Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Maldito él y su manía de leerme la mente.

Pero no quería contarle a Reid lo de la red que tenían para ayudar a víctimas de malos tratos a desaparecer.

En ese contexto, no resultaba sorprendente que su madre hubiese logrado esfumarse, pero cuanta más gente lo supiera, mayor sería el riesgo para las mujeres a las que intentaban proteger.

Si su madre se había ido por voluntad propia, y todo indicaba que así había sido, entonces mamá estaba a salvo. Pero ¿lo estaba Maggie?

Como Maggie no dijo nada, Reid suspiró.

—Veré si puedo localizar a ese otro hombre del que hablaba Jerry. Incluso llamaré a mi compañero de acampada favorito para que se encargue de la tecnología y rastree las últimas veinticuatro horas de tu madre. ¿Puedes pasarme el número de Jerry? Puede que esté enfadado por la infidelidad, pero…

—Disfrutará de la oportunidad de arrastrar el nombre de ese cretino infiel por el barro.

—Eso es.

Asintió, se dio cuenta de que estaba asintiendo ante un teléfono y se aclaró la garganta.

—Te mando el contacto.

El anillo pesaba en la palma de su mano. El armario olía a salvia. Olía a mamá.

—¿Maggie?

—¿Sí?

—Vete a casa. Me pondré con esto, pondré a Tristan con ello, pero acabas de identificar el cuerpo de tu hermano. Tienes que comer, dormir. Mandaré una patrulla ahora mismo. Y si me necesitas, puedo estar ahí en veinte minutos. ¿Quieres que vaya?

—No. Gracias, pero no. Solo llámame si encuentras algo, por favor. Lo que sea, hasta el más leve indicio.

—Aunque solo sea la sombra de un indicio. Te lo prometo.

—Gracias, Reid. Eres un buen amigo.

Hubo otra pausa. No se dio cuenta de que él había colgado hasta que la pantalla del teléfono se apagó. O quizá había colgado ella. Era difícil saberlo.

Maggie enrolló la nota con cuidado y volvió a deslizarla dentro del anillo.

Lo dejó en la balda y se apresuró a doblar de nuevo los jerséis y guardarlos en el compartimento, con los ojos como llenos de arena y el pecho ardiendo.

Reid la llamaría cuando tuviera información nueva, pero ella no quería ser la ayudante: una Scrappy-Doo de pacotilla al lado del Scooby de Reid.

Abrió cajones, pasó la mano por debajo del colchón, registró el interior de cada uno de los zapatos de su madre.

Repitió la búsqueda en el baño, la cocina, el salón y el garaje, pero no encontró ni una pista de adónde podría haber ido ni de quién era aquel novio.

Tal vez debería haberlo esperado; su madre no era estúpida.

Mamá ni siquiera le había dejado un mensaje claro, solo una frase críptica para que su hija la descifrara.

Como si Maggie no tuviera ya bastante que hacer. Y encima en su cumpleaños .

Cuando todo volvió a estar exactamente como lo había encontrado al llegar, Maggie desanduvo el camino hasta la puerta principal. Se detuvo con la mano en el pomo. También dejó la puerta sin cerrar con llave, exactamente como la había encontrado.

El móvil vibró en su bolsillo al salir al porche — ¿Mamá? — pero no era su madre. Tampoco Reid. Era Sammy. Dejó el pulgar suspendido sobre el botón de responder, pero se quedó inmóvil. Un hormigueo eléctrico le recorrió la columna.

Maggie bajó el teléfono y escrutó el paisaje que la rodeaba, esforzándose por distinguir algo entre los árboles y luego en los rincones sumidos en una negrura absoluta tras el garaje del vecino.

Las manchas de aceite del camino de entrada aún relucían.

En algún lugar carretera arriba, un perro aulló: un único lamento largo, plañidero, cargado de anhelo.

Las sombras de los arbustos estaban llenas de cosas ocultas, cosas peligrosas.

Amenazas. Pero no distinguió ninguna figura al acecho.

Sin duda, aquellas formas amorfas no eran más que las hojas agitándose, hechas más vivas y furtivas por la noche que se les echaba encima.

Volvió a guardar el móvil en el bolsillo de sus pantalones de pana.

Llamaría a Sammy pronto; había pensado hacerlo a primera hora de la mañana siguiente, después de contarles a sus padres lo de Aiden.

Pero la demencia de su padre iba a complicar las cosas, y ya había hecho lo posible por decírselo a mamá.

Además, su madre había aceptado la muerte de Aiden hacía mucho tiempo.

La confirmación seguramente solo provocaría un encogimiento de hombros despreocupado, y Maggie se sentiría todavía más sola de lo que ya estaba.

O quizá ya esté muerta, Maggie. Quizá tu hermano y tú erais los objetivos entonces, y el asesino ha vuelto para acabar con el resto de la familia.

Le temblaba todo el cuerpo, pero no de frío.

Corrió de vuelta al coche sintiendo unos ojos clavados en la espalda.

Quien hubiese hecho daño a Aiden no tenía ningún motivo para hacerle daño a su madre.

Tampoco tenía motivos para ir a por ella, y menos aún tantos años después. No tenía ninguna lógica.

Pero eso no impidió que se le erizara el vello de la espalda.

Porque, aunque sabía que estaba exagerando ante aquellas sombras, que su sistema nervioso era un manojo electrificado de emociones desbocadas, también era muy consciente de que imaginar a su madre viva era una forma válida de sobrellevarlo.

No sería la primera vez que intentaba convencerse de que lo peor era imposible.

No sería la primera vez que se equivocaba de forma espantosa.