Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

M aggie se despertó con el cuello contracturado y una inquietante sensación de vacío en las tripas.

Sammy preparó huevos con cebolla y jalapeños; Alex había traído PopTarts.

Maggie hizo el café bien cargado. Cuando la vida te daba un puñetazo tras otro en la cara, la comida y la bebida tendían a resultar insípidas, pero era imposible ignorar el amargor del espresso, el irresistible dulzor de la bollería industrial o el picante abrasador de los pimientos.

Cuando sus amigos se marcharon, puso por escrito sus conclusiones sobre el asesino de Aiden; un perfil más rudimentario de lo que le habría gustado, pero aún esperaban pruebas...

, pruebas a las que quizá nunca llegara a tener acceso.

Aun así, le envió las páginas por email a Reid, añadiendo que lo revisaría en cuanto pudiera consultar los informes forenses, y volvió a llamar a su madre varias veces antes de salir de casa. Nada.

No esperaba que respondiera. Probablemente su madre se había ido por voluntad propia, y contestar al teléfono podía revelar dónde estaba, tanto a Maggie como, más importante aún, a la policía.

Pero aquella nota la estaba carcomiendo por dentro.

¿De verdad le preocupaba a mamá que Birman hiciera unas cuantas preguntas de más o acosara a Maggie, como sospechaba Sammy?

¿O temía a un maltratador? Maggie había investigado a los maltratadores cuyos nombres conocía, pero la lista de maltratadores que ambas conocían era corta; pocos de aquellos con quienes trabajaba Maggie tenían contacto con su madre.

Y la mayoría estaban entre rejas..., ya no suponían una amenaza.

Además, ¿por qué no habían ido a por Maggie en cuanto se dieron cuenta de que su madre se había marchado?

La teoría de Sammy cobraba cada vez más sentido.

Maggie suspiró y se calzó las bailarinas.

Daba igual quién fuera ese infame «él» que venía a por ella: su madre no podía volver a casa sin que la detuvieran.

Hubiera una amenaza o no, mandase alguna postal de vez en cuando o no, a todos los efectos prácticos Maggie no tenía madre.

¿Debía llorar también a su madre, junto con Aiden?

Quizá por eso el zumbido monótono del tono de llamada le revolvía en el estómago los pimientos, los huevos y la cobertura de las PopTarts como una lavadora llena de requesón aceitoso.

La autopista tenía un aire distópico antes de las ocho, como si un agujero negro hubiera engullido todos los demás coches.

El coche patrulla que la seguía no llevaba distintivos, pero tenía una luz intermitente en el parabrisas.

¿El hombre de Reid? Pisó el acelerador a fondo, pero él no le dio el alto; se limitó a acelerar para no perderla, incluso cuando ella se puso a quince millas por hora por encima del límite.

Sin duda era el hombre de Reid. Levantó el pie del acelerador, sin ganas de tentar al destino ni de poner a prueba la paciencia del agente.

Maggie recorrió el resto del trayecto hasta la residencia para mayores en piloto automático y aparcó en la parte delantera del aparcamiento.

La noche anterior había llamado para avisarles de la muerte de Aiden, por si aparecían los detectives.

No quería sorpresas, ni para su padre ni para el personal.

Su padre ya andaba en la cuerda floja al seguir viviendo allí sin cuidados de enfermería permanentes.

Pronto lo trasladarían a la residencia geriátrica anexa.

Dentro había una luz intensa, más brillante que la del sol de primera hora. Maggie saludó con la cabeza a la enfermera que estaba tras el mostrador circular del vestíbulo: Candace, se llamaba. Ella le devolvió el gesto, pero tenía los ojos tristes. Pobrecita , decían.

Maggie decidió que Candace no le gustaba tanto como había creído hacía apenas unos segundos.

La empatía era una cosa; la compasión, otra.

Pero la lástima implicaba una tristeza sin salida...

, impotencia. Aquello bastaba para erizarle el vello de la espalda.

No era más que una reacción del sistema nervioso simpático, un mecanismo defensivo para recuperar cierta sensación de control, pero aun así a Maggie le desagradaba aquella sensación.

La habitación de su padre estaba al final del pasillo, a la derecha; se oía la televisión desde fuera de la puerta.

Probablemente estaba despierto. Bien. O mal, según le apeteciera hacer llorar a un anciano.

¿A quién quería engañar? Él no reaccionaría ante ella como si fuera de la familia.

Seguramente sentiría más por la planta enfermiza que tenía sobre el piano que por el nombre de «Aiden».

Apartó aquel pensamiento de un empujón y luego empujó la puerta.

Las enormes hojas del papel pintado la recibieron con toda su extravagancia, pero el resto de la habitación era corriente, incluso aburrido: una mesa bistró de caoba con tres sillas que Sammy le había ayudado a elegir, un piano vertical coronado por una maceta con una lengua de suegra de hojas puntiagudas.

