Capítulo 8 #2
Su voz sonó débil. Cansada. Sintió alivio por no tener que cargar con aquello sola, por tener a otros que creían que su madre seguía bien.
Claro que tendría que permanecer en alerta máxima hasta saber con certeza a quién se refería su madre, hasta identificar a aquel misterioso «él».
Pero dentro de poco pasaría una patrulla y, aquella noche, con Sammy y Alex a su lado, estaba a salvo.
Nadie iba a por ella mientras ellos estuvieran allí.
Debería contarles lo de aquel día en el edificio, sacar por fin todo a la luz. A Kevin no le importaría que revelase el secreto ahora; no era como si pudiera recaer por culpa de ello. Pero... quizá mañana. O después del funeral.
Sammy volvió a ponerse a su lado, le rodeó los hombros con un brazo y la apretó.
—Maggie, ¿estás bien?
—Yo... —Negó con la cabeza—. No puedo dejar de pensar. Necesito... parar unos minutos.
Alex se apartó del capó del coche.
—Sí, ya lo sabemos. Por eso he traído tacos. Puedes calmar ese cerebrito gigante con comida mexicana fría y helado a temperatura ambiente.
Alex sonrió y se volvió hacia su Escarabajo.
Su holgada camiseta de tirantes ondeaba, dejando al descubierto el tatuaje del lado izquierdo de la parte superior de la espalda: un corazón de trazo libre, artísticamente asimétrico, formado por remolinos multicolores.
Lo llevaba desde el instituto. Los tatuajes de corazones tenían un aire un poco marinero, pero allá cada cual.
Alex se inclinó hacia el interior por la puerta del copiloto y regresó con dos bolsas de papel grandes: una con el logotipo del restaurante mexicano y otra, la típica bolsa de supermercado.
—Vamos. Me muero de hambre y este helado derretido no se va a sorber solo.
Los escalones del porche parecían más empinados que antes. Hacía unas horas no cargaba con aquel peso de hermano muerto y madre desaparecida. Dentro, Maggie encendió las luces y se volvió para cerrar de nuevo la puerta con llave, tal como su madre le había enseñado.
No me puedo creer que haya hecho esto. Cómo se atreve a hacerme esto, justo el día en que he tenido que identificar los huesos de Aiden.
—¿Quién ha mandado las flores? —preguntó Alex desde la cocina.
Dejó las bolsas en un lado de la encimera, enfrente de los regalos de cumpleaños de Maggie.
Maggie abrió la boca para contestar, pero Alex ya entrecerraba los ojos al leer la tarjeta.
—¿Un admirador secreto? Es Reid, ¿verdad?
—No. No son de Reid.
—Ese tío está colado por ti, Mags.
Alex arrojó la tarjeta sobre la encimera y metió la mano en la primera bolsa de papel.
—Me da igual lo que digas: tienes que subirte a ese tren y darle caña.
Se giró para guardar el helado en el congelador, revoloteando más deprisa de lo habitual. Tensa. Tratando de obligar a Maggie a pensar en otra cosa. En cualquier cosa. Maggie la quiso todavía más por ello.
—Los trenes son para viejos blancos de películas del Oeste —dijo Sammy.
—Y para vampiros que necesitan que los lleven a toda prisa por la campiña transilvana.
Maggie negó con la cabeza y buscó la mirada de Alex cuando su amiga volvió a la encimera.
—Entonces, ¿qué te ha regalado Reid? —preguntó Alex.
—Nada. Porque Reid no sabe que es mi cumpleaños.
—Joder —dijeron Sammy y Alex al unísono—. Y yo que justo empezaba a perdonarle por haber sido un capullo la noche en que se incendió tu casa.
Maggie enarcó una ceja y Sammy se encogió de hombros.
—Solo digo que ha subido tanto de nivel en eso de preocuparse por ti que no creo que vaya a joderte otra vez.
—A menos que ella se lo pida muy amablemente —dijo Alex por encima del hombro, camino del salón con una pila de envases de comida para llevar.
Maggie sacó servilletas de más del armario. Nunca tenían suficientes servilletas.
—Para ser justos, la noche del incendio había un cadáver en el garaje.
Macabro, pero la charla le aliviaba el dolor de cabeza y la presión en el pecho.
—Como si tú fueras a dejar a tus víctimas en tu propia casa —bufó Sammy mientras cogía vasos—. Eres lo bastante lista como para quemar un cadáver en casa del vecino.
Maggie puso los ojos en blanco.
—¿En casa del vecino? Ridículo. Yo tiraría a mis víctimas a un pozo. ¿Demasiado pronto? Sí, evidentemente demasiado pronto.
—He oído que un pozo te da veinticuatro años antes de que te descubran —dijo Sammy—. Un barranco quizá te dé cuarenta. Pero un abismo tan profundo también podría tragarte a ti.
—Eso mismo dijo tu madre anoche.
Él sonrió.
—¿Vais a venir a comer, panda de cabrones mórbidos, o qué? —llamó Alex desde el sofá del salón—. Sois peores que Kelsey.
—¿Quién coño es Kelsey? —preguntó Sammy mientras se dejaban caer en el sofá junto a Alex.
Pero Maggie sí lo sabía. Había ayudado a Alex a elegir un vestido nuevo para su primera cita.
—Solo hemos salido dos veces. —Alex se encogió de hombros—. Es mono. Divertido, como vosotros, pandilla de chalados. Aún no hay mucho que contar; apenas nos hemos besado. Pero si aguanta otra semana, lo invitaré a salir con nosotros para que podáis espantarlo como es debido.
Sammy frunció el ceño.
—¿Y si prefiero espantarlo antes de la tercera cita? ¿Cuál es el número de ese chico?
Alex puso los ojos en blanco y señaló la pantalla del televisor.
—¿Os apetece Gremlins ? ¿O Cazafantasmas ?
— La loca historia de las galaxias —dijo Sammy.
— La loca historia de las galaxias —coincidieron Alex y Maggie.
La vieron. Cuando terminaron de comer, apilaron almohadas en el sofá cama. Sam se tumbó atravesado sobre sus pies, como hacía cuando eran niños; como había hecho después de que Aiden desapareciera. Demostrando que estaba allí. Demostrándole que aún tenía un hermano.
Cuando las lágrimas empezaron a brotarle, las dejó correr. Sammy le tendió servilletas sin decir una palabra; Alex entrelazó sus dedos con los de Maggie. Pero no podían hacer nada contra aquel latido doloroso en la cabeza, contra la cicatriz bajo el pelo que palpitaba, palpitaba, palpitaba.
Y no pasaba nada.
Parecía el final de una era, como si el pasado intentara despedirse.
Pero de madrugada, un aroma a especias llegó hasta ella por la rendija de la ventana del salón, un susurro en la brisa que no debería existir.
Kevin estaba muerto.
Y, aun así, lo olía.