Capítulo 10
C uando la lucha no era la tuya, los desafíos emocionales podían obligarte a concentrarte y distraerte de tus propias tonterías. Así era la vida de una psicóloga el día después de que se encontrara el cuerpo de su hermano.
Janice sonrió, pero solo respondió el lado izquierdo de sus labios. La brillante quemadura del derecho se contrajo, plegándole la piel desde la barbilla hasta la mejilla.
Mamá le había derivado a Janice en un principio; era uno de los pocos casos en los que habían trabajado juntas.
Pero Janice había querido tomarse un día para pensar si se marchaba, y un día era demasiado tiempo.
Dieciséis horas después de que Maggie la conociera, al día siguiente de que Janice rechazara la oferta de escapar, su marido la atacó en el restaurante que tenían.
Ahora él estaba en prisión y Janice era la dueña del restaurante, aunque no había salido ilesa.
También había perdido movilidad en tres dedos cuando él la empujó contra la freidora industrial.
—He estado yendo al grupo de apoyo que me recomendaste —dijo Janice—. Hay muchas otras madres, y eso resulta terrible y reconfortante a la vez. Por la camaradería.
Maggie asintió, pero la palabra «madre» le oprimió el pecho. Tenía tantas cosas que llorar y ni un minuto para hacerlo.
—Me alegro de que te esté sirviendo. Seguro que estás ayudando a más gente de la que imaginas.
—Habrá que sacarle algún partido a este careto tan precioso, ¿no?
—Janice volvió a sonreír, pero Maggie vio la tensión en las comisuras de sus ojos.
El tratamiento de las quemaduras y los posteriores injertos de piel eran dolorosos.
Y estaba muy lejos de terminarlos, así que la ansiedad seguía ahí. Inevitablemente.
La sesión con Janice dio paso a la de un veterano con estrés postraumático, y luego a la de una mujer encantadora con agorafobia que hacía muy poco había dejado las sesiones por internet para acudir a la consulta.
Cuando llegó la hora de comer, las costillas de Maggie se habían relajado lo suficiente para permitirle respirar con normalidad, incluso cuando el teléfono de su madre volvió a ir al buzón de voz.
Otra vez.
¿Por qué seguía intentándolo?
¡Toc, toc, toc!
Maggie levantó la vista a tiempo de ver entrar a Owen con una bolsa marrón de comida para llevar, de asas de plástico. Hombros anchos bajo una chaqueta de tweed de profesor, pelo rubio platino, ojos de un azul brillante: un cruce entre surfista y bibliotecario.
—He traído Reubens —dijo Owen—. Ya que me perdí un poco tu cumpleaños... Hizo una mueca, una disculpa en sí misma.
Maggie le indicó que entrara, pero el intenso olor a corned beef le recordó el rostro quemado de Janice. ¿Habría olido el restaurante a carne frita después del ataque? ¿Habrían aspirado los clientes aquel aroma con la boca hecha agua, preguntándose de dónde salía aquel olor tan delicioso?
Deja de pensar en ello, Maggie.
Era como decirse que no pensara en un oso polar blanco.
Maggie tragó, luchando contra la bilis que le subía por la garganta, y forzó una sonrisa.
—Ya hiciste bastante por mi cumpleaños, tío. Pero siéntate. De todos modos tengo que contarte lo de mi hermano muerto, mi madre desaparecida y la nota que insinúa que estoy en peligro. Ah, y puede que veas coches patrulla en el aparcamiento. Mejor que estés sentado.
Podría haberlo llamado la noche anterior, pero Owen era su amigo de la universidad, su socio y un hombre formal, tradicional.
No era de fiestas de pijamas entre adultos.
Los demás se refugiaban en estar juntos para hacer más llevaderas las cargas pesadas: cuando Imani perdió a su abuelo, cuando murió el padre de Sammy, cuando despidieron a Alex.
Cuando los bebés de Sammy tuvieron cólicos, Alex y Maggie se quedaron a dormir con Imani, turnándose para mecerlos, darles palmaditas y cantarles mientras Sam estaba de viaje de negocios.
Con Owen no era lo mismo. Las fiestas de pijamas le parecían una rareza, y odiaba que ella trabajase con la policía, odiaba que trabajase con la cárcel, odiaba cualquier atisbo de peligro. El asesinato de Aiden lo afectaría de una forma que iría mucho más allá de un «lo siento muchísimo».
Hay que decir en su favor que le había hablado de aquel club sexual; se había enterado por su exmujer y se había escandalizado.
Si descubría que Maggie había ido de verdad, le daría un infarto.
Sammy se burlaría de ella si se enterase...
pero lo aceptaría. Alex probablemente le pediría la dirección.
—¿Qué tal estaba la magdalena? —preguntó Owen. Dejó la bolsa en una esquina de su escritorio y sacó los recipientes de porexpán: uno para ella y otro para él.
—Deliciosa. Y me encanta mi boli nuevo. Gracias.
