Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

N o debería estar aquí.

Maggie contempló a través del parabrisas el pequeño centro comercial.

Dos restaurantes de comida rápida se alzaban achaparrados al frente, ocultando los edificios del fondo del aparcamiento.

A su izquierda había una tienda de muebles —cerrada desde hacía tiempo—.

Detrás se levantaba otro edificio que parecía abandonado, y casi lo estaba.

Casi. El letrero de lecturas psíquicas permanecía siempre encendido, de un chillón rosa neón, pero no había quiromante ni bolas de cristal tras los cristales oscurecidos.

El cartel abatible de la puerta siempre decía CERRADO.

Pero, en un lateral del edificio, una única escalera bajaba al sótano, y más allá…

Parpadeó.

Nada decía tanto «feliz cumpleaños» como pasar unas horas en un club sexual clandestino.

Era anónimo, y todo el mundo debía presentar revisiones médicas periódicas con pruebas de ETS incluidas: más seguro que un encuentro de una noche ligando en un bar.

Además, en ese caso tendría que ir a un bar y hablar con desconocidos. Qué asco.

Apretó los dedos alrededor del volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Entonces, ¿por qué no se bajaba del coche?

Aún era demasiado pronto para que hubiera llegado nadie, pero ya sabía qué hora era antes de conducir hasta allí.

Y había quedado a propósito con sus amigos aquella mañana para poder estar sola esa noche.

Maggie suspiró. No era que no quisiera ver a sus amigos. Ni siquiera que no quisiera celebrarlo. Era que…

Se le oprimió el pecho. Era su segundo cumpleaños sin Kevin. El primero había pasado envuelto en una bruma de duelo, sin que ni siquiera se diera cuenta de que era su cumpleaños, pero este…

Sí, este. Treinta y siete años, y era plenamente consciente de que Kevin no estaba con ella.

Plenamente consciente de que nadie le había preparado el desayuno en la cama ni le había regalado alguna chorrada —un coche teledirigido, una cometa, un surtido de pelotas saltarinas— mientras aún llevaba el pijama.

Para ser justos, era difícil superar a alguien que se había lanzado con el coche desde un puente después de que ella rechazara su proposición de matrimonio.

¿Un accidente? La policía lo había considerado así.

Pero cuando reinaba el silencio y el mundo estaba a oscuras, Maggie no lo tenía tan claro.

Parpadeó, mirando el letrero de lecturas psíquicas y el sendero que llevaba a la escalera.

En aquel lugar anónimo nadie se arrojaría a un río por su culpa; allí nadie la conocía lo bastante.

E imaginar el rostro de Kevin sobre los de los hombres enmascarados había mitigado el duelo…

durante un tiempo. Cuando cerraba los ojos, incluso olían como Kevin.

Pero encariñarse era peligroso, como elegir una mascota en una planta de procesado de pollos. Y en cuanto había empezado a buscar al mismo hombre, en cuanto había empezado a imaginar el rostro de Tristan tras su máscara de cuero, a imaginar que aquel hombre olía a Tristan en vez de a Kevin…

Nada de aquello era sano. Lo había llamado duelo cuando solo era la cara de Kevin, pero fantasear así con un expaciente era obsesivo. Y se sentía más cuerda lejos de Tristan y de aquel club; seguramente debería marcharse antes de volver a caer.

El muñeco cabezón del salpicadero la miraba fijamente: Beaker, de El show de los Teleñecos , con sus ojos de plástico fulminándola, juzgándola.

En el cajón de su escritorio tenía un muñeco cabezón de Bert.

El de Ernie había visto a Kevin lanzarse con el coche desde aquel puente, lo había visto morir, asintiendo sin parar todo el tiempo.

Maggie relajó los dedos y se secó las palmas sudorosas en los pantalones.

¿Qué haces, Mags? Vete a casa. Llama a Sammy.

Pero no quería luchar contra la opresión que le atenazaba el corazón, contra el malestar en la boca del estómago.

No quería comer tarta y fingir que quería estar allí, en vez de arropada entre los brazos de Kevin. La disonancia era agotadora.

Por eso estoy aquí. No quiero fingir.

Clavó la mirada, a través del parabrisas, en el neón rosa —LECTURAS PSÍQUICAS— y en el cartel abatible de debajo: CERRADO.

Después puso en marcha su Sebring descapotable, deseando seguir teniendo su DeLorean.

Algún día se compraría otro. Con suerte, el siguiente tampoco acabaría destruido por un asesino en serie pirómano.

No estaba segura de qué probabilidades había de eso, pero seguramente eran mejores que las de que Reid entendiera su próxima comparación absurda.

