Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

E ntrecerró los ojos en la oscuridad, siguiendo el Sebring de Maggie.

El apagado rubor de sus pilotos traseros se desvanecía mientras ella se metía en el carril izquierdo y pisaba a fondo, adelantando por la autopista a dos camiones y a un Honda pequeño con el panel trasero arañado.

Su chica no frenaba por nadie: estaba dejando clara su posición. Tomando el control.

Observarla rara vez le deparaba sorpresas últimamente, pero siempre resultaba divertido.

El Sebring frenó de golpe detrás de un camión Mack con el logotipo de un sol amarillo. Las luces de freno eran dos estallidos rojos bajo el brillante círculo amarillo: agua ensangrentada al atardecer.

El Sebring dio un tirón y volvió al carril derecho, a escasos metros por delante de una pick-up azul, cuyo conductor clavó los frenos e hizo sonar el claxon.

Pero ella ya volvía a acelerar, fuera de su campo de visión, sorteando aquella bestia de tráiler.

Él también frenó, igual que la pick-up, siguiendo al sol amarillo.

Ni de broma podía colarse como había hecho ella.

Le gustaba eso de Maggie: aquella tendencia a forzar los límites, a abrirse su propio camino.

¿Estaría escuchando a Weird Al, con «White and Nerdy» a todo volumen mientras devoraba la autopista?

¿Se estaría enroscando los rizos en los nudillos?

No era una costumbre que le hubiera visto en persona, pero a menudo se la imaginaba haciéndolo, el pelo como llamas entre sus dedos, como si hubiese domesticado el fuego.

No dudaba de que fuera capaz. Era capaz de cualquier cosa. Aunque costara imaginarlo al mirarla —sus gafas de leer de empollona, sus estampados de lunares, sus rayas diplomáticas y sus pantalones de pana—, era una chica mala , vaya que sí. Él lo sabía mejor que nadie.

Miró por el retrovisor. Una fila de coches le devolvía la mirada, los faros oscilando.

Era posible que la patrulla del detective siguiera aún por allí atrás, en algún lugar, pero lo más probable era que se estuvieran relevando y que el siguiente agente la esperara en casa.

En cualquier caso, no pensaba llamar la atención.

Cuidado. Puso el intermitente. El pulso se le aceleró y tenía la lengua seca. La persecución siempre se la ponía dura, pero últimamente la emoción se había vuelto más intensa; demasiado intensa, hasta cruzar la línea de lo asfixiante. Algunas noches apenas lograba respirar.

Últimamente, ella era menos un conejo —una entidad conocida, una presa tangible— y más un mosquito revoloteándole alrededor de la cabeza.

Las cosas habían cambiado. Nunca le había gustado lo desconocido, pero siempre había sabido disponer el terreno de juego, doblegarlo, retorcerlo a su voluntad. Y ahora...

Frunció el ceño ante el camión. El sol chillón le devolvía la mirada, con vetas de naranja y amarillo que se estiraban hacia él como si le preguntaran a qué esperaba. ¿Era acaso un simple adicto a la persecución, igual que la hierba era adicta al sol? Claro que no.

Pero se le estaba escapando algo.

¿Por qué no has vuelto al club, Maggie? Ella no tenía ni idea de que, cuando se ponía aquella máscara, cuando le cogía de la mano y se lo llevaba lejos de la multitud, estaba abrazando su alma tanto como su cuerpo.

Le había costado más de lo esperado conseguir que Maggie lo eligiera y, cuando por fin lo hizo, había quedado tan prendada de él como él de ella. Pero ahora...

Pero ahora, en efecto. Hacía meses que no aguardaba al fondo del club, esperando verla aparecer con aquellas botas altas de cuero.

Esperando que volviera a elegirlo. Ayer había creído que había regresado, y se había quedado observando, con el corazón palpitándole en la cabeza y en la entrepierna, pero...

no. Había estado en el aparcamiento y luego se había ido antes de que pudiera saborearla: la peor clase de provocación.

Había vuelto a casa dolorido por lo que podría haber sido, ardiendo de deseo y frustración a partes iguales.

Pero daba igual. Tenían todo el tiempo del mundo. ¿No?

Se abrió un hueco en la fila de coches. Se deslizó al carril derecho, lejos de aquel sol acusador.

¿Dónde estaba? Entrecerró los ojos. Ahí.

Cuatro coches más adelante; detrás de ella, un Scion verde.

Sonrió. Conducía rápido, de forma temeraria, pero Maggie no era difícil de seguir.

Lo hacía a propósito: se ponía a su alcance.

Aunque jamás lo admitiría, pensaba en él tan a menudo como él en ella.

Tal vez se lo estuviera imaginando en aquel club, viendo su rostro tras todas aquellas máscaras que él siempre llevaba, pero nunca había gritado su nombre, de modo que no podía comprobarlo.

Aunque seguramente sí. ¿Quién no pensaría en él?

¿Estás pensando en mí ahora mismo, Maggie?

Pisó el acelerador. Quizá aquella noche sus pensamientos estuvieran en otra parte, algo comprensible dadas unas circunstancias tan profundamente angustiosas. Se lo perdonaría. Acababan de encontrar los huesos de su hermano, después de todo.

Ya era hora.

¿Le resultaba extraño que Nicholas Birman, el detective al que tanto despreciaba, se hubiera cambiado de comisaría poco después de la desaparición de Aiden y, aun así, se hubiese hecho cargo del caso en su nuevo destino?

¿Se preguntaría qué hilos había movido para lograrlo?

Esperaba que no. No necesitaba que ella pensara en detectives y procedimientos.

Se inquietaría, entraría en modo luchadora contra el crimen y se olvidaría por completo del afecto, de la conexión.

Y ahí era donde él brillaría, si le daban la oportunidad.

Frunció el ceño. ¿Debería decirle dónde encontrar a su madre? Quizá eso la ayudaría a verlo como un confidente, como alguien digno de algo más que una visita ocasional a un club de sexo. Pero no, no cuando comprendiera cómo lo sabía. Y menos aún cuando comprendiera dónde.

Desde luego, entonces no.

Parpadeó y volvió a concentrarse en la autopista justo cuando Maggie se metía otra vez en el carril izquierdo, aceleraba y desaparecía carretera adelante. Esta vez la dejó marchar. Sabía dónde vivía.

Sí, tenían tiempo. Mucho tiempo. Compartían un pasado y ahora tendrían un futuro.

Cuando todo aquello terminase y enterraran a su hermano, sus vidas podrían comenzar por fin.

Recuperarse de todo lo que había vivido llevaba mucho tiempo, y superar aquello le llevaría más que casi cualquier otra cosa.

Pero la esperaría en aquel club cada noche, si hacía falta. Le quitaría ese dolor.

Aunque ella fuera siempre la que llevaba la pulsera roja, le pertenecía a él.

Solo que aún no lo sabía.