Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

L a penumbra fuera del coche no ofrecía tregua al drama que le retumbaba dentro del cráneo. Cada vez que parpadeaba veía los huesos de Aiden sobre aquella mesa, a Nick Birman cerniéndose sobre ellos con expresión ceñuda; un tipo tan capullo que le había crecido un culo en la barbilla.

Maggie suspiró y tomó la salida de la autopista a toda velocidad.

El estridente chirrido de los neumáticos y el repiqueteo de la gravilla contra los bajos del coche le resonaron en los oídos.

Le ardían los ojos. Había intentado llamar a su madre tres veces más.

Nada. Con cada llamada sin respuesta se le encogía el pecho, como si la hubieran envuelto en gomas elásticas.

Probablemente era por haberse quedado mirando aquellos huesos, por obsesionarse con traumas del pasado y darle vueltas al asesinato de Aiden, pero Maggie no lograba quitarse de encima la sensación de que había ocurrido algo terrible.

Solo quería que su madre respondiera. Joder, estaba tan frustrada que quizá ni siquiera le contaría lo de Aiden; quizá colgaría en cuanto comprobara que mamá tampoco era un montón de huesos.

Así aprendería… hasta mañana, cuando Maggie tendría que volver a llamar y decirle que Aiden estaba muerto para que pudieran organizar el funeral.

Maggie aparcó al otro lado de la calle, frente a la entrada de la casa de su madre, aunque no hacía falta: ningún coche le bloqueaba el paso.

La casa de una planta resplandecía bajo la luz de las lámparas.

Una canasta de baloncesto se mecía perezosamente en la fachada del garaje, y en el porche había dos sillones de mimbre.

No estaban la última vez que había ido. Maggie solía desayunar con su madre un par de veces al mes, pero no había vuelto desde que violó las condiciones de su pulsera telemática para salir a cenar.

Habían estado así de cerca de que mamá pudiera ir a verla a la consulta, quedar con ella en una cafetería o participar de verdad en su vida , y su madre no había sido capaz de evitar infringir la ley.

Maggie miró el móvil, pulsó para llamar al fijo y escuchó el tono. Dentro de la casa nada se movió; ninguna sombra acudió a responder. Saltó el contestador. La voz de Jerry.

Maggie pulsó Colgar . ¿Dónde estaría? Quizá cenando con una amiga, comiendo más comida tailandesa, ese asunto tan importante que la había llevado a sobrepasar los límites de su anterior pulsera.

Mamá siempre había sido un espíritu libre, una rebelde impenitente, y nunca había parecido del todo satisfecha con su nueva vida.

No lo había estado desde que murió Aiden.

Abrió la puerta del coche de una patada y cruzó la calle silenciosa con paso decidido.

Las manchas de aceite del asfalto relucían con una iridiscencia casi artística bajo la farola.

Golpeó la puerta de madera con los nudillos tan fuerte que le dolió la mano.

Los pájaros graznaban; la noche le exhaló en la nuca un aliento cálido y húmedo. Pero nadie respondió a sus golpes.

Se le hundió el estómago. Mamá se había ido.

Sí, en teoría podía estar inconsciente, herida, incluso dormida, pero Maggie sentía el vacío de la casa en la sangre, el silencio más atronador que los pájaros.

Si las autoridades pillaban a mamá fuera de casa, la mandarían de vuelta a prisión justo a tiempo para el funeral, cuya responsabilidad recaía ahora de lleno sobre los hombros de Maggie.

Estupendo. Incluso era posible que ya la hubieran detenido.

Sacó el móvil, frunció el ceño y deslizó el dedo hasta los números de contacto de su madre. Otra vez. Pero no fue capaz de pulsar para llamar. No podía arriesgarse a escuchar aquel timbre hueco ni una vez más. Marcó, en cambio, el número de debajo.

—¿Sí?

La voz baja y nasal respondió de inmediato. Maggie dio un respingo y estuvo a punto de dejar caer el teléfono.

—Hola, Jerry. ¿Está mi madre por ahí? He intentado llamarla al móvil — como cien veces —, pero no hay manera de localizarla. Debe de haberlo apagado.

—Sí, suele hacerlo —dijo el marido de su madre con un suspiro—. Seguro que está en casa. Tampoco es que pueda escaparse. Bueno, una vez lo hizo; probó algún truco con papel de aluminio para la pulsera, pero… no volverá a arriesgarse.

Te equivocas de lleno, Jer.

Apoyó la cabeza contra el marco de la puerta: unos centímetros de madera, ni de lejos suficientes para contener a su madre. Quizá la cárcel resultaría más eficaz. Pero…

Se habría enterado si hubieran detenido a mamá. Reid lo habría sabido, o Sammy, que trabajaba en la fiscalía. La última vez, Sammy llamó a Maggie antes de que metieran a su madre en el coche patrulla.

Maggie se enderezó y bajó la mirada. El resplandor de las ventanas delanteras arrancaba destellos al timbre, al pomo, a la cerradura. El aire se enrareció.

—¿Has probado a llamar al fijo? —continuó Jerry—. Estoy en Maryland con los niños, de visita en casa de mi hermana.

—Ah.

Tuvo que obligarse a pronunciar la palabra.

