Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 5
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Capítulo 5

— S iento haber tardado tanto en llegar —dijo Reid. Las yemas de sus dedos habían dejado hendiduras en el lateral del vaso de cartón. Eso tenía que dolerle: el chai de Maggie estaba lo bastante caliente como para quemarle la palma de la mano.

La cafetería había sido su punto de encuentro antes de que nadie pronunciara la palabra compañeros , antes de que a nadie se le ocurriera que podían acabar trabajando juntos de forma habitual.

Ni siquiera ella lo había visto como algo duradero.

Aunque tampoco había esperado identificar los restos de su hermano el día de su cumpleaños. La vida estaba llena de sorpresas.

—Ni siquiera esperaba que aparecieras —dijo—. ¿Cómo te has enterado siquiera de lo del…?

El cadáver.

Seguía sin parecerle bien decirlo en voz alta, como si redujera todo lo que su hermano había sido a una sola palabra, literalmente sucia. En su mente vio las vetas oscuras de inmundicia adheridas a lo que quedaba de él.

—Clark me llamó —dijo él, dejando su vaso junto al de ella.

—Ah. Frunció el ceño. El detective Clark Lavigne trabajaba en Fernborn, así que sabía que Maggie colaboraba con el departamento y que ella y Reid trabajaban juntos.

Pero ¿qué hacía en Tysdale? ¿Habían aunado fuerzas temporalmente porque el cadáver hallado en aquellos bosques podía pertenecer a alguien de cualquiera de las dos ciudades?

—Bueno, fue muy importante para mí que estuvieras allí. Y llegaste justo a tiempo para salvarme de ese payaso de detective.

Reid palpó el costado de su vaso como si pudiera deshacer el daño que le había causado. No lo consiguió.

—¿Y a qué venía todo eso?

—Lo típico de un payaso —murmuró, bajando la vista hacia la mesa.

—¿Monociclos?

—Estás pensando en osos.

Una minúscula gota de condensación relucía sobre la madera, junto a su meñique. La arrastró con la uña hasta convertirla en una coma y soltó el aire.

—Dijo que no conseguía localizar a mi madre para contarle lo de Aiden.

—¿La has llamado?

La coma se alargó hasta convertirse en un signo de exclamación. Maggie asintió mientras miraba sus dedos y luego levantó la cabeza.

—Sí, dos veces de camino aquí. No contesta. Pero está bajo arresto domiciliario. Coja o no el teléfono, pueden ver dónde está. No se ha quitado la pulsera telemática, o también lo sabrían. Y ya incumplió una vez las condiciones; si vuelve a salirse del perímetro, regresará a la cárcel.

¿Sería capaz de hacerlo? No el día del cumpleaños de Maggie, ¿verdad? Aunque, por otra parte, cabría esperar que diecisiete horas de parto merecieran al menos un emoji de globo. ¿Por qué estoy tan obsesionada con los emojis de globos?

—De momento, dejemos lo de mi Increíble Madre Desaparecida entre nosotros —dijo—. Birman mentía sobre ella, sobre haber hablado con ella; se le notaba en la cara. Pero aún no sé por qué, y, si está en casa, no quiero levantar sospechas.

Y si no está, no quiero ser yo quien haga que la encierren. No hoy.

Aunque quizá mañana sí.

Reid tiró del cuello de la camisa; ya había dejado la chaqueta sobre el respaldo de la silla.

—Mis labios están sellados. Como los de una ardilla en temporada de nueces.

—No tienes ni puta idea de ardillas, Reid.

Él levantó el café y dio un sorbo cauteloso que más que beber parecía un intento de ganar tiempo.

—Vale, no soy zoólogo. Pero sí sé que lo que oí en la morgue no tenía nada que ver con tu madre.

Sí… eso. La cicatriz —la mordedura— de la nuca le palpitó con un espasmo agudo, como si el colgajo de piel arrancado hubiera regresado para atacarla.

El agotamiento tiraba de sus extremidades, suplicándole que se fuera a casa.

Pero tenía que contárselo; tenía que contarle a alguien lo que había pasado de verdad aquel día para que pudieran reconstruir la secuencia de los hechos.

La única otra persona que lo había sabido era Kevin.

De adolescente, le había dado demasiado miedo contárselo a nadie y, más adelante, le preocupaba demasiado poner en riesgo la sobriedad de Kevin como para arriesgarse a hablar de ello.

Los días en que el recuerdo le volvía por sí solo —cómo la había dejado en aquel edificio, donde la atacaron, cómo luego habían dejado a aquel chico sangrando en el suelo— eran días duros para él.

Semanas duras.

Meses.

Maggie paseó la mirada por el mostrador, donde dos veinteañeros pedían galletas suficientes para alimentar a un ejército.

—Birman me acusaba de homicidio, igual que tú el día que nos conocimos.

Vio cómo la pareja recogía sus dulces y desaparecía en la noche, y entonces volvió la cara hacia Reid.

Él había apretado los labios. ¿Culpa?

—Yo no te acusé de asesinato. Acusé a Tristan de asesinato y te acusé de saberlo.

Maggie se llevó el chai a los labios y apartó la mirada, examinando la tercera silla, las sombras cóncavas sobre la madera, cualquier cosa salvo la cara de Reid.

