacerlo por su casa?

Suspiró. Mierda. Entre la nota de su madre —«va a por ti»— y la mera posibilidad de que alguien hubiera seguido a Aiden antes de que desapareciera, tenía motivos de sobra para preocuparse.

Pero la idea de que su madre... su padre...

hubieran sabido que alguien vigilaba a Aiden y no hubieran hecho nada al respecto resultaba ridícula.

Y, por más que se devanaba los sesos, no se le ocurría ninguna razón para que su madre mintiera a la policía.

Rectificación: se le ocurrían un millón de razones para que su madre mintiera a la policía, pero no sobre alguien que vigilaba a Aiden.

Sobre eso no. Y la policía creía que su hermano conocía a su asesino.

La policía —o quizá solo Reid— creía que su prometido muerto tenía algo que ver con el asesinato de su hermano.

Que el ataque que había sufrido Maggie estaba relacionado.

Demasiada información que procesar. Demasiada.

Maggie tomó la última curva suave que llevaba a casa de su padre.

¿Cómo podía ser aquello su vida? Nada encajaba; un millón de piezas inconexas nadaban en su cerebro y no tenía ni idea de cuáles la ayudarían a encontrar al asesino de su hermano.

Solo hacía un día que había identificado sus huesos — un día —, pero de pronto le parecía crucial averiguar, ahora, aquella misma noche, quién lo había matado.

Le dolían los pulmones de tanta presión.

Y las manos se le habían vuelto a cerrar sobre el volante.

Las luces del porche parecían más apagadas de lo habitual, veladas por la noche húmeda, mientras las polillas dibujaban sombras de alas sobre los ladrillos.

Claro que las luces no estaban más tenues: era su estado de ánimo.

Más oscuro. Más pesado. Cualquier zoquete, incluso sin un título de Psicología y una marcada tendencia a exagerarlo todo, se daría cuenta.

Cerró la puerta del coche de un portazo y se encaminó hacia la casa acompañada por los gritos salvajes de los chotacabras, que marcaban el compás de las palmadas metronómicas de sus bailarinas contra el camino de entrada. El aire húmedo le pesaba en los pulmones.

Se volvió para escrutar la noche a su espalda, pero no había otros coches en la calle y los árboles junto a la entrada eran demasiado finos para ocultar a una persona.

Quizá aquel triciclo del jardín vecino era la verdadera amenaza.

¿Habría llevado alguna vez a un oso de circo con debilidad por las psicólogas?

Maggie subió los escalones del porche, riéndose para sus adentros.

Igual que cuando se había marchado, el porche estaba despejado.

Ningún regalo nuevo de Tristan: ni flores, ni entradas para un concierto de Weird Al, ni billetes de avión, ni pulseras que costaban más que su coche.

Nada que añadir a las docenas de regalos que le había hecho durante el último año, pese a que ella le había dicho que dejara de hacerlo.

Si no tuviera que trabajar con él, probablemente ya habría pedido una orden de alejamiento.

Las llaves tintinearon contra la puerta. Introdujo una en la cerradura, pero...

La puerta se entreabrió al presionar la llave contra el cerrojo.

La tráquea se le encogió hasta convertirse en una pajita diminuta que hacía silbar cada inspiración.

¿Había dejado la puerta principal sin echar la llave?

No solo sin echar la llave, sino... ¿abierta?

No te queman la casa hasta los cimientos ni te dejan un cadáver tirado en el garaje sin que te vuelvas mucho más precavida.

Cuando tu madre desaparece y asesinan a tu hermano, no se te ocurre prescindir de los cerrojos. Salvo que seas una lunática.

¿Estaba como una cabra? Claro que no.

Maggie entrecerró los ojos, pensando, escuchando el silbido de su respiración, quizá tratando de convencerse de que se equivocaba. La cerradura parecía intacta, a diferencia de la de la puerta de casa de su madre.

Miró por la rendija entre la puerta y el marco; las lámparas del interior proyectaban una lanza de luz amarilla sobre su zapato. Fuera lo que fuese lo que hubiera pasado con la cerradura, Maggie no había dejado las luces de casa encendidas. Estaba segura.

Un reguero de pinchazos le recorrió la columna.

¿Debía llamar a Reid? Para cuando él llegara, el sospechoso podría haberse largado.

Además, ¿quién creía ella que podía estar dentro?

La puerta no presentaba señales de haber sido forzada; el intruso que había entrado en casa de su madre no podía haber aprendido a abrir cerraduras con una ganzúa de la noche a la mañana.

Los pájaros nocturnos lanzaban chillidos desgarradores a su alrededor.

De dentro de la casa no llegaba ningún sonido.

No podía quedarse allí plantada toda la noche.

Los intrusos tenían suficiente picardía como para no dejar toda la casa iluminada.

Además, la habrían oído llegar en coche; habrían salido corriendo por la puerta trasera.

Si alguien había estado dentro, ya se habría ido.

A menos que te esté esperando a ti, Maggie.

La cicatriz de su cuero cabelludo palpitó con rabia, afilada como unas garras clavadas en el fondo del cerebro.

El asesino de Aiden no tendría motivo alguno para ir a por la hermana del niño muerto; si ella supiera algo sobre la identidad del sospechoso, ya habría dado un paso al frente.

