Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 6
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Capítulo 6

M aggie dio un rodeo para ir a casa de su madre, atravesando los últimos atascos de la hora punta en la autopista y, después, el tráfico denso de la avenida donde estaba el centro comercial.

Hasta el pueblo más pequeño tenía una zona comercial y unos cuantos lugares de ocio.

En Fernborn: restaurantes familiares. Bolera. Tiro de hachas.

Romper ventanas en edificios abandonados. Apuñalar a gente en la cara. Enterrar niños en el bosque.

Apretó los dedos contra el volante hasta que se le blanquearon los nudillos y le ardieron las palmas.

Poco a poco, los pensamientos remitieron.

El instituto de secundaria quedó a su izquierda: un edificio largo, de una sola planta, ladrillo gris y remates granates.

Había conocido a Sammy en primaria, así que no podía atribuirle a Fernborn Middle la amistad más importante de su infancia, pero allí, en el baño, había conocido a Alex.

Alex se estaba limpiando la herida del pecho tras una mastectomía radical: un cáncer detectado en una fase extremadamente temprana que le había costado una mama.

Un caso entre un millón; quizá uno entre dos millones.

Nunca se había molestado en buscarlo, pero sabía que era algo raro.

Como perder a un hermano. Centrarse en el dolor de la otra las había ayudado a las dos.

Maggie giró a la derecha y siguió avanzando hacia el horizonte ensangrentado. Los focos al pie del cartel del instituto hacían centellear la hierba como diamantes en una pulsera que nadie quería, mientras el letrero gritaba: ¡FELICIDADES, GRADUADOS!

Se le tensó la espalda al acercarse. Más ladrillo gris.

Más puertas y remates granates. Casi podía verse recorriendo la acera, cojeando, sangrando, con Kevin presionándole la nuca y fingiendo que la abrazaba con inocencia cada vez que alguien miraba en su dirección.

El gimnasio olía a calcetines viejos; los vestuarios, a levadura y sudor.

Pero allí había toallas limpias. Y una chaqueta de repuesto de Kevin, que había ocultado mejor las pruebas: la sangre.

Había bastado para que llegara a casa sin levantar sospechas.

Y mientras ella se escabullía por el pueblo, mientras ocultaba sus heridas, su hermano estaba...

Los huesos de Aiden parpadearon ante sus ojos: apagados como aquellos ladrillos, cubiertos de tierra e insectos en el fondo de aquel pozo solitario. El instituto se desvaneció en el retrovisor. Maggie se obligó a relajar los dedos y giró a la izquierda en el siguiente semáforo.

El lugar donde antes se alzaba el edificio abandonado quedaba a un paseo del instituto, pero en coche parecía estar demasiado cerca.

La extensión de césped emergía de la penumbra; las parrillas brillaban entre las mesas de pícnic, y el sol poniente multiplicaba los peldaños metálicos de las escaleras y los trepadores, alargando sus sombras negras hasta que los columpios parecían celdas de prisión.

Ella y Kevin solían venir allí de noche.

Maggie se impulsaba en los columpios mientras hebras plateadas de luz lunar borraban dulcemente los horrores innombrados de aquel edificio y sustituían el polvo y la sangre por el olor de la piel de Kevin, la sensación de su mano en la parte baja de su espalda, el sabor de su chicle de sandía.

Lo amaba desde aquel día.

Aún lo amaba.

Debería haber dicho que sí.

Maggie frenó junto al bordillo con tanta fuerza que el cinturón se bloqueó.

El ayuntamiento había conservado los cimientos del viejo edificio y reconvertido el lugar en un espacio cubierto, de una sola planta, para reuniones.

Era sencillo, como el instituto: ladrillos, un puñado de mesas largas de madera y un tejado de tejas.

Pero habían engalanado el sendero de entrada con plantas perennes y arbustos en flor.

¿Por qué estás aquí, Maggie? ¿Por los viejos tiempos?

No. Necesitaba pensar. Necesitaba el silencio reverente que no había encontrado en la morgue.

Maggie salió del coche y se acercó. El viento agitaba la maleza y arrastraba un aire de lilas, dulzón hasta resultar enfermizo, hacia el final del sendero. Miró fijamente el túnel de flores hasta que los arbustos y los columpios se borraron de su visión periférica.

Pronto solo vio las seis plantas de ladrillo marrón y opaco, los remates pardos, la mitad de las ventanas reventadas y las demás reluciendo débilmente bajo una capa de mugre amarillenta.

Le palpitaba la nuca. No era el pinchazo agudo de una herida reciente, sino ese dolor sordo y pesado propio de los dientes muertos y los recuerdos.

La policía había presionado con fuerza para que derribaran aquel edificio porque sabían que el solar era peligroso.

Para ella, la demolición llegó un día demasiado tarde.

Se quedó en la acera, viendo cómo el edificio pasaba del marrón al negro mientras el crepúsculo cedía ante la noche.

Y cuando se encendieron los focos que iluminaban los cimientos, cuando la luna por fin asomó la cabeza de entre el velo de nubes, Maggie sintió la presión aguda de su rodilla contra la columna y el calor húmedo de su aliento en el cuello.

El almizcle salado de su sudor le escoció en la nariz. Podía saborear la tierra del suelo, áspera y seca, y sentir el filo dentado del cristal contra la palma. Si la camiseta no hubiera quedado atrapada entre el cristal y la carne, también se habría abierto la mano.

