Capítulo 4
L a morgue estaba en el hospital, unida al edificio principal por un pasillo largo y seco que olía inexplicablemente a mostaza.
Seguramente era preferible al hedor de un cadáver pudriéndose que, de otro modo, impregnaría el aire; al tufo del formol, del alcohol sanitario o de la carne chamuscada de una víctima de incendio.
No había ventanas: al parecer, en la zona de los cadáveres siempre era medianoche.
Maggie tragó saliva, respirando por la boca. Feliz cumpleaños a mí. Quizá el cuerpo que había ido a identificar tendría un lazo, pegado a la frente pálida como un regalo de amigo invisible estruendosamente horrible.
El detective Malone salió a su encuentro a mitad de pasillo.
Su ancho y chato careto se había contraído en una mueca que Maggie había aprendido a reconocer como cara de «niño muerto».
No le había dicho a quién creía que pertenecía el cadáver, no explícitamente, pero tampoco había tantas posibilidades.
Alex no tenía más familia: ¿estaba muerta su mejor amiga?
La esposa de Sammy estaría allí si le hubiera ocurrido algo.
Si su madre estaba muerta, Maggie sería una de las primeras personas a las que llamarían, pero estaba bajo arresto domiciliario; no estaría allí, en Tysdale.
Y si al final era su hermano, después de tantos años...
Apartó el pensamiento de un manotazo. Si creían que el cuerpo era de su hermano, primero debían haber llamado a su madre, y en aquel pasillo abandonado no se oían otras voces murmurando.
Puede que la mujer se hubiera olvidado de su cumpleaños, puede que no hubiera podido llegar a la morgue por culpa de la pulsera telemática, pero sin duda habría llamado a Maggie si hubieran encontrado el cuerpo de Aiden.
Los ojos de Malone conservaron una expresión bastante afable mientras se presentaba.
—Siento muchísimo todo esto...
Soory y aboot . Canadiense, sin duda. Con aquella cara chata y papuda, aquella cazadora de cuero oscura y arrugada, se parecía a un carlino canadiense. También sonaba como uno: las alzas de sus lustrosos zapatos repiqueteaban contra el linóleo como uñas de perro.
Maggie siguió a Malone a través de las puertas batientes del fondo del pasillo, hasta otro corredor estéril.
Había tres puertas estrechas a cada lado, todas batientes como las de entrada, apenas lo bastante anchas para una camilla.
Pero el guardia apostado en mitad del pasillo lo hacía suficientemente seguro.
Estaba claro que el robo no era la principal preocupación en aquella sección del hospital.
Ocultar pruebas podía ser un problema, pero meterse con un cadáver era admitir la culpabilidad.
¿Con qué frecuencia podía ocurrir algo así?
Deja de pensar, Maggie. Pero tampoco quería hacerlo. Los pensamientos absurdos sobre el pasillo con olor a mostaza, el detective con cara de carlino o las tropelías con cadáveres le evitaban pensar en lo que estaba haciendo allí: identificar un cuerpo. Un cadáver. Alguien a quien conocía.
Malone saludó con dos dedos al guardia, que seguía sentado: un espécimen delgado y fibroso, con cara de mapache y ojeras todavía más profundas.
El hombre les indicó que pasaran sin apenas mirarlos.
Se conocían, claro que sí. Tysdale era una ciudad pequeña, más pequeña que Fernborn, y ni siquiera Fernborn bullía de luces nocturnas y gente de fiesta... aunque quizá tuviera menos canadienses.
Malone empujó la puerta de la sala al final del pasillo. Se puso de lado para dejarla pasar, sin quitar el pie del quicio.
Pero, al aproximarse al umbral, los zapatos de Maggie se volvieron pesados, arraigados al suelo como si hubiera pisado un charco de pegamento instantáneo casi seco.
Tenía los ojos fijos en la puerta abierta, en el espacio plomizo que se extendía al otro lado.
¿Qué la esperaba en la penumbra de aquella sala?
¿Debería haber pedido ver las credenciales del detective?
¿Preguntado quién creían que era el cadáver para que no la pillaran desprevenida?
Maggie inspiró: nada. Ni olor a carne putrefacta, ni antiséptico, ni formol. Solo metal. Y mostaza.
Malone seguía mirándola, esperando, con el talón apoyado contra la esquina de la puerta.
Maggie tragó saliva y se obligó a avanzar, pasando junto a Malone. Ah : él era quien apestaba a semilla de mostaza. La puerta siseó al cerrarse a su espalda.
Hacía frío en la pequeña sala, y era más reducida de lo que había imaginado.
Una encimera recorría la pared del fondo; limpia en ese momento, rayada y abollada, pero sin un solo bisturí.
Había dos personas ante ella, aunque Maggie no lograba mirarlas.
Tenía los ojos clavados en la mesa plateada del centro de la habitación, cubierta por una fina capa de manta.
Los bultos bajo la sábana azul eran demasiado pequeños.
