Capítulo 5 #2
—Pensé que podía desviar la atención de mi hermano desaparecido.
Pero no fue solo eso. Durante días me aterrorizó pensar que el tipo podía...
no sé. ¿Ir a la policía y decir que lo había apuñalado?
Kevin también estaba muy alterado. Me suplicó que no dijera nada.
Creía que nos meteríamos en problemas, y su padre era bastante más cruel que el mío.
—Se encogió de hombros—. Pero, en cuanto supe que Aiden había desaparecido, todo aquello me pareció irrelevante.
En el mejor de los casos, yo me metería en problemas por destrozar el edificio y apuñalar a un tío en la cabeza; el padre de Kevin le daría una paliza por romper ventanas; el tipo se metería en problemas por morderme; Aiden seguiría desaparecido, y mi madre...
Bueno, siempre había sido un poco rara, pero después de lo de Aiden perdió los papeles.
Se alejó de mí y de mi padre. Solo últimamente habíamos empezado a acercarnos otra vez, pero eso fue antes de que se saltara la pulsera telemática.
Maggie apoyó la palma en la mesa, limpió la condensación y agarró la taza. Ya no estaba caliente. ¿Tenía los dedos entumecidos?
—En fin, Birman empezó a machacarme y dejé de hablar del tema por completo. Seguro que eso parecía sospechoso.
Y, a medida que pasaban los meses, había menos motivos para hablar de ello. ¿Para qué implicarse en un delito que nadie estaba investigando? Habían demolido el edificio al día siguiente, tal como estaba previsto, como si quisieran borrar aquellos hechos de la historia de Fernborn.
—Si hubiera pensado ni un minuto que esto estaba relacionado, que mi declaración ayudaría a atrapar al secuestrador de Aiden — asesino —, se lo habría contado.
—¿No te pareció raro que alguien te atacara a ti y a tu hermano el mismo día?
Bebió un sorbo de chai. Aguado. Frío.
—La verdad es que no. Pensé que había sido una coincidencia horrible. ¿Por qué iba a atacarme un chaval cualquiera y luego a matar a mi hermano?
—Sin saber quién era, es difícil decirlo.
Vale.
—Ahí no puedo ayudaros. No lo había visto nunca. No iba a mi instituto y, aunque llevara un disfraz, Kevin habría reconocido a un chico con una herida de navaja en la cara en el Fernborn High.
—¿Un... disfraz? —Alzó una ceja.
—Como un bigote falso o algo así.
Reid parpadeó. ¿Qué he dicho? Por fin, negó con la cabeza.
—Haré que Tristan rebusque en los archivos del hospital, a ver si encuentra esa herida. —Se echó hacia atrás y balanceó la silla sobre dos patas—. ¿Recuerdas qué aspecto tenía? ¿Algún rasgo distintivo?
—Sí, tenía media cara.
Una comisura de la boca de Reid se alzó, pero la sonrisa no le llegó a los ojos. ¿Demasiado pronto?
Entrecerró los ojos, tratando de recordar, pero los recuerdos de los testigos se degradaban al cabo de unos días, si es que alguna vez habían sido precisos. Además, él tendría como mucho dieciséis años; en veinticuatro años, cualquier rasgo que recordase habría cambiado por completo.
—Tenía los ojos de un verde muy vivo; eso es lo único que sé con certeza. No quiero ser responsable de mandar a Malone en una persecución inútil. ¿Por qué no a Birman? Porque ese tipo me da mala espina. Tengo el pálpito de que no es trigo limpio.
La voz de Reid la devolvió al presente.
—O quizá no quieres que Malone busque a ese hombre porque sigues sin creer que tu agresor pudiera haberse llevado a Aiden.
Negó con la cabeza.
—Aiden no habría pasado por delante del edificio para volver a casa: el instituto y el bosque están en lados opuestos del pueblo.
No hay motivo para que se cruzaran, ni siquiera aunque aquel demonio de ojos verdes saliera justo detrás de mí.
Y no me imagino que, después de resultar herido, tuviera fuerza física para cargar con Aiden ocho kilómetros a través del bosque.
Tenía las manos calientes, pegajosas; los cristales rotos se le clavaban en la carne de la palma. Bajó la vista, pero solo vio el vaso de cartón encerado, las yemas de sus dedos pálidas contra el lateral.
—Tarde o temprano tendremos que contárselo a Birman, pero deja que investigue un poco antes —dijo Reid—. ¿Había algún otro personaje turbio por los alrededores? ¿Podría estar relacionado el asesinato de Aiden con el trabajo de tu padre? ¿O con tu madre?
Resopló y estrelló el vaso contra la mesa con tanta fuerza que unas gotas de té salieron disparadas por el agujero de la tapa. Maggie hizo una mueca y se frotó las manchas de la blusa; al final se rindió y se cruzó de brazos.
—Revisaron de arriba abajo todos los casos de mi padre. O, mejor dicho, los revisó él, cuando intentaban encontrar a Aiden.
Aquella había sido una de las razones por las que él y su madre se divorciaron. Se pasaba todo el tiempo encerrado en el despacho, repasando expedientes, buscando pistas sobre la desaparición de su hermano. Su madre solo quería que lo olvidaran.
—Tenía que preguntarlo —dijo Reid—. Lo de tus padres. Sobre todo con sus antecedentes penales. Tu padre trabajando con convictos, y tu madre...
Y su madre, que era una convicta. Su madre, a quien habían detenido en su día por proporcionar armas ilegales a víctimas de malos tratos, que se había quitado la pulsera telemática y había desaparecido sin dejar rastro justo a tiempo para evitar identificar los restos de su hijo.
¿Dónde demonios estaba? Tenía que estar en casa; de lo contrario, Birman le habría restregado lo de «hay una orden de detención contra ella» solo para descentrarla durante aquel absurdo interrogatorio en la morgue.
El arresto domiciliario era el último recurso, una última oportunidad para que su madre, como decía ella, viera a Maggie casarse y tener hijos.
Maggie creía más probable enamorarse locamente de aquel payaso de Birman...
o de Bozo. Tal vez de Eso . Al menos Pennywise tenía un pasado de chico malo, que parecía ser lo suyo.
Reid seguía mirándola.
—Sé que tenías que preguntarlo —dijo—. Yo también me lo he preguntado. Pero no, no creo que el asesinato de Aiden tenga nada que ver con el trabajo de mis padres.
Maggie volvió a mirar la silla vacía. Ni el menor rastro del fantasma que había imaginado antes, como si Aiden ya se hubiera borrado a sí mismo de la pizarra de su memoria. Se le cerró el pecho.
Se levantó tan deprisa que casi tiró la silla. Esta cayó de nuevo sobre sus cuatro patas con estrépito mientras decía:
—Debería intentar dormir un poco.
—¿Puedo llevarte a casa?
La voz de Reid sonó hueca, lejana. De pronto se sintió profundamente sola. Igual que debió de sentirse Aiden.
—No. Puedo conducir.
—Puedo seguirte —dijo él, cogiendo la chaqueta del traje—. Tienes que tener hambre; son casi las siete. Llamaré a la canguro y...
—No te molestes.
Reid frunció el ceño; tenía la mirada tensa.
—Maggie, ahora no deberías estar sola.
Negó con la cabeza, pero él tenía razón: no debería. Precisamente por eso no pensaba seguir estándolo.
Sería cruel dejar que su madre se enterara de lo de Aiden igual que se había enterado ella.