Él sonrió, pero aquello solo acentuó las bolsas bajo sus ojos, especialmente marcadas aquel día. Ojeras como moratones de color morado oscuro.
—Owen... ¿estás bien?
Se dejó caer en la silla frente a ella y abrió el recipiente de su sándwich, pero no hizo ademán de comer. Owen negó con la cabeza.
—No estoy muy bien. Katie ha pedido la custodia completa de las niñas.
¿Te lo puedes creer? Con todo lo que he hecho por ella, por mis hijas, y ella va y...
—Suspiró; tenía los ojos enrojecidos y tensos—.
Supongo que es lo que pasa cuando tienes un novio abogado de postín que quiere que te mudes con él a California.
Si gana esto, podrá llevarse a mis hijas adonde le dé la gana.
Yo solo podré verlas unas cuantas veces al año.
A Maggie se le desencajó la mandíbula.
—¡Es una locura! Tus hijas te adoran; no puede quitártelas así como así.
Sus hijas eran su vida. Maggie solo había visto a Katie dos veces, ambas en reuniones navideñas.
Katie nunca quería quedar con los amigos de Owen y siempre había parecido celosa de la propia Maggie.
Tampoco quería que sus hijas se relacionaran con los amigos de Owen.
Joder, quizá Katie siempre había sido el problema y, cuando el divorcio fuese definitivo, él se apuntaría a sus pijamadas de crisis.
Owen tenía los labios apretados en una única línea exangüe. Miraba fijamente su sándwich. Seguía sin intentar siquiera cogerlo.
Ella alargó la mano hacia el suyo, como si quisiera dar ejemplo; el porexpán estaba caliente y grasiento.
—Lo siento muchísimo, Owen. Pero no va a ganar esto; no vamos a permitirlo.
Hablaremos con Sam, ¿vale? Seguro que conoce a algún abogado de divorcios cojonudo.
Le sorprendía que Owen no hubiera recurrido ya a Sammy o a Imani, pero él era optimista por naturaleza: había creído que podrían arreglarlo con un mediador.
Pero en cuanto Katie empezó a salir con un abogado de altos vuelos... bueno.
Maggie abrió el recipiente de su sándwich y el aire salado le subió a la nariz como una niebla grasienta.
Se le revolvió el estómago. Se recostó en la silla y dejó que la mirada recorriera el escritorio, después la pared del fondo, donde estaban el guante de béisbol de Aiden y la fotografía de ella con su hermano.
Su hermano muerto.
Owen seguía mirando fijamente su sándwich.
Sí, lo de Aiden lo dejaría para otro momento. En vez de eso, pasaron los veinte minutos siguientes repasando las opciones de Owen, procesando sus sentimientos al más puro estilo psicoterapeuta, y luego los dos dejaron atrás sus almuerzos casi intactos para atender a sus pacientes.
A diferencia de la mañana, la tarde se arrastró.
Trabajar la ayudaba a no pensar en que alguien había asesinado a su hermano y lo había arrojado a un pozo…
casi. La ayudaba a no pensar en su madre desaparecida…
casi. Le hacía olvidar que seguía notando el olor de Kevin en las fosas nasales, incluso por encima de el corned beef.
Y Bert, el muñeco cabezón, lo contemplaba todo, asintiendo, asintiendo, asintiendo.
Cuando se marchó su última paciente, Maggie tenía los huesos pesados de agotamiento.
Se había perdido dos mensajes de Alex: uno, un chiste sobre un burro; el otro, tres palabras: «Te quiero, boba».
Maggie sonrió, respondió con un emoji de un caballo y otro de un melocotón, y después revisó las llamadas perdidas.
Posible spam y… posible spam. Estupendo. La última era de Reid.
Pulsó el botón para devolverle la llamada.
—He averiguado por qué Birman te estaba interrogando con tanta dureza —dijo Reid antes de que pudiera saludarlo.
Apoyó los codos sobre el escritorio y se inclinó hacia delante, sujetando el teléfono contra la palma.
—Ya te dije por qué. Estaba llena de moratones...
—No, no me lo dijiste. Quiero decir, tú creías que sí, pero... —De fondo sonó el claxon de un coche, un pitido agudo y seco—. Estoy a punto de llegar a tu consulta, a menos que prefieras que quedemos en la cafetería. O podemos cenar.
Miró el táper del sándwich, todavía lleno.
—Esta noche tengo que trabajar hasta tarde y no tengo hambre. Ve al grano.
Él hizo una pausa. Luego dijo:
—Tú creías que Birman sospechaba de ti por las heridas, pero ni siquiera me las mencionó. Según Birman, pensaban que Aiden había sido secuestrado porque tu madre les dijo que alguien lo estaba vigilando.
¿Qué?
Se enderezó de golpe, súbitamente más despierta, como un universitario de fraternidad dormido al que acabaran de arrearle un matamoscas en plena cara.
—Te equivocas. Tienes que...
—Yo mismo vi el informe original. Incluso hablé con el agente que lo redactó. Birman no se lo está inventando.
