Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 8
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Capítulo 8

L a soledad de la carretera ofrecía un equilibrio incómodo: la noche desierta al otro lado del parabrisas se parecía a cómo se sentía por dentro.

Un pensamiento claramente melodramático.

Tenía a los mejores amigos del mundo, un socio que haría cualquier cosa por ella y a Reid, que se había ofrecido a acompañarla aquella noche aun si se hubiera olvidado de su cumpleaños.

Pero, después de mirar los huesos de su hermano pequeño, después de encontrar el anillo abandonado de su madre junto a aquella advertencia críptica, todo pesaba más. Todo era más oscuro.

Quizá debería ir a casa de Sammy. Pero, aunque sentía a su familia tan cercana como si compartieran la misma sangre, no fue capaz de tomar el desvío cuando lo tuvo delante.

También dejó atrás la salida de Alex, con la mandíbula tan apretada que oía rechinar sus propias muelas.

Algo punzante en lo más hondo de las entrañas se resistía a que acudiera a ellos, en contra de lo que le decía la cabeza.

Sus amigos más íntimos querrían saber lo de Aiden.

Lo sentirían tan profundamente como ella.

Y... ah . Por eso lo estaba posponiendo. Les estoy dando más tiempo.

Maggie se enderezó, con las manos cerradas en torno al volante.

No quería que Sammy, un hombre que había sido como un hermano para ella durante más de treinta años, se preocupara por su madre cuando no podía hacer nada.

Si mamá había huido, no aparecería hasta que quisiera que la encontraran.

Maggie intentaría averiguar quién era ese misterioso «el que vendrá a por ti», pero quizá no tardaría en encontrarse en un callejón sin salida si se trataba de un maltratador.

El sistema estaba pensado para que no conociera a la mayoría de las personas a las que su madre había ayudado a desaparecer. Y Sammy tampoco.

No, contárselo a Sammy no serviría de nada.

Además, quería concederle una noche más sin saber que Aiden había sido asesinado.

Alex nunca había conocido a Aiden, pero aun así sentiría pena por Maggie.

Era una pequeña misericordia darles unas horas más, una noche extra de sueño tranquilo antes de destrozarles la semana con tanta pérdida.

Se lo diría por la mañana, después de hablar con su padre.

Pero, al enfilar el camino de acceso a casa de su padre —¿era suya ahora?

—, la luz de los faros se reflejó en los parachoques metálicos de otros dos coches ya aparcados.

Un Jeep y un Escarabajo Volkswagen. La tensión del vientre se le licuó en algo que no era exactamente calma... algo cercano al alivio.

Sammy salió del coche cuando ella aparcó el Sebring, medio fuera del camino para no bloquear los otros vehículos.

Desde aquel ángulo parecía todavía más alto, con la cabeza calva reluciendo bajo la luna.

Alex salió disparada de su Escarabajo mientras Maggie rodeaba el capó del Sebring.

Rubia, de constitución menuda y con unos pendientes enormes que le colgaban hasta los hombros, Alex parecía una hadita resplandeciente; todos suponían que los tratamientos contra el cáncer que le habían diagnosticado de niña habían frenado su crecimiento.

Pero compensaba con creces su baja estatura con la impetuosidad con que se lanzaba de cuerpo entero a todo.

—¡Fiesta sorpresa de cumpleaños! —dijo Alex, arremetiendo contra Maggie como un liniero defensivo de fútbol americano. Llevaba el jersey anudado a la cintura, lo que hacía que sus brazos delgados parecieran aún más escuálidos.

Maggie se tambaleó hacia atrás por el golpe, pero le devolvió el abrazo. En cuanto se encontró entre los brazos de su amiga, el calor del pecho se le enroscó en los pulmones y le subió hasta las mejillas. Le escocían los ojos.

—¿Cómo...? —Se le quebró la voz.

Porque no estaban allí por su cumpleaños, no después de la celebración del desayuno. No estarían aquí ahora si no supieran lo de Aiden.

Alex la soltó y el aire de la noche golpeó a Maggie como una ola de agua helada. Pero no tuvo tiempo de enfriarle el sudor de la piel antes de que Sammy la envolviera en sus brazos.

—He hablado con Reid —dijo contra su pelo.

Espera, ¿qué? ¿Reid había llamado a Sam? Frunció el ceño entre lágrimas, con la cara hundida contra el ancho pecho de Sammy. Le pareció presuntuoso... autoritario.

—¿Qué te ha dicho exactamente?

—En realidad, he hablado yo casi todo el rato. Imani se enteró de lo de Aiden por el fiscal del distrito de Tysdale, pero no tenía todos los detalles.

Ah. Sammy y su mujer trabajaban los dos con la fiscalía; conocían bien a los abogados de las localidades vecinas y a los detectives de Fernborn. Reid no le había pirateado el móvil para conseguir el número de Sammy. De Tristan sí se habría esperado algo así.

—En cuanto a Reid, tampoco sabía mucho más porque no lleva ese caso. —Las palabras de Sammy retumbaron contra su mejilla—. Pero mencionó de pasada que venías de camino a casa. Creo que quería que me asegurase de que comieras algo. Aunque quizá te resulte difícil después de... lo que has visto hoy.

Lo que he visto ... Sí. Eso.

