Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

La rabia le burbujeó en las tripas, tan ardiente, repentina e inesperada que le robó el aliento.

Su madre… había salido huyendo y le había dejado todo aquello a Maggie.

Incluso de niña la había dejado sola con su dolor, insistiendo en que olvidara cada vez que intentaba hablar de su hermano.

Y cualquier psicólogo sabía que decirle a alguien que no pensara en un oso polar blanco hacía que pensara de inmediato en osos polares blancos.

Dile a una adolescente que ya vive angustiada que no piense en su hermano muerto, y tienes la receta perfecta para la obsesión.

Su padre volvió a parpadear hacia la pantalla mientras Harris Overstreet avanzaba por un largo camino flanqueado de árboles, con el bosque a su espalda haciendo que sus palabras resultaran aún más siniestras.

Maggie retiró la foto y la dejó sobre el regazo.

Lo he intentado. No estaba allí para torturarlo, así que bien podría aprovechar lo que quedaba de visita…

—Nunca creí que fueras tú, ¿sabes?

Parpadeó.

—¿Yo? ¿Sabía quién era ella? ¿Sabía de qué estaban hablando? Era difícil saberlo; siempre lo era. —¿Que qué creíste que era yo, pa…?

Papá. Disimuló el tropiezo con una tos.

Él la miró de reojo.

—Estoy intentando ver el programa.

Claro que sí. A Maggie le daba vueltas la cabeza; tenía el estómago revuelto.

—¿Qué era lo que no creíste que fuera yo? —insistió.

—¿Quieres callarte?

Apretó la mandíbula. Maggie reprimió un suspiro.

Cualquier atisbo de recuerdo había desaparecido.

Pero podía imaginarse a qué se refería. Nick Birman había hablado con todos ellos, había interrogado a la propia Maggie y había sometido a sus padres a horas de preguntas.

Seguro que había insinuado que Maggie tenía algo que ver con la desaparición de Aiden, que había usado las pequeñas heridas que hubiera visto como prueba de que se había peleado con su hermano.

No sabía nada de las lesiones más graves: nadie le había apartado nunca el pelo para mirar debajo.

Maggie se recostó en el sillón reclinable, dejó la foto de Aiden sobre el apoyabrazos y sacó el móvil.

Harris Overstreet seguía soltando su discurso sobre el sospechoso —un panadero, en aquel episodio—, pero ella solo veía la nerviosa cara de payaso de Birman, sus ojos embusteros. Su mentón de culo.

Tocó la pantalla del móvil. Maggie apenas usaba las redes sociales, pero sentía curiosidad por Birman y su compañero.

¿Qué clase de hombre pasaba sus días con un imbécil como Birman?

Malone no podía ser tan agradable como aparentaba.

En internet, el canadiense lucía una sonrisa amplia y cordial, sin rastro de la adusta cara de carlino que ella había visto en la morgue.

La nariz le parecía menos aplastada cuando estaba en una cata de vinos.

Había fotos suyas con tres mujeres distintas a lo largo del último año, fotos de comida, de vacaciones en…

Montreal e Italia. El hecho de que tuviera un perfil público parecía indicar que no escondía demasiados secretos. Salvo que fuese una treta.

Pero de Birman… nada. Probó otras redes sociales con el mismo resultado: no había ningún Nick Birman, al menos ninguno que fuese el Nick Birman correcto.

Era posible que tuviera un perfil privado por su puesto de detective de homicidios; Reid tampoco tenía perfiles públicos en redes.

Buscó a Birman en Google, pero, aparte de unas pocas menciones breves en periódicos locales, el tipo era un fantasma.

Perfil bajo, vale, pero la ausencia de reconocimientos le hizo pensar que quizá se le daba fatal su trabajo.

No era el hombre que quería al frente del caso de su hermano.

Maggie frunció el ceño. Odiaba pedirle a Tristan información sobre el detective; odiaba pedirle cualquier cosa, una más de las muchas complicaciones de trabajar juntos.

Si conociera a otra persona capaz de hacerlo, se lo pediría a esa persona, pero tal como estaban las cosas…

Tristan era su única opción. No quería contarle a Reid que estaba investigando a policías.

Puede que no le importase, pero si no era así…

—Tengo hambre —dijo de pronto su padre, y Maggie dio un respingo—. ¿Puedes bajar a por palomitas? Con mantequilla extra.

Asintió una sola vez. Resuelto.

Ella miró el móvil y luego a su padre. Nunca pedía palomitas: le dolían los dientes, y llevaba una prótesis parcial que no toleraba bien los granos de maíz.

Pero las palomitas habían sido lo suyo cuando era pequeña.

Cuando Aiden aún vivía, se tumbaban en el sofá, a menudo con Sammy, y veían los episodios originales de Misterios sin resolver .

Harris Overstreet no le llegaba ni a la suela del zapato a Robert Stack.

Él seguía mirándola, esperando una respuesta. Se puso en pie y se acercó al piano para devolver la foto a su sitio.

—Veré qué puedo hacer.

Puede que la máquina expendedora de la cafetería tuviera algo.

Él sonrió. Tenía los dientes largos y el esmalte amarillento, pero la sonrisa era genuina.

—Buena chica.

Se detuvo a medio camino de la puerta, con el corazón retorciéndosele.

Buena chica. Aquella también era una vieja expresión familiar, aunque casi siempre la usaban en broma.

Aunque no comprendiera del todo, conscientemente, qué significaba la muerte de Aiden, había una parte de él que intentaba aferrarse a su hijo. Aferrarse a ella.

Le ardían los ojos. Dolor en el pecho, las costillas a punto de abrirse de par en par: un dique que se rompía.

Sí, encontraría palomitas, palomitas de verdad, aunque tuviera que correr hasta la tienda.

Mantequilla de mentira, pero su padre no se daría cuenta.

Se sentarían allí a ver Los enigmas más desconcertantes del mundo , picarían algo, y ella intentaría recordar, aunque solo fuera durante unas horas, qué era tener un hermano, un padre.

Qué era tener una familia.