Maggie se quedó mirando el escritorio, atónita.
—No tiene sentido. Si alguien vigilaba a Aiden, ¿por qué no tuvo más cuidado? ¿Por qué no iba a recogerlo al colegio, a vigilarlo más de cerca? Aunque creyera que se estaba volviendo paranoica, una vez desapareció, ¿por qué no me vigiló a mí ?
¿Solo porque le gustaba más él? Si el nombre tan normal de Aiden era indicio de algo, mamá lo había preferido desde que nació. ¿Magma? ¿A quién se le ocurre?
—Esa es la misma pregunta que se hacen Malone y Birman. Por qué, si creía que vigilaban a Aiden, no extremó las precauciones, ni antes ni después de que se lo llevaran. Pero con esa nota... quizá ahora esté intentando protegerte.
—Menuda mierda de trabajo está haciendo. Ni siquiera podía garantizar que yo encontrara la nota. Y si tiene que ver con Aiden, implica que su asesino va a por mí. ¿Por qué iba a protegerlos no dándome un nombre? ¿Por qué no llama a la policía?
Una cosa era escribir en clave, pero aquella nota ni se acercaba a identificar al culpable. Si Maggie supiera quién había matado a su hermano, lo delataría antes de que pudiera hacer daño a nadie más. Qué demonios, lo delataría por justicia... incluso por venganza.
—No tengo ni idea de qué está pensando tu madre. Ojalá la tuviera.
Maggie parpadeó. En algún momento, había empezado a acariciar la cabeza de Bert. El muñeco se bamboleó, pero no supo decir si asentía en señal de reproche o de apoyo.
El silencio se prolongó, denso e incómodo. Dejó caer la mano sobre el escritorio.
—Reid, ¿qué no me estás contando?
¿Qué no quería contarle?
Él suspiró.
—Birman no fue especialmente comunicativo, pero parece que alguien llamó para dar una pista sobre Aiden desde Yarrow poco después de que emitieran el aviso de búsqueda.
—¿Yarrow? Está a tres horas de aquí.
—Tres horas y media. La mujer describió al dedillo lo que llevaba puesto Aiden, su mochila, todo. Y para que estuviera en Yarrow cuando entró esa llamada, el asesino tuvo que salir de Fernborn poco después de que tú llegaras a casa.
La cabeza le daba vueltas.
—Pero... ¿por qué? Quiero decir, ¿y si solo fue el asesino intentando despistar a la policía?
—Es posible. Birman dijo que llamaron desde una cabina antigua; había mala conexión y se acabó el dinero antes de que consiguieran un nombre, lo cual resulta sospechoso de por sí.
Pero a la mañana siguiente, la policía de Yarrow encontró la libreta de Aiden detrás de la gasolinera donde quien llamó dijo haberlo visto.
Es posible que alguien la dejara allí después de enterrar el cadáver, pero Birman está plenamente convencido de que tu hermano estuvo en Yarrow con su secuestrador. Con su asesino.
Maggie se quedó mirando hasta que la cabeza oscilante de Bert se detuvo. ¿Cómo no lo había sabido? Aunque quizá era mejor no saberlo. Si Aiden seguía vivo tres horas y media después, el asesino había alargado aquello. Los pulmones se le contrajeron y luego se aflojaron.
—Si Birman cree que el asesino se llevó a Aiden fuera de la ciudad, ¿por qué sigue siendo tan gilipollas conmigo?
Por lo que decía, parecía que ella estuviera con el propio Birman cuando entró la llamada.
—Bueno, hay otro problema con el... cuerpo.
Sobre todo si el asesino viajó con él. —Hizo una pausa—.
No había heridas defensivas en los huesos.
Sigo verificando la información; he solicitado datos a la compañía telefónica, pero el testigo de Yarrow dijo que Aiden estaba simplemente de pie junto a los surtidores.
Maggie frunció el ceño.
—Fuera real la llamada o no, que no haya heridas defensivas significa que Aiden murió rápido, ¿verdad? ¿Demasiado rápido como para sufrir?
Pero lo demás. Aiden de pie, libre. ¿Y cómo podía eso convertirla a ella en sospechosa?
—Sí, fue rápido: una sola herida de cuchillo, de una hoja tipo Bowie.
Aiden no tuvo tiempo de defenderse. Pero...
—Inspiró bruscamente. De fondo, unos neumáticos chirriaron—.
Si la llamada era auténtica, Aiden no intentó correr cuando tuvo la oportunidad.
Birman cree que Aiden no luchó contra el secuestrador porque no sabía que debía hacerlo.
Se recostó contra el respaldo a cámara lenta.
—¿Qué estás diciendo, Reid?
Pero lo sabía, ¿no?
Sonó un golpe hueco al abrirse la puerta de su coche, seguido de un portazo que resonó en el atardecer al otro lado del edificio.
—Parece que tu hermano se fue voluntariamente con el secuestrador. Por eso Birman y Malone creen que Aiden conocía a la persona que lo mató. —Hizo una pausa—. Y yo también.