Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

E sta vez Reid no había traído café, ni chai tampoco.

Maggie lo agradeció. El olor que aún flotaba de la carne en conserva que no había tocado le revolvía el estómago.

Dio un sorbo de la botella de cristal que tenía sobre el escritorio —un regalo de Alex—, pero hasta el más leve hilo de agua le encogió las entrañas.

El pelo de Reid se le erizaba por el lado izquierdo de tanto pasarse los dedos por la cabeza, como hacía cuando estaba estresado de verdad, cuando intentaba resolver algo.

Cruzó un tobillo sobre la rodilla contraria.

Maggie hizo lo mismo, imitando sus movimientos como si así pudiera colarse en su cabeza.

Se sentía extraña, una impostora, como un oso montado en un triciclo.

Descruzó las piernas y se inclinó sobre el escritorio.

Aiden se fue voluntariamente con el secuestrador.

Aiden conocía a la persona que lo mató.

—Birman sabe que puedo confirmar la llamada de Yarrow, y voy a hacerlo, así que mentir sobre eso sería una estupidez, como mínimo. De momento, vamos a plantearlo como si tu hermano hubiera estado en Yarrow; pongamos todas las cartas sobre la mesa. Sé que parece improbable, pero…

—Si se fue con el secuestrador… no sé quién podría habérselo llevado —dijo ella—.

Yo no tenía amigos con coche a los trece años; Aiden, desde luego, tampoco a los once.

Kevin era lo más parecido que tenía a un amigo que supiera conducir, pero solo tenía quince años y no tenía coche.

Eso deja a un adulto, y… —Negó con la cabeza—.

¿Quizá un profesor? No se habría ido con un desconocido.

Reid aspiró por la nariz y negó con la cabeza.

—Investigaron a conciencia el colegio, a los profesores, a cualquiera con quien Aiden tuviera contacto habitual, precisamente por los motivos que acabas de mencionar.

Luego estaba el acoso que denunció tu madre.

Los detectives se lo contaran o no a tu familia, Birman tenía clarísimo, incluso entonces, que quien se llevó a Aiden era alguien a quien Aiden conocía.

Maggie retiró las manos del escritorio. Habían dejado en la madera las huellas húmedas de sus palmas. Vio evaporarse la humedad y entonces dijo:

—No tiene sentido.

—Un desconocido habría tenido que drogarlo; no habría estado en pie en aquella gasolinera si…

—No, no esa parte —Miró sus dedos, calientes y pegajosos sobre el regazo—.

¿Por qué iba el asesino a traerlo de vuelta a Fernborn para…

? —Tragó saliva con fuerza, obligándose a decir la palabra—.

¿Deshacerse de él? Quiero decir, si consiguió sacarlo de la ciudad, bien lejos de quienes lo buscaban…

¿por qué volver para matarlo en el bosque?

—Puede que ya estuviera muerto antes de regresar a Fernborn.

Quizá el sospechoso pensó que era un buen lugar para tirar el cuerpo, ya que los agentes ya se habían ido del bosque.

Pero tienes razón: es un riesgo. Y uno extraño.

—Descruzó las piernas y volvió a cruzarlas hacia el otro lado—.

Además de algunas astillas y restos de savia —rastros previsibles por haber estado en el bosque—, había en su cuerpo residuos químicos que indicaban un tipo concreto de material aislante.

No lo tendrías en casa, y yo mismo consulté con el colegio.

Nunca utilizaron esa clase de aislante. Es antiguo.

Más antiguo, como… ¿quizá el tipo de aislante que cabría esperar encontrar en un edificio de oficinas a punto de ser demolido? Le sostuvo la mirada. Los ojos de Reid eran dos remansos de ámbar líquido bajo la luz dorada de la lámpara.

—Si el asesino dejó a Aiden en la oficina y trasladó el cuerpo al pozo más tarde, explicaría por qué no lo encontraron cuando peinaron el bosque.

—Exacto. —Reid asintió.

Dejó que la mirada se le fuera hacia la mesa bajo la ventana, hacia el guante de béisbol de su hermano. Tanto si el asesino lo había llevado a Yarrow como si no, habría sido fácil meterlo a escondidas en aquel edificio oscuro. Aiden era…

Pequeño. Vio los huesos en su mente. El diminuto montón sobre aquella mesa de acero inoxidable.

Reid la observaba, esperando a que respondiera; sentía su mirada perforándole la piel. Parpadeó una vez más al mirar el guante, después la foto de ella y su hermano, con sus sonrisas congeladas, y se volvió hacia él.

—Fue inteligente tirarlo en un sitio donde la policía ya no buscaba, pero esto parece más bien remordimiento: querer que Aiden estuviera cerca de su familia, incluso muerto.

Si no, no sé por qué habrían corrido ese riesgo.

Y todo esto revela más planificación de la que esperaría de un secuestro oportunista.

Pero si alguien había estado vigilando a Aiden, como decía su madre, no había sido exactamente oportunista, ¿verdad?

Y por entonces su madre no ayudaba a víctimas de violencia doméstica a escapar, así que esa teoría se iba al garete.

Además, quienes hacían daño a niños solían matarlos durante las primeras horas.