No era la pena, tan profundamente grabada en los pliegues alrededor de sus ojos, sino la comprensión que emanaba de él como una nube de perfume.

Si se permitía inhalarla, quizá ya no pudiera respirar en absoluto, y no tenía tiempo para rendirse al dolor.

Porque ahora que Aiden estaba muerto, ahora que lo sabía con certeza...

Ahora tenía que atrapar a un asesino. Cuando él desapareció, ella era una niña aterrorizada, pero ya no temía las consecuencias de sus actos. Y mientras Nick Birman la viera como sospechosa, no estaría centrado en encontrar a quien de verdad había matado a su hermano.

—Tú tenías motivos para sospechar de mí, Reid. Él también.

Mantuvo los ojos fijos en la silla, pero lo oyó enderezarse; por el rabillo del ojo vio cómo las yemas de sus dedos se deslizaban hasta el borde de la mesa. Casi podía imaginar a Aiden sentado en aquella silla vacía, mirando, riéndose, embutiéndose galletas en la boca. Le dolían los pulmones.

—¿Qué motivo podría tener Birman para sospechar...?

—El día que desapareció mi hermano, alguien me atacó. Mi ex, Kevin... estábamos haciendo el tonto en un edificio abandonado. Llevaba años vacío, pero iban a derribarlo al día siguiente, así que rompíamos ventanas y destrozábamos cosas. Lo normal, supongo.

Él inspiró bruscamente. ¿Qué clase de delincuente considera eso normal? Pero ella siempre había tenido una vena salvaje. Kevin también. Dios, cuánto le echo de menos. Y a Aiden.

La garganta se le cerró, le picaba y le ardía, pero se obligó a seguir hablando.

—Kevin se fue unos minutos y entró... un tipo. Era al menos tres años mayor que yo, quizá tendría dieciséis. A Kevin solo le sacaría un año, más o menos.

De pronto volvió a oler el polvo que el forcejeo había levantado del suelo del edificio; vio la luz oblicua de las ventanas mugrientas superpuesta a las curvas de madera de la silla.

—Me tiró al suelo y me clavó la rodilla en la espalda. Le di un codazo. Él... me mordió en la nuca.

La cicatriz le ardió, un latigazo de fuego abrasador. Y, aunque sabía que no era real, sintió el calor de su propia sangre escurriéndole por la nuca.

Reid volvió a moverse, seguramente cruzando una pierna y apoyando el tobillo sobre la rodilla contraria, pero entonces sintió sus dedos sobre los suyos. Cálidos. Quizá por el café. Quizá no.

—Había cristales en el suelo, de una de las ventanas interiores. Uno de los trozos era más grande que los demás y... brillaba como una baliza, ¿sabes?

Reid no dijo nada; le apretó la mano, como lo había hecho Kevin cuando la sacó a rastras de aquel edificio.

—Conseguí girarme a fuerza de patalear hasta quedar de lado. El cristal le atravesó la mejilla... le abrió toda la cara por debajo del pómulo. Kevin volvió y me encontró tirada en el suelo, sangrando, y al tipo boca abajo en una esquina.

Reid retiró la mano y se inclinó hacia ella, con los codos apoyados en la mesa.

—Maggie...

—Tenía sangre en la camiseta — ¡déjame terminar, Reid! — y la herida en la cabeza...

Tragó saliva con fuerza.

—No se veía bajo el pelo, pero tenía la ropa hecha un asco.

Tuvimos que ir al gimnasio del instituto a limpiarnos.

Cuando llegué a casa, entré a escondidas y me duché.

Me aseguré de estar presentable, para que nadie supiera lo que había pasado...

lo que le había hecho a ese tipo. Ni siquiera pensé en Aiden hasta unas horas después, cuando mi padre empezó a llamar a la puerta y a preguntarme dónde estaba mi hermano.

Reid aguardó un instante, como si esperara que volviera a interrumpirlo. Cuando ella siguió callada, dijo:

—Así que Birman vio tus heridas y pensó que tenías algo que ver con la desaparición de tu hermano. Yo habría dado por hecho que alguien os había atacado a los dos, no que fueras culpable de hacerle daño a Aiden.

Eso... era un buen argumento. ¿Por qué no se le había ocurrido? Probablemente porque se sentía tan culpable por no haber acompañado a Aiden a casa. Las acusaciones de Birman, aunque no tuvieran fundamento, le habían parecido su merecido.

Suspiró y por fin alzó la vista hacia Reid. Sus ojos brillaban de pena y comprensión, pero no de lástima.

—Supongo que tendrías que preguntárselo a él. Sobre todo porque hubo testigos que me exculparon. Una profesora nos vio entrar en los vestuarios del instituto justo cuando Aiden salía de la escuela.

—Ah. —Asintió, casi imperceptiblemente—.

Eso significa que también creíste que tu agresor tenía coartada para el momento en que Aiden desapareció.

Que, aunque hubiera salido del edificio justo después que tú, estaba herido y habría tenido que atenderse las heridas en lugar de secuestrar a un niño. Otra razón para no decir nada.

Se aclaró la garganta; sentía la tráquea demasiado estrecha.