La brisa había adquirido un ligero olor metálico; notaba el sabor del hierro en la lengua.

Maggie se inclinó hacia el pomo, entrecerrando los ojos, y recorrió el metal con las yemas de los dedos.

El borde de la cerradura estaba surcado de muescas dentadas, profundos arañazos en el baño de latón.

—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con ella? —preguntó con voz ronca.

¿Cuánto tiempo llevaba él en Maryland? ¿Cuánto tiempo llevaba desaparecida su madre?

Hubo una pausa.

—Anoche hablamos para tratar… —El silencio se prolongó.

—¿Jerry?

—Supongo que será mejor que te lo diga. Tarde o temprano te enterarás. —Suspiró—. He solicitado el divorcio. Se ha liado con otro hombre.

Dejó caer la mano. ¿Otro hombre?

—¿Quién?

—No lo sé, pero seguro que lo averiguas si te pasas por allí. La cámara del timbre lleva fallando desde que me fui, y dudo que sea casualidad.

Ah . Cree que su madre la manipuló para ocultar la identidad de su amante.

Maggie alzó la vista hacia el timbre, pero la cámara no estaba…

a la vista. Un minúsculo cuadrado de cinta aislante negra cubría la lente; era tan pequeño que no se habría fijado si Jerry no lo hubiera mencionado.

Tenía razón: aquello no era un accidente.

Pero ¿había sido cosa de su madre? La aventura no era ningún secreto; ya estaban divorciándose.

Y su madre no andaría manipulando las cerraduras.

Maggie tenía la boca seca y la garganta atenazada, pero logró preguntar:

—¿Ha habido robos en el barrio últimamente?

Hubo una pausa.

—¿Robos? ¿Por qué lo preguntas…?

—Oh, ya sabes, algo que he oído en las noticias. Y estoy delante de tu casa, donde está claro que han manipulado la puerta. De una cosa estaba segura: Jerry no sabía nada. Si su madre hubiera planeado irse, no se lo habría dicho de antemano; y si alguien hubiera irrumpido y se la hubiera llevado…

Cuelga, Mags. Ve a buscar a tu madre. Tragó saliva.

—Eh, gracias, supongo. ¡Que pases una buena noche!

Demasiado animada. Tenías que hacerlo raro. ¿Te acuerdas de aquella vez que le preguntaste cómo te cuelga y, sin querer, miraste una mancha de sus pantalones, pero él seguramente creyó que le estabas mirando la entrepierna?

Pulsó el botón para colgar y se guardó el móvil en el bolsillo. El pomo estaba frío en su mano.

Maggie no tenía muy claro qué esperaba que ocurriera, pero soltó un jadeo cuando el pomo giró en su palma.

La puerta se entreabrió. No. Eso no estaba bien, no era normal.

Su madre había sido una abogada de altos vuelos; su padre, un psicólogo de renombre.

Los dos veían a la gente en sus peores momentos.

Una cerradura no era un campo de fuerza mágico, pero… ayudaba.

Entró, sorteando con cuidado el felpudo de flores y un par de zapatillas deportivas rosas.

—¿Mamá?

Nada. Las luces del recibidor la deslumbraban, como si la acusaran de allanamiento.

No estoy allanando nada. Solo estoy… de visita. Sin avisar.

Su sombra se deslizó por el espacioso salón, reptando por las paredes blancas.

El rincón del desayuno, de un verde chillón, hacía que Maggie se sintiera como si se estuviera ahogando en un mar de césped artificial, pero no había nada fuera de lugar: ni sillas patas arriba ni muebles volcados, ni cajones abiertos ni papeles esparcidos.

El sofá de terciopelo, de un turquesa escandaloso, era hortera, pero eso era lo habitual, no algo sospechoso.

Las alfombras tenían colores vivos y motivos geométricos, pero no estaban manchadas de sangre ni de otros fluidos misteriosos.

¿Fluidos misteriosos? Puaj.

Atravesó la cocina; no había vasos en el fregadero.

El cubo de basura estaba vacío. Alguien había recogido.

Un pasillo de color verde bosque conectaba los dormitorios con la cocina; las paredes estaban adornadas con fotos de mamá, de Jerry y de sus dos hijas.

Ni una de Maggie ni de su hermano. Ni una de su padre.

Pasó de largo ante los cuartos de las chicas, uno a cada lado del pasillo. Su madre y Jerry compartían la habitación del fondo, aunque mamá le había contado hacía poco que él dormía en el sofá más veces que en la cama.

La puerta del dormitorio principal ya estaba abierta, pero entrar en la habitación de su madre le parecía un poco turbio; demasiado íntimo.

La cama estaba impecablemente hecha, el edredón azul bien tenso sobre el colchón y las almohadas verdes mullidas.

Las mesillas y las cómodas estaban más ordenadas que las de Maggie, con todos los cajones cerrados.

Todo estaba bien cerrado. Todo salvo… el armario. Ligeramente entreabierto.

Igual el intruso está escondido ahí dentro.

Claro. Después de tanto timbrar y llamar, ningún delincuente que se preciara se quedaría en aquella casa como un blanco fácil. Sería más probable encontrarse con un oso en monociclo.

—¡Eh, idiota! —llamó, por si acaso.