Que hubiera llegado vivo hasta Yarrow ya sería una anomalía, y...

Maggie frunció el ceño.

—Suena más a pánico, ¿no? Salir huyendo así, trasladar el cuerpo de un lado a otro.

—Entonces no es un asesino curtido.

—No. Diría que es más joven; quizá incluso un adolescente ya crecido. Como el tipo que me atacó.

Se le cerró la garganta. ¿Y si había estado equivocada todo aquel tiempo? ¿Y si aquel imbécil había salido del despacho justo después que ella, se había topado con Aiden por una extraña casualidad y lo había asesinado?

—¿Las trazas de aislante llegaron hasta Aiden a través de la persona que lo mató? ¿O procedían del propio edificio?

Reid se encogió de un hombro fornido.

—Solo eran trazas, así que, en teoría, podían tener cualquiera de los dos orígenes.

Tenía la voz tensa y la mandíbula apretada. Tosió antes de continuar:

—Has dicho que Aiden no se habría acercado a un tipo raro con un pedazo enorme de cristal clavado en la cara. Pero ¿y si pensó que necesitaba ayuda?

—No me imagino a Aiden subiendo a un coche con él, pero con once años...

Los niños podían ser estúpidos. Ella, desde luego, lo había sido a los trece.

Sí, era casi imposible que su atacante hubiera podido conducir al otro extremo de la ciudad a tiempo de encontrarse con Aiden en el bosque, pero ¿de verdad era más probable que se lo hubiera llevado otra persona?

Puede que su familia hubiera sido el objetivo, o puede que no, pero un único sospechoso violento era una explicación más sencilla que varios ataques inconexos.

Nunca lo había creído, pero quizá solo no quería ser la persona que había dejado libre a un asesino para que matara a su hermano.

Quería matarme. Me defendí y tuvo que buscar otra manera de saciar aquella sed de sangre.

Y, en vez de forcejear o morder, había apuñalado a Aiden directamente en el corazón. Lo de salir de la ciudad no tenía sentido; el remordimiento parecía improbable, pero...

Debería haber sido yo.

—Si el hombre que te atacó estaba tan herido como dices, habría habido sangre en Aiden, en su ropa. Pero el ADN se degrada a la intemperie; eso no nos servirá de mucho. Así que vamos a enfocarlo desde otro ángulo.

Le sostuvo la mirada.

—Ese hombre al que apuñalaste... ¿estás segura de que salió del edificio? Tristan está investigando en los hospitales, pero por ahora no ha encontrado nada. Y la herida que describes habría parecido fruto de una agresión. El hospital debería haber avisado.

Menudo cambio de tema. El muñeco cabezón de Bert la observaba desde el escritorio.

—Me estás preguntando... ¿si lo maté?

Entonces, ¿quién demonios creía que había ido a por Aiden?

—Te pregunto si viste con certeza que no lo hiciste.

La temperatura de la sala parecía haber subido; el sudor le hormigueaba en la nuca.

—La última vez que lo viste, ¿dónde estaba?

—Tirado en una esquina.

—¿Kevin no preguntó quién era? ¿No comprobó si respiraba?

Parpadeó.

—No.

—Eso parece raro, ¿no?

En aquel momento no le había parecido extraño.

Los dos estaban tan aterrados que le había parecido natural que Kevin la ayudara a levantarse, huyera con ella y le curara las heridas.

La estaba protegiendo. Pero, después... sí, ambos habían cuestionado sus decisiones.

Kevin siempre se había sentido culpable.

—¿Te acercaste tú a él? —preguntó Reid al no obtener respuesta—. ¿Comprobaste si seguía vivo?

—No lo maté, solo le rajé la cara .

Tenía la espalda tan rígida que apenas podía respirar.

No tenía ni idea de qué le había ocurrido a aquel chico, pero seguramente ya no estaría allí cuando demolieron el edificio al día siguiente.

Alguien habría reparado en un crío muerto entre los escombros; habría visto aves carroñeras durante los días posteriores.

—¿Cuánto tardasteis Kevin y tú en llegar a tu casa?

—Yo... no estoy segura. Solo sé que estaba anocheciendo.

Le daba la impresión de que Reid estaba dando vueltas sobre lo mismo.

—¿Kevin te llevó en coche?

El muñeco de Bert, con la cabeza oscilante, asentía: ella no paraba de agitar la pierna contra el escritorio.

—Kevin apenas tenía quince años. No tenía carnet, y mucho menos coche. Ya te lo dije.

—No lo recuerdo… Después de limpiarte la cabeza, ¿volvisteis a pasar por delante del edificio? ¿Atajasteis por el bosque?

Los músculos le gritaban; los tendones de los brazos, tensos como cuerdas de piano.

—¿Debería pedir un abogado, Reid?

Una comisura de su boca se curvó hacia arriba.

—Sígueme la corriente, ¿vale? No sospecho de ti, pero esto… me ayuda a pensar. Interrogar a un sospechoso y hablar contigo de un caso son mis tácticas de cabecera.

Se le destensó la espalda. Estaba proyectando: se sentía culpable y asumía que él también la creía culpable, ¿no? Pero, cuando volvió a apoyar la espalda en el respaldo de la silla, los brazos se le cruzaron solos.