Capítulo 4 #2
Pero sus palabras, incluso sus propios pensamientos, le sonaban como si procedieran de otra persona.
Bajó la mirada hacia el cuerpo. Hacia el cráneo, hacia la parte delantera de la boca, donde tres dientes eran más claros que los demás.
Después del accidente, su madre lo había llevado en brazos, sentado sobre su regazo camino del hospital, cantando con aquella voz demasiado chillona y desafinada.
—¿Tenía alguna seña particular? —preguntó Malone, como si le hubiera leído el pensamiento—. Estamos razonablemente seguros por la ropa que apareció con él, prendas que llevaba la última vez que lo vieron, pero si tenía fracturas, lesiones que pudieran...
—Se los rompió —dijo—. Resbaló en un charco de la cocina y se golpeó la boca contra la encimera.
Los otros tres siguieron su mirada hasta el cráneo. Hasta el mantenedor de espacio de Aiden, fijado a sus otros dientes... los de verdad.
—Entonces, ¿cree que se trata de su hermano? —preguntó Malone, acercándose a la mesa hasta entrar en su visión periférica.
Maggie asintió. No solo creía que era Aiden: estaba segura.
Todas las veces que había deseado que lo encontraran, vivo o muerto, solo para saberlo con certeza...
ahora se arrepentía. A veces era mejor no saber.
A veces era mejor creer que no había ocurrido lo peor; que, si de verdad se había ido, había sido rápido e indoloro. Que no lo había visto venir.
Maggie no quería imaginarlo muriendo despacio, sufriendo. Pero, aunque le temblaban las entrañas, aunque la bilis le quemaba la garganta, aunque el corazón le estallaba en el pecho como una ristra de petardos, no pudo evitar preguntar:
—¿Saben qué pasó? ¿Cómo...?
Alzó la vista justo a tiempo de ver a Birman entrecerrar sus ojillos.
—En los próximos días lo examinaremos todo con lupa.
Aquello era bueno, pero el tono era del todo inadecuado, cargado de amenaza.
—Pero, de entrada... —Se volvió hacia la doctora Getty.
La doctora Getty asintió sin apartar los ojos de los huesos. Hizo un gesto con sus dedos finos, dedos de pianista.
—Por una perforación característica en la chaqueta y un desgarrón similar en la camisa que llevaba debajo, creo que recibió una puñalada en el pecho. Con toda probabilidad, una herida así le habría atravesado el corazón. Habría sido rápido.
Apuñalado. En el corazón. Pero, aunque la doctora esperaba claramente que hubiera sido rápido, no lo sabía .
Maggie cerró los ojos y, en la oscuridad tras los párpados, vio a su hermano con lágrimas en las mejillas y un hilo constante de sangre escurriéndole de los labios, desangrándose poco a poco.
También podía oírlo, llamándola a gritos desde el fondo de aquel pozo solitario.
Porque ella debería haber estado allí, debería haber ido con él, se suponía que tenía que acompañarlo a casa...
Abrió los ojos de golpe. No quería saber nada de sus últimos minutos sobre la tierra. Absolutamente nada.
—Puede que aún no tengamos toda la información —dijo Birman—, pero está claro que fue asesinado. Estoy seguro de que usted ya lo sabía.
La doctora Getty frunció el ceño. Malone parpadeó.
Un interrogatorio. Claro. Al fin y al cabo, por eso había querido tenerla allí a solas; por eso había mentido diciendo que no lograban localizar a su madre.
Maggie cerró los puños a los costados. No le pegues, Maggie.
No lo hagas. No solía enfadarse con facilidad, pero Birman había estado allí cuando Aiden desapareció, había hecho que todo fuera cien veces peor y ahora pretendía jugar con su cabeza mientras identificaba los huesos de Aiden. Menudo gilipollas.
—Aquel día quedó bastante magullada —dijo Birman—. Si no recuerdo mal.
Ah, vaya si lo recordaba bien. Y él no sabía ni la mitad. La cicatriz de la nuca le latió una vez, dos: un dolor profundo y cálido. También sentía la sangre en las manos. Pero aquella sangre no era suya.
—Era una pringada, detective. Era... ¿en pasado? Me pegaban todo el tiempo.
No era del todo cierto, sobre todo desde que Sammy y ella se habían hecho amigos, pero aquel no era el motivo por el que había acabado herida el día que murió su hermano.
La cicatriz le dio otro latido, agudo y rabioso, y esta vez dejó escapar el aire entre los dientes apretados.
Debería llamar a Sammy. No, a Alex. Le ardía la cara.
Su madre seguramente estaría cenando, felizmente ajena a los huesos sucios de su hijo, demasiado ocupada olvidándose de cumpleaños y de hijas; salvo de las hijastras, de quienes su madre decía que «les faltaban un par de luces».
Ojalá pudiera llamar a Kevin.
Parpadeó mirando al detective, pero Birman evitaba deliberadamente su mirada, con el ceño fruncido ante el cuerpo. ¿Habría señales de forcejeo en aquellos huesos?
—¿Por qué pregunta por las palizas? ¿Cree que se peleó con su asesino?
—La primera vez nos soltó esa historia —dijo Birman.
Con qué gusto te daría a probar un bocadillo de nudillos.
—Investigamos a todos los macarras de aquel instituto, a todos los matones.
Las aletas de la nariz de la doctora Getty se dilataron y apretó los labios. Estaba acostumbrada a tratar con cadáveres, pero claramente no tanto a que los detectives acosaran a las familias de las víctimas de asesinato.
—No era ninguna historia —espetó Maggie—. Contesté a sus preguntas.
—Sea como sea, es demasiado pronto para hacer afirmaciones tajantes sobre lo que pasó aquí. —Los labios de payaso de Birman se replegaron, casi en un gruñido, y los hombros de Maggie se pusieron rígidos—. Tiene que ser sincera conmigo. Sé que me oculta algo.
Maggie se quedó de piedra, pero antes de que pudiera replicar, Birman continuó:
—¿Dónde está su madre?
—En casa. Tiene que estar en casa. Y si cree que mi madre ha hecho algo malo porque no le ha cogido el teléfono, es un detective pésimo. A lo mejor simplemente le parece un imbécil.
Malone soltó un bufido. Ella se volvió hacia él, pero no la estaba mirando. Tenía los ojos clavados en Birman, encendidos de reproche; estaba más alterado de lo que había visto jamás a ningún canadiense. Al parecer, las payasadas de su compañero le gustaban tan poco como a ella.
Birman se aclaró la garganta.
—¿Señorita Connolly? De verdad necesitamos saber dónde está su madre. Si no hubiera nada que ocultar, no nos estaría evitando.
Eso no tenía por qué ser cierto.
—Usted no sabe nada de mi madre.
Pero su madre estaba bajo arresto domiciliario. Si no estaba en casa, si de verdad no estaba en casa...
—Señorita Connolly —repitió Birman.
— Doctora Connolly.
La voz no era suya, ni tampoco era la de ninguno de los detectives. Se volvió.
La puerta se abrió con un siseo, sin duda una entrada menos teatral de lo que él había pretendido. Reid entró a grandes zancadas, con el rostro enrojecido de irritación y fulminando con la mirada al detective Birman.