Junto a la maceta había una foto de ella y Aiden de niños, enmarcada en madera y adornada con hojas talladas que hacían juego con las paredes.

Su padre no levantó la vista al entrar ella.

Sus rizos de un blanco puro estaban atravesados por mechones rojizos que hacían juego con el pelo de Maggie; su barba espesa era todavía más cobriza.

También tenía los ojos del mismo tono ámbar que ella. Pero no repararía en ello.

Maggie se acercó al piano, recogió la foto enmarcada y se acomodó en el otro sillón reclinable, con la imagen de ella y Aiden sobre el regazo. El sillón de su padre ya estaba medio reclinado, con el mando en el reposabrazos y el índice suspendido sobre el botón del volumen.

—Hola.

Tuvo que alzar la voz para que la oyera por encima de la televisión. Le escoció la garganta.

—¿Te importa que la vea contigo?

Su padre la miró de reojo, con una de sus cejas de fuego arqueada.

—¿Te gusta Los enigmas más desconcertantes del mundo ?

Ella sonrió.

—¿A quién no?

El programa había sido uno de sus favoritos durante los últimos diez años.

Una imitación de Misterios sin resolver que no acababa de dar la talla, pero era lo bastante entretenido como para verlo una y otra vez.

Había oído que estaban preparando una nueva temporada...

, qué emoción. Le mataba el suspense saber quiénes eran los malos.

Papá entrecerró los ojos, pero asintió.

—Ya lo creo. Oí que estaban pensando en sustituir a Harris Overstreet, pero entraron en razón, gracias a Dios.

Ella ya lo sabía; había sido ella quien le contó aquel dato curioso. Maggie ladeó la cabeza, pero la mirada de su padre seguía igual. Amable, sí, pero sin el destello de afecto que habría despertado el reconocimiento.

—¿Has visto a mi madre últimamente? —preguntó Maggie.

Era muy poco probable que su madre hubiera ido allí; que Maggie supiera, no había visitado a su padre desde que se divorciaron. Pero tampoco había huido nunca antes.

—¿Quién es tu madre?

—Una mujer mayor. A veces lleva un anillo verde enorme. A menos que lo deje envuelto en una nota críptica.

Él resopló.

—No. Pero suena hortera, como si tuviera algo que demostrar.

No le faltaba razón. Y aquella respuesta bastaba. La foto que sostenía pesaba. También quemaba, calentada por el calor de su cuerpo.

—¿Te importa que bajemos un poco la televisión? Quiero enseñarte una cosa.

Él resopló, frunció el ceño y, por fin, hizo lo que ella le pedía. Pulsó los botones con una fuerza innecesaria, como si pudiera expresar su fastidio regulando el volumen con agresividad.

Ahora o nunca.

Ah, ¿a quién quería engañar? Pasara lo que pasase, tendría que volver a decírselo antes del funeral. Por si quería... ir. ¿Querría? Y si iba, ¿recordaría por qué estaba allí cuando llegaran?

Mierda, tengo que organizar un funeral.

Maggie giró la foto hacia él, con la mano temblorosa. Él la miró de reojo, frunció el ceño y volvió la vista hacia la televisión.

—Me acuerdo de cuando desapareció —dijo despacio, como tanteando—. Recuerdo que sentía que debería haber hecho algo de otra manera. Que si hubiera estado con él… seguiría bien.

Su padre gruñó. Esperó alguna otra respuesta, pero su padre tenía los ojos clavados en la pantalla.

—¿Te acuerdas de lo mal que lo pasé después de que desapareciera? Lloré durante semanas.

—¿Has visto este episodio?

Tragó saliva. No se acuerda, Maggie. No sabe que su hijo desapareció; no recordará al niño aunque le digas que Aiden está muerto. Pero ya estaba hablando, aunque la parte lógica de su cerebro considerase que era una estupidez, algo irrelevante, quizá hasta cruel.

—No, no lo he visto.

Por la trigésima cuarta vez.

—Y me hace ilusión verlo contigo. Pero antes…

Se inclinó hacia él.

—Tengo que decirte una cosa.

No solía presionarlo para que recordara; si podía evitarlo, ni siquiera lo llamaba «papá». Pero aquello… Tenía que decirlo. Al menos tenía que decirlo en voz alta, aunque él no tuviera ni idea de lo que significaba. No podía privarlo de una información tan crucial.

—Aiden está muerto.

Pulsó el mando y subió el volumen dos puntos. Parpadeó ante la tele.

—¿Me has oído?

Tenía que asegurarse de que la había oído. Después, por él tanto como por ella misma, no volvería a decirlo. Dejaría que lo olvidara, como su madre había insistido en que hicieran desde el día en que Aiden desapareció.