El pecho se le cerró y el aire se volvió escaso. Demasiado escaso. Pero aquella opresión en los pulmones no tenía nada que ver con el adolescente que había ido a por ella en ese edificio. ¿Quién había matado a su hermano?

Conocía las estadísticas. Cuando la víctima tenía más de cinco años, el culpable casi siempre era alguien ajeno a la familia.

A los niños secuestrados solían matarlos en las setenta y dos horas siguientes al secuestro.

En la mayoría de los casos, los asesinaban a menos de sesenta metros de donde abandonaban el cadáver, por lo general en un radio de tres kilómetros.

Pero no quería pensar en el móvil más habitual: la agresión sexual.

Maggie se quedó mirando al frente, notando dientes en el cuero cabelludo, oliendo el rancio hedor corporal de aquel chico.

¿Quién te hizo esto, Aiden? ¿Quién me hizo esto a mí?

Casi seguro que no había sido la misma persona, pero confiaba en el criterio de Reid.

Y él parecía pensar que era demasiada casualidad que se hubieran producido los dos ataques.

¿Y si Reid tenía razón? ¿Y si el tipo que la había atacado se había cruzado de algún modo con su hermano y…

qué? ¿Lo había matado en un arrebato de rabia?

La mayoría de los secuestros de menores eran oportunistas; encajaría con el perfil.

Le había parecido que estaba muy malherido, lo bastante como para dejarlo incapacitado.

Aún veía el cristal sobresaliéndole de la mejilla, la punta afilada atravesándole la lengua.

¿Lo recordaba mal? ¿Había estado menos herido de lo que creía?

Maggie inspiró hondo y se concentró en las flores empalagosas, tratando de apaciguar el galope de su corazón.

Estornudó. Birman no iba a permitir que se acercara al caso de Aiden, pero podía elaborar un perfil por escrito.

El sospechoso probablemente era un hombre blanco, un asesino oportunista, desconocido para la víctima.

Y tenía que ser fuerte para cargar con el cuerpo tan lejos por el bosque.

Los senderos eran demasiado estrechos y estaban demasiado invadidos por la maleza para un quad.

Alguien de menor complexión lo habría enterrado cerca, en vez de arriesgarse a que lo descubrieran arrastrando el cuerpo entre los árboles; aquello podía llevarle un día entero, y cada minuto aumentaba las posibilidades de que lo detuvieran.

Además, habrían encontrado marcas de arrastre en los huesos, ¿no?

Así que era un hombre joven, de veintitantos o treinta y tantos años, con buena resistencia.

Y para saber lo del pozo, el asesino tenía que conocer la zona a fondo; ni siquiera Maggie sabía que existía.

Se le tensó la caja torácica. El asesino era uno de los suyos. Alguien de Fernborn. O de Tysdale.

De pronto, el edificio parecía demasiado cerca, y las sombras demasiado oscuras. El aire le empalagaba la garganta, dulzón y podrido. Se apartó del camino entre flores, un paso, luego otro, y…

Los brazos se le agitaron en el aire, descontrolados, pero consiguió no caerse al trastabillar hasta la calzada. Se encogió, esperando que algún coche la embistiera. La carretera seguía silenciosa. Desierta. Sola. Recuperó el equilibrio, dio media vuelta y se apresuró hacia su Sebring.

Con estilo, Maggie. Mucho estilo.

Cerró la puerta de un portazo y apoyó la cabeza en el respaldo, con el corazón martilleándole las sienes.

Algo iba mal, y no era aquel lugar. ¿Birman había intentado encontrar a su madre?

¿Lo había intentado de verdad? Había sentido la mentira en las tripas, e incluso Malone había parecido cabreada cuando Birman dijo que no lograban localizarla.

Joder, igual el asesino era Birman. ¿Qué asesino no se metería en su propio caso si así podía controlar el relato? Y a los psicópatas les encantaba ingresar en la policía, el ejército, el clero… en cualquier sitio donde pudieran gozar de un poder sin control alguno.

Maggie… ¿Birman? ¿En serio? Parecía un payaso, pero eso no lo convertía en un monstruo, por mucho que Sammy, con su fobia a los payasos, opinara lo contrario. Sacó el móvil del bolsillo y pulsó el número de su madre.

El teléfono sonó. Y sonó. Y sonó. Maggie se irguió al oír el clic, pero solo era una voz robótica:

«Ha llamado al buzón de voz de…»

Maggie colgó y parpadeó ante el paisaje que la rodeaba. Las sombras alargadas se agazapaban bajo las barras del trepador. Las lilas se mecían, lánguidas en el aire nocturno. ¿Dónde estás, mamá?

Pero quizá daba igual. Quizá siempre había sido inevitable que su madre se largara a las Maldivas y se olvidara también de ella.

Llevaba años diciéndole a Maggie que se olvidara de Aiden.

Machacándola por ir a visitar su tumba, diciéndole que siguiera adelante con su vida.

Recordándole que, aunque no sabían qué le había pasado —no con certeza—, se había ido.

Para siempre.

No. Maggie no podía soportar que su madre desapareciera también. No el día de su cumpleaños. No el día en que había identificado los huesos de su hermano.

Metió las llaves en el contacto y salió disparada hacia la noche.