—Ha sido horrible. Aiden... no era más que huesos sobre una mesa.

—Joder, ¿en serio? —dijo él—. ¿Ni siquiera llevaba ropa? ¿Una sudadera, por ejemplo, para preservar su... pudor?

Aiden odiaba las sudaderas. Cualquier cosa con cordones alrededor del cuello le hacía sentir como si lo estuvieran estrangulando.

—De locos, ¿verdad? —Maggie sorbió por la nariz. Tenía las mejillas resbaladizas de lágrimas—. Te estoy dejando la camiseta hecha un asco, Sammy.

—Pero no me llenes de mocos, bicho raro.

Maggie resopló, en son de broma.

—¡Puaj, qué asco, Mags! —gimió Sammy, apartándose para ponerse junto a Alex, que se estaba recogiendo el pelo en una coleta.

Hizo una mueca mientras se sacudía la camiseta, donde había manchas húmedas que seguramente no eran mocos—.

Imani quería venir, pero los niños tienen que madrugar para ir al colegio.

Se pasará mañana, si te apetece. Te hemos llamado antes, pero supongo que estabas ocupada con... todo.

Maggie asintió.

—Podríamos comer juntas.

Hablar con Imani le daría la dosis de sensatez que tanto necesitaba entre contarle a su padre que su hijo había muerto, organizar el funeral y Dios sabía qué más tendría que hacer, puesto que no tenía familia en la que apoyarse porque...

—Mi madre se ha ido.

Las cejas de Sammy se le dispararon hasta la línea del pelo.

—¿Por fin se ha cogido un vuelo de ida a las islas?

Sammy conocía a su madre casi tan bien como la propia Maggie y, de primeras, había supuesto que se había ido por voluntad propia. Que lo tenía planeado.

Alex se soltó la coleta, abrió mucho los ojos azules y apoyó la cadera contra el capó del coche de Maggie. Sus manos... ¿le temblaban las manos a Alex? Sí. Toda aquella locura les estaba pasando factura a todos.

—Lo único que sé es que se ha librado de la pulsera telemática y ha desaparecido. Pero había una nota en su armario, una advertencia críptica rarísima, y dejó el juguete de Aiden y su anillo favorito, y la cerradura de la puerta estaba reventada...

¿Le había contado a Reid esa parte? Lo de la puerta. Se lo había dicho, ¿no?

Sammy parpadeó; parecía tan confuso como había sonado Reid. Alex se limitó a mirarla fijamente. De verdad necesitaba aprender a transmitir información.

—¿Una nota? —la instó Sammy.

Claro.

—Decía que alguien venía a por mí y que lo sentía, pero no concretó de qué. Reid va a enviar una patrulla, por si acaso. ¿No te lo ha dicho?

En realidad... deberían entrar. ¿Por qué seguían plantados en el camino de entrada?

Sammy frunció el ceño.

—Se le ha olvidado mencionar esa parte.

Maggie pulsó el botón para cerrar el coche, pero no lograba moverse. Tenía la cabeza atestada de cosas que necesitaba decir, toda su energía desviada de las piernas al cerebro.

—Los detectives de Tysdale llevan tiempo buscándola —si Birman decía la verdad—, así que pronto quedará al descubierto que ha desaparecido, si es que aún no lo saben.

—¿Sabe lo de Aiden? —preguntó Sammy.

Maggie se encogió de hombros, y él siguió:

—Si es así, Birman siempre te ha tenido entre ceja y ceja.

Puede que pensara que, en cuanto descubriera que ella había desaparecido, no se despegaría de ti, como la marihuana de Afroman.

Birman, sin duda, y cito textualmente, «irá a por ti» ahora; te interrogará sobre Aiden y sobre tu madre, y se sentirá con pleno derecho a hacerlo.

—Negó con la cabeza—. No me imagino que te dejara en una situación peligrosa, sobre todo después de lo de Aiden.

Ni de coña dejaría a mis hijos solos si creyera que podían correr peligro.

Si se refería a alguien que no fuera Birman, a alguien que te persiguiera, te habría dado un nombre, ¿no?

—Y acabas de decir que la policía la estaba buscando —intervino Alex—. Igual fueron allí y forzaron la puerta. ¿Había indicios de que la hubieran... no sé, secuestrado?

¿Los había? Maggie frunció el ceño.

—No. Solo la puerta. Y esa nota.

Sammy la miró fijamente, los ojos entornados: preocupado, pero no en exceso.

—Si alguien hubiera reventado la puerta y se la hubiera llevado, no habría tenido tiempo de dejarte esa nota.

Maggie había pensado lo mismo. Sintió que los hombros se le relajaban mientras Sam continuaba:

—Seguramente lo preparó todo ella, dejó la nota críptica a propósito para poder alegar que la habían secuestrado si la pillaban saliendo de la ciudad.

Maggie parpadeó. La brisa suspiró a su espalda. Por la forma cada vez más desesperada en que su madre había estado hablando desde su última detención, por las insinuaciones de fuga, la explicación de Sam cuadraba. Era una jugada inteligente, aunque una crueldad hacérselo a una hija.

—Seguro que recibiremos postales desde Tailandia o... —Entrecerró los ojos—. ¿Dónde era ese sitio del que hablaba siempre?

—Las Maldivas.