Capítulo 7 #2
No hubo respuesta desde el armario. Ni un sonido en la habitación, en la casa, en el exterior. No notaba ninguna mirada clavada en la espalda. Si alguien había estado allí, ya se había ido.
Maggie echó los hombros hacia atrás, rodeó la cama con paso decidido antes de que pudiera arrepentirse y empujó con la punta del pie las puertas plegables.
Tal como esperaba, dentro no aguardaba ningún intruso.
Tampoco había osos. Y, lo más triste de todo, ni un monociclo.
Solo una larga barra repleta de ropa, dividida justo en el centro por una estrecha hilera de compartimentos del suelo al techo, llenos de vaqueros y jerséis doblados.
Se puso de puntillas y rebuscó entre los objetos de la balda situada sobre la barra. La maleta de su madre seguía allí; nada de cruceros a algún lugar sin extradición como las Maldivas, no esa noche, salvo que tuviera sus cosas guardadas en casa de su nuevo novio.
¿Eso crees que ha pasado, Maggie? ¿Que tu madre se ha fugado con su amante después de entrar por la fuerza en su propia casa? Había mencionado las Maldivas más de una vez, pero con aquella cerradura rota, unos cuantos comentarios de pasada no bastaban para tranquilizarla.
Maggie bajó lentamente los brazos. Le faltaba el aire, tenía la cabeza embotada.
Mareada. Se agarró a la puerta para sostenerse e inspiró hondo hasta que se le despejó la neblina, con la mirada fija al frente.
Probablemente fue una suerte, o quizá habría pasado por alto el objeto igual que casi se le escapó la cinta de la cámara del timbre.
En la balda central había una diminuta figurita de Star Wars . Uno de los juguetes de Aiden; la reconocería en cualquier parte. Pero no la había visto desde que él desapareció.
Maggie resolló, con las tripas retorcidas.
Su madre siempre había sido de las que sueltan lastre y siguen adelante; no había dejado de insistirle en que dejara atrás a Aiden.
Y, en el improbable caso de que aquel objeto tuviera algún valor especial para ella, no lo habría dejado a la vista, donde sus hijastras, «tontas como calcetines», pudieran encontrarlo y romperlo.
Maggie alargó la mano y bajó el juguete al estante inferior, procurando ignorar el estrépito que hizo contra la madera. Y el temblor de su mano.
Los jerséis llenaban por completo el hueco; la lana y el algodón ocupaban hasta el último centímetro. Los agarró y los arrancó del estante, con el corazón en la garganta, sin sentir la menor culpa por poner aquel lugar patas arriba. Sobre todo cuando vio lo que había detrás.
Al principio, Maggie no supo qué era; solo que era minúsculo y relucía apagadamente bajo la tenue luz de la lámpara.
Metió el brazo en el hueco, haciendo una mueca, preparada para que los dientes de acero de una trampa se cerraran sobre su carne.
Pero sus dedos encontraron el objeto: frío, metálico, pesado. Y pesó aún más cuando lo sacó a la luz.
El anillo de jade de su madre; su joya favorita.
No había forma de que lo dejara atrás sin un buen motivo: llevaba esa cosa hasta en la ducha, por el amor de Dios.
No había ningún dedo dentro, como en una advertencia de secuestro, pero el trocito de papel enrollado en el aro, como una servilleta en un servilletero, resultaba todavía más desconcertante.
Solo había unas cuantas maneras de interpretar un dedo amputado.
Bueno, quizá alguna más si sabías lengua de signos.
Maggie usó las uñas para sacar la nota del aro metálico y la desenrolló. Una sola línea cruzaba la hoja, sin duda con la letra de su madre:
«Él viene a por ti. Lo siento.»
¿Qué demonios? Es un código, Maggie. Por si alguien lo encontraba antes que tú.
Parpadeó una vez ante el trozo de papel y luego miró el hueco.
Muy al fondo había una diminuta luz intermitente.
La tobillera. Activada, aún rastreando, pero claramente manipulada, pues parecía creer que el tobillo de su madre seguía dentro; todavía pensaba que su madre estaba allí.
No. A la mierda esta tontería; se acabó. Darle vueltas podía hacerla vomitar. Sacó el móvil a toda prisa, forcejeó con él contra el muslo y, por fin, consiguió marcar.