¿Una ardilla en temporada de nueces? Venga ya.

Los restaurantes de la entrada del aparcamiento parecían fulminarla con sus brillantes rojos y amarillos, colores escogidos con cuidado para atraer a clientes hambrientos hacia sus puertas.

Pero, más allá, la autopista permanecía tranquila antes de la hora punta: una vasta extensión de asfalto rozada por un sol amarillento, casi enfermizo.

Maggie pisó el acelerador a fondo.

La tarde se desdibujó a ambos lados del coche; a aquella velocidad, las líneas discontinuas de la autopista se convertían en una franja luminosa que la conducía a casa.

Se desvió para adelantar a un camión que probablemente circulaba diez millas por encima del límite permitido y luego redujo la marcha al ver un control de velocidad dos millas antes de su salida.

Entrecerró los ojos al distinguir al agente, medio oculto entre los matorrales del arcén. Pringado. Tomó la salida, comprobó una vez más el retrovisor al trazar la curva que desembocaba en la carretera principal y volvió a pisar a fondo.

La casa de su padre se encontraba en las afueras de la ciudad: el hogar donde sus padres habían vivido, se habían amado y, al final, se habían divorciado.

Cada día parecía más probable que fuera a quedarse allí para siempre.

Su propia casa se había incendiado, y su padre no pensaba volver de la urbanización para jubilados, con ayuda de ella o sin ella.

Él no quería que se convirtiera en su cuidadora a tiempo completo; se lo había prohibido cuando aún conservaba la lucidez suficiente para prohibir nada.

Pero a veces una vocecita le susurraba que debería pedir una excedencia; que tal vez volvería a reconocerla, aunque solo fuera unos instantes, si estaba con él las veinticuatro horas del día.

Quizá tendrían unos cuantos días en que no la confundiera con una enfermera o un celador.

Quizá conseguiría solo una hora más para hablarle de su mundo y oírle decir que estaba orgulloso de ella.

Podría aferrarse a eso el resto de su vida.

Maggie metió el coche en el camino de entrada y aparcó junto al borde izquierdo del pavimento, cerca de los escalones.

Reid había intentado convencerla para que instalase focos y cámaras, pero le parecía un sacrilegio cambiar las cosas tal como las había dejado su padre.

Quizá tuviera una vena algo temeraria, vale, pero, más que eso, estaba segura de que, si instalaba una cámara, Tristan la piratearía.

Que él... la observaría. Tal vez fuera ridículo, fruto de su cerebro hiperanalítico en alerta máxima.

Pero no conseguía quitarse esa idea de la cabeza.

Una vez le había puesto un rastreador en el móvil, así que colarse en una transmisión de vídeo no era del todo descabellado.

Igual lo que te da miedo es que te guste que te mire, Maggie. ¿Se te ha ocurrido pensarlo?

Maggie abrió la puerta del coche de una patada; claro que se le había ocurrido.

Su cerebro era, básicamente, una esponja que iba exprimiendo ráfagas de pensamientos atropellados.

Si alguien hiciera una película de acción sobre ella, se titularía La Caviladora , y su superpoder consistiría en sentarse en silencio en una habitación mientras su mente imaginaba un millón de escenarios que jamás llegarían a ocurrir.

Subió los escalones. El viento a su espalda susurraba contra su blusa de rayas diplomáticas; sus pantalones de pana zumbaban a cada paso, un sonido áspero que se enredaba con el gorjeo de los pájaros.

Debería haber ido a la residencia, pero no soportaba la idea de que su padre la olvidase hoy.

Y su madre... ¿qué narices estaría haciendo?

Mamá nunca había sido de las que cuidaban; eso se lo había dejado al padre de Maggie.

Pero Maggie solía recibir una llamada por su cumpleaños.

¿Era mucho pedir un mensaje con un emoji de globo?

Maggie metió la llave en la cerradura y la giró, pero se quedó inmóvil con la mano en el pomo.

En el porche había una silla de mimbre y una mesita de metal, más decorativas que útiles.

Sin embargo, en las sombras bajo el alero, sobre la silla de mimbre, había... algo. Algo que no debería estar allí.

Se acercó con cautela, entrecerrando los ojos para mirar la cesta.

Un ramo de flores silvestres —no era muy de rosas—, una tarjetita amarilla encajada entre las hojas.

Y, en el centro, un estuche de terciopelo rojo atado con un lazo morado.

Una elección extraña; los colores chocaban entre sí, pero...

Bajó la vista hacia sus pantalones de pana rojos y su blusa de rayas. Vale, era perfecto, en cierto modo.