Si, como había pensado en casa de su madre, andaba suelto un maltratador, primero querría información y luego sangre, y Maggie confiaba en poder darle largas.

Llevaría el móvil preparado para llamar a la policía, por si acaso.

Y si Kevin había matado a Aiden, como parecía creer Reid...

Casi se echó a reír. Kevin no la estaba esperando dentro de casa.

Su cadáver hinchado había sido incinerado la misma semana en que lo sacaron del río.

¿Qué se imaginaba? ¿Que había fingido su muerte, había metido a algún pobre desgraciado que se le pareciera en el asiento del conductor solo para putearla después de que ella rechazara su propuesta de matrimonio?

Seguramente Alex o Sammy se habían dejado algo; ambos tenían llaves de repuesto, igual que Imani.

No sería la primera vez que entraba y se encontraba a Alex tumbada en su sofá.

Ah, e Imani había dicho que se pasaría esa noche, ¿no?

No, espera, tenía que trabajar hasta tarde. Le había mandado un mensaje.

Maggie sacó el móvil: 9-1-1 . Dejó el dedo suspendido sobre el botón de llamada. Luego echó los hombros hacia atrás, empujó la puerta con el codo y vio cómo se ensanchaba la rendija.

—¡Fuego! —gritó hacia el interior.

¿Fuego? ¿En serio? Si la casa estuviera ardiendo, ya lo sabrían, pedazo de idiota.

—¡Beicon gratis!

No obtuvo respuesta.

Maggie apretó más el codo contra la puerta, ensanchando la abertura hasta que cupiera una persona. Cruzó el umbral con el estómago revuelto; seguro que era una señal de que necesitaba comer algo más que aquel batido verde. De todos modos, sabía más a azúcar que a espinacas.

—¿Hola? —volvió a llamar mientras avanzaba despacio y con cuidado por el recibidor.

La casa seguía en silencio. Pero el hormigueo en la columna no remitía. Quizá le vendría bien una ducha fría. ¿O unas horas en un club de sexo?

Entró en el salón, ignorando la corriente que entraba por la puerta principal entreabierta, el enorme ramo que seguía sobre la encimera de la cocina y las bolsas de papel de comida para llevar que asomaban por encima del cubo de basura.

También la pulsera de diamantes, aún dentro de la caja en la que Tristan se la había entregado, abierta sobre la encimera.

Maggie recorrió el salón con la mirada en busca de señales de que alguien hubiera estado allí, pero nada estaba fuera de sitio.

El sofá cama en el que había dormido la noche anterior volvía a ser un sofá; la mesa baja de madera estaba prácticamente despejada, salvo por una pila de servilletas limpias.

Alex había dejado su jersey tirado sobre el brazo del sofá, con un pequeño tubo de bálsamo labial de vainilla encajado junto al cojín.

Le rugió el estómago y el corazón empezó a sosegarse.

Terminaría de revisar la casa, quizá le mandaría un mensaje a Reid para que enviara patrullas, por si acaso .

Y después... se comería el cuenco de helado más grande que pudiera meterse sin vomitar.

Quizá le pondría por encima los Pop-Tarts que habían sobrado.

Avanzó sin hacer ruido por el salón hacia el pasillo, con el oído aguzado y la respiración contenida.

El móvil sonó y dio un respingo. Solo es una llamada, por Dios.

Pero se quedó quieta, con el dedo sobre la pantalla.

Maggie miró fijamente hacia el fondo del pasillo.

El teléfono vibró otra vez, y otra, y otra, hasta que se detuvo.

Maggie permaneció inmóvil sobre la moqueta, entrecerrando los ojos hacia el pasillo, el único rincón donde no había luces encendidas. No llegaba resplandor de lámpara alguno desde el extremo junto a los dormitorios, pero había... algo. Una sombra junto a la puerta del baño.

El zumbido volvió a sonar: el móvil. Ahora estaba en el suelo, con el nombre de Reid parpadeando contra la moqueta oscura, aunque no recordaba haberlo soltado. El sudor le resbaló por la espalda.

La figura junto al baño salió de las sombras.

Una bestia enorme en la oscuridad. Ancha. Maciza. Musculosa, muchísimo más fuerte que ella. Músculos forjados a base de pesas, no de yoga.

Maggie retrocedió despacio, con el corazón atascado en la garganta y los pulmones ardiendo, mientras los talones se le enganchaban en la moqueta.

El codo chocó contra la pared y le escoció, pero no le prestó atención.

Se deslizó de lado hacia la izquierda y retrocedió hasta el armario del pasillo.

Papá era un hombre de costumbres. Siempre había guardado el bate de béisbol de Aiden al fondo.

Siempre. Hacía tiempo que no comprobaba si seguía allí, pero...

Tiró del pomo. La puerta chirrió al abrirse, apenas lo justo.

Los abrigos formaban una masa suave y compacta.

La figura del pasillo se acercó.

Maggie hundió más la mano en la negrura del armario, buscando. ¿Dónde está? ¿Dónde está?

No podía respirar. ¡Ahí! Sus dedos se cerraron alrededor del mango. El bate se deslizó hacia fuera con un siseo apenas audible.

Maggie lo alzó por encima de la cabeza cuando la figura salvó la distancia entre ambas y se abalanzó sobre ella.