Reid respondió al primer tono, igual que Jerry.
—Eh, Maggie, ¿ya estás en casa...?
—Se ha ido, Reid. Mi madre se ha ido. La casa no estaba cerrada con llave, la cámara del timbre tapada, su tobillera está aquí y su marido dice que se ha amancebado con otro. «Se ha amancebado con otro», esas fueron exactamente sus palabras, como si fuera un mafioso de los años cuarenta y...
—¿Eh?
Una sola sílaba exhalada, ronca y desconcertada.
—Hay más. Había una nota. Más despacio, Maggie, que pareces una loca.
—¿Una nota?
Aún más desconcertado.
—En el armario. —Leyó las palabras en voz alta, mientras el papel le temblaba en la mano—. Es para mí; tiene que serlo.
Nadie más entendería el significado del juguete que había usado para señalar el hueco.
—Pero no tengo ni idea de a quién podría referirse... quién podría venir a por mí. Creo que me daría cuenta si alguien fuera detrás de mí.
¿De verdad? Los acosadores eran sigilosos por definición. Como los políticos.
El silencio se alargó.
—Voy para allá.
—No te molestes. Me voy. —Miró el anillo. ¿Sería lo último que su madre le daría? Las tripas se le retorcieron. Un dolor agudo, punzante. Las paredes parecían estrecharse a su alrededor, cerrándose sobre ella.
—Maggie...
—Solo quiero irme a casa.
—Vale.
Hubo otra pausa, tan larga que creyó que había colgado, hasta que dijo:
—Entonces, ¿por qué pediría perdón tu madre?
No supo si intentaba calmarla o resolver el misterio, pero la pregunta aflojó las enredaderas espinosas que le estrangulaban las tripas.
—¿Por haberse fugado?
¿Tenía sentido? Hasta ese momento no había terminado de asimilar aquella conclusión, pero la tobillera abandonada significaba que mamá había huido, ¿no?
Que se había subido a un avión rumbo a las Maldivas.
El momento era desafortunado, con lo del cuerpo de Aiden, pero Jerry estaba convenientemente fuera de la ciudad.
Sin embargo... aquella cerradura. Aquella maldita cerradura.
—Huir no explica la advertencia —dijo Reid; su voz le llegó amortiguada, como desde debajo del agua—. Parece que ella es la razón de que ese misterioso él vaya detrás de ti.
Pero había una posibilidad que explicaba ambas cosas.
¿Y si su madre creía que alguien iba tras ella, había decidido escapar por seguridad —aunque seguramente ya planeaba irse de todos modos— y había dejado la nota para advertir a Maggie?
Y, para que aquella amenaza también fuera detrás de Maggie, tenía que tratarse de un enemigo que ambas compartieran.
Lo único que tenían en común entonces era que formaban parte de una red que ayudaba a sacar de la ciudad a víctimas de maltrato, a hacerlas desaparecer cuando sus vidas corrían peligro.
¿La pareja maltratadora de alguien a quien habían ayudado?
Si creía que allí encontraría información sobre el paradero de su víctima, tenía un buen motivo para entrar en aquella casa.
—Su matrimonio se ha terminado; su hijo ya no está —dijo Maggie despacio—. No le queda nada que la retenga aquí.
Salvo su hija. Frunció el ceño ante el anillo, tan solo sin su nota. Sin el dedo de su madre.
Reid inspiró y soltó el aire con un siseo fuerte.
—Está bajo arresto domiciliario, así que puedo mandar a unos agentes. Pero si se ha ido por voluntad propia y la encuentran...
Ve a la cárcel, ve directamente a la cárcel, no pases por la casilla de salida.
—Prefiero pecar de prudente cuando se trata de su seguridad —prosiguió Reid.
—Si la hubieran secuestrado, no habría tenido tiempo de dejarme una nota. No habría quitado el localizador ni preparado todo en el armario. Además, Jerry habló con ella anoche. Anoche estaba bien.
—Pero está claro que ella cree que ese peligro existe; para ella, y ahora también para ti. ¿Crees que… sabía que alguien iba a ir a por ella y se marchó antes de que llegaran?