Maggie deslizó la mano entre los pétalos y sacó primero la tarjeta del sobre. Letras negras mecanografiadas: «Feliz cumpleaños, Maggie». Nada más. Pero ya sabía de quién era; lo había sabido en cuanto vio el regalo acechando entre las sombras.

Tristan. No le gustaba que su atención la hiciera sentir revuelta y cálida al mismo tiempo, pero las flores eran... bonitas. No lo bastante bonitas como para instalar un timbre con cámara fácil de piratear, pero bonitas al fin y al cabo. Y el estuche...

Aflojó el lazo morado. Se le cortó la respiración.

Guau. La pulsera del interior centelleaba bajo la luz del porche: diamantes.

Un montón de diamantes. Le había hecho muchos regalos durante el último año y medio: desde guardias armados en la residencia de su padre hasta envíos de sándwiches de corned beef, pasando por billetes de avión a Nueva Orleans con entradas para un concierto de Weird Al, su músico favorito.

Maggie nunca había respondido a los regalos más que con un «Oye, tienes que parar».

Una relación nacida mientras eras la psicóloga de alguien no era una relación en la que debieras meterte, sobre todo si alguna vez habías superpuesto su cara a la de un sumiso enmascarado en un club de sexo.

Maggie tragó saliva. Las flores eran una cosa: aceptables, razonables como regalo de cumpleaños para un compañero de trabajo o para tu abuela. Las joyas le daban mala espina . Y, a veces, había que hacer caso al instinto, sobre todo cuando tu parte racional te estaba diciendo exactamente lo mismo.

El móvil vibró. Devolvió el estuche de terciopelo al ramo y sacó el teléfono del bolsillo. Un mensaje. De... Tristan.

«¡FELIZ CUMPLEAÑOS!»

¿Cómo lo hace? Incluso sin una cámara en el timbre, siempre parecía saber dónde estaba y qué hacía.

Sí, de repente aquello resultaba bastante menos bonito y bastante más inquietante.

Sus dedos se detuvieron sobre el teclado.

¿Gracias? ¿Era eso lo que quería escribir?

¿Déjalo ya, acosador? Eso se acercaba más.

Suspiró. Esperaría hasta mañana, se daría tiempo para pensar qué decir, como haría cualquier persona que le diera demasiadas vueltas a todo.

Por mucho que agradeciera las flores, no podía aceptar nada de aquello.

No podía aceptarlo a él como nada más que un compañero de trabajo; uno entrometido e invasivo, además. Ah, espera...

«Llama a Reid. Te va a llevar al bosque».

Perfecto. Eso sí que le daría que pensar después de su inquietante mensaje de «de algún modo te estoy viendo abrir mis regalos».

La respuesta llegó de inmediato: un único signo de interrogación.

Pero no estaba de humor para dar explicaciones.

Tenía que aprender a seguir instrucciones... como un sumiso en un club de sexo.

El teléfono vibró de nuevo antes de que pudiera guardárselo en el bolsillo; esta vez era él quien la llamaba. Pero... no. No era Tristan. Era un número local que no reconocía. Maggie se llevó el móvil a la oreja.

—¿Magma Connolly?

Se le tensó la espalda. Magma . Sus padres la habían odiado desde el instante en que nació; o eso, o su madre había querido hacerla fuerte, un plan que había salido espectacularmente mal.

—Soy Maggie.

—Buenas noches, señora. Soy el detective Malone, de Tysdale. Si no es mucha molestia, ¿podría acercarse a comisaría?

Malone... El nombre le resultaba familiar, aunque no conseguía ubicarlo. Parece que mi fama y mi fortuna se han disparado incluso sin la gala del departamento de policía. También le gustaba su forma de hablar, una amabilidad auténtica pero cautelosa. ¿Si no es mucha molestia? ¿Qué era, canadiense?

Con una última mirada al ramo, dijo:

—Mi horario de consulta es de lunes a viernes, de nueve a cuatro. Puede volver a llamar entonces para pedir cita, pero no sé si tengo hueco para una consulta sobre un caso.

Quizá pudiera endosárselo a Owen. Owen odiaba que trabajase con la policía, y Reid ya le daba más de lo que podía soportar.

Vaya, eso ha sonado guarro.

—¿Señora? —No percibió decepción en su voz, solo confusión—. ¿Una consulta?

No era una consulta. Entonces, ¿por qué querían verla hoy los detectives de Tysdale...?

El mundo se detuvo; los pájaros que gorjeaban enmudecieron de golpe.

El hombre se aclaró la garganta.

—No sé muy bien cómo decirle esto, y odio ser portador de malas noticias, pero... sería de gran ayuda que pudiera reunirse conmigo en comisaría. Necesitamos que identifique un cadáver.