Se le encogió el estómago. ¿Aquel era el cuerpo? ¿O solo una parte de un cuerpo? Una pierna, tal vez, o únicamente un torso. O quizá fuera alguien a quien conocía íntimamente: ¿podía identificarse un cadáver solo por el pene? Por su experiencia, la mayoría no tenían nada de particular.
—Este es mi compañero —dijo Malone—. Y la doctora Fran Getty.
Maggie apartó la mirada de la mesa y la posó en quienes estaban detrás. Pero en cuanto reconoció las otras caras de la sala, se quedó paralizada. Se le erizó el vello de la nuca.
Nunca había conocido al detective Malone, ni tampoco a la médico forense.
Pero al otro hombre lo reconoció: el detective Nick Birman.
Debía de tener la edad de su padre, con arrugas que le surcaban la frente alta como afluentes.
Conservaba los mismos ojos grises y entrecerrados que ella recordaba, los pómulos altos y redondos, una boca desmesurada —de payaso, con un poco de pintalabios—, y la franela de cuadros le daba un aire de canadiense de sirope de arce aún más marcado que a Malone.
La poblada barba salpicada de gris era nueva, seguramente para ocultar la enorme hendidura de la barbilla.
Ella y Sammy habían dedicado bastante tiempo a debatir cuánto se parecía aquel hoyuelo a un culo.
—¿Se encuentra bien, doctora Connolly? —preguntó Malone a su espalda.
Maggie asintió. Pero no estaba bien. Tenía el pecho convertido en un nido retorcido de calor espinoso, la espalda rígida como si le hubieran implantado una barra de acero en la columna. Birman. Tenía que ser ese imbécil. Lo cual significaba que el cuerpo era...
La mujer de la esquina dio un paso al frente. Llevaba apretados rizos negros recogidos sobre la cabeza y los labios gruesos fruncidos por la preocupación. La doctora levantó el borde superior de la sábana y la retiró despacio hasta dejarla a los pies de la mesa de acero inoxidable.
Los huesos aún no estaban limpios; en los extremos conservaban granulientos restos de tierra y arena. Hueso amarillento veteado de negro, de esa tierra buena y llena de lombrices que necesitas para cultivar tomates. El asesino lo había enterrado hondo.
Las tripas de Maggie se endurecieron hasta formar un ovillo de fuego. Asesinado. Tenía que haber sido asesinado, ¿no?
Se acercó dos pasos, dos pisadas huecas que rebotaron en cada superficie metálica, una sucesión de ecos que sintió en las raíces de los dientes.
Le habían quitado la ropa, si es que había quedado alguna. No quedaban restos de pelo. Tan pequeño... Todo él, tan pequeño.
Sin levantar la vista de la mesa, preguntó:
—¿Por qué no está aquí mi madre?
—La hemos llamado varias veces —dijo Birman—. Por desgracia, no hemos conseguido localizarla.
Eso... no era posible. La mujer tenía una pulsera telemática. Aunque llevaba bromeando con escaparse a las Maldivas desde que la pusieron bajo arresto domiciliario, y eso explicaría la ausencia de emojis de globos.
Pero Maggie frunció el ceño sin apartar la mirada de Birman.
Algo no encajaba. Lo observó, escrutando aquella cara de payaso en busca de tics en los diminutos músculos alrededor de los ojos.
Nada. Pero se le dilataron las aletas de la nariz.
Le brillaba una película de sudor en las sienes.
Vaya. Estaba... mintiendo sobre haber contactado con su madre. Quería que estuviera allí sola.
Maggie notó cómo el calor le subía por el pecho, aunque apenas podía sentirlo bajo la opresión que le atenazaba el corazón.
Aiden. Mi hermano está muerto.
Tragó saliva y se obligó a preguntar:
—¿Dónde lo han encontrado?
Él. ¿De verdad seguía siendo un él? Un cuerpo. Solo huesos. Una vida reducida a un montón de calcio y mantillo.
—En un pozo viejo —dijo Malone—. En lo más profundo del bosque, justo a medio camino entre Fernborn y Tysdale.
A kilómetros de cualquiera de los dos pueblos.
A kilómetros de toda ayuda. Había pequeños bosquecillos que se abrían paso entre el instituto y las calles residenciales, y de pronto deseó que lo hubieran encontrado allí, en los bosques más cercanos a la civilización; en un lugar menos solitario .
Pero el aislamiento era, presumiblemente, lo que buscaba el asesino.
—¿Quién?
La voz se le quebró. Carraspeó para disimularlo y miró por encima del hombro hacia Malone.
Malone enarcó una ceja.
—¿Perdón? ¿Perdóoon? Birman seguía fulminándola con la mirada desde el otro lado de la mesa de acero inoxidable. Sentía aquellos ojos como agujas clavándosele en la piel.
—¿Quién lo encontró? —volvió a intentarlo.
—Ah. —Malone resopló—. Una chica de la zona. Tropezó y se hizo bastante daño, pero logró salir del bosque. Cinco millas con el tobillo hecho añicos.
Maldita sea si no parecía impresionado.
—Le compraré una cesta de fruta o algo así —murmuró, volviéndose de nuevo hacia la mesa—. Tengo una pulsera de diamantes que igual le gusta.