Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

— V amos, Maggie. ¿Por qué no?

Reid parpadeó; los anillos que rodeaban sus iris ambarinos destellaron con reflejos dorados bajo el sol de primera hora.

El pañuelo de bolsillo rojo casi combinaba a la perfección con los pantalones de pana rojos de ella, como si lo hubieran planeado.

Un año atrás, Maggie jamás habría imaginado que acabarían aquí.

No porque colaborara con la policía para atrapar asesinos en serie, sino porque Reid y ella no habían empezado siendo amigos.

Maggie se quitó las gafas de leer, con una montura oscura de ojo de gato.

—Porque eres un bobo, Reid, y no me caes bien.

Solo una parte era cierta, pero tendía a rodearse de bobos, frikis y tarados a propósito. Como diría Sammy, su mejor amigo, hay que serlo para reconocerlo . Hasta sus gafas gritaban «bibliotecaria con debilidad por D la sombra apenas perceptible de barba sobre su mandíbula cuadrada relucía.

La luz también rebotaba en los objetos bajo la ventana del despacho: la vieja consola de su padre, la pelota de béisbol de su hermano, todavía dentro de su guante de cuero.

Junto a ella brillaba la foto de Aiden, aunque el reflejo ocultaba por completo la imagen.

—¿Ah, sí? —dijo Reid—. Y yo que pensaba que el chai te ablandaría.

Una tarjeta de cumpleaños habría funcionado mejor.

Su socio tenía una reunión con el abogado, pero Owen le había dejado de todos modos una magdalena y un flamante bolígrafo de lujo.

Maggie se colocó tras la oreja un largo rizo pelirrojo y miró el vaso de cartón.

No necesitaba otra celebración: ya había tomado tostadas con jalapeño y bocaditos de dónut con Sammy y Alex, las personas a las que más quería.

También le habían comprado una fuente para el jardín trasero: personajes de Barrio Sésamo con pinta de querubines meando en un bebedero para pájaros.

Un auténtico destroza-infancias, pero llevaba meses librando una batalla de ingenio contra las ardillas, y verlas beber de un retrete de muppets le sacaba una sonrisa. Había sido un buen día.

Hasta ahora.

Sostuvo la mirada de Reid, tan esperanzada, y contuvo un suspiro.

—¿Tengo pinta de encajar en una gala de la policía?

Los grupos numerosos de agentes hacían que le picara la piel, y no porque la bala de un policía hubiera alcanzado a su padre en las costillas mientras protegía a su paciente suicida. Tampoco porque su madre estuviera en ese momento bajo arresto domiciliario.

Bueno, quizá un poco sí que tenía que ver con esas cosas.

Maggie era la única de la familia que aún no había acabado en el lado equivocado de la ley.

Y Reid no sabía que trabajaba con una organización clandestina que ayudaba a víctimas de violencia doméstica a desaparecer.

No era ilegal, pero ella bordeaba esa línea con bastante descaro.

Reid cruzó un tobillo sobre la rodilla contraria.

—Todos quieren conocer a la mujer que está ayudando a Ezra; la psicóloga que ha resuelto varios casos sonados. Creo que esperan que trabajes con más gente del departamento.

Antes me meto un cactus por la nariz.

—Los asesinos en serie ya son lo bastante dramáticos sin tener que estrenar compañero.

Él sonrió y se llevó una mano al corazón.

—Qué bien se te da endulzarme el oído.

Ella puso los ojos en blanco antes de continuar:

—Y solo trato a Ezra por hacerte un favor a ti . Desde luego, no busco hacerme un nombre en la policía de Fernborn.

El chico progresaba; se le daba mejor identificar las emociones y ajustarse a las conductas que le exigían en el colegio.

Nunca olvidaría que Ezra había matado a su tarántula, pero no había matado a la mascota de nadie más.

Tampoco había asesinado a ningún otro ser humano.

Bravo por él. Y por Reid también: el padre biológico de Ezra estaba enterrado en el cementerio de Fernborn, cortesía de un asesino en serie que había recurrido a la ayuda del chico.

Si al menos Ezra no se hubiera entregado a la tarea con tanto entusiasmo.

Reid señaló con la cabeza el vaso de su escritorio, ya casi frío.

—Sabía que ese chai servía para algo.

Un momento. ¿De qué estaban hablando? Reid dio un sorbo a su café y se inclinó para tirar el vaso vacío a la papelera junto al escritorio.

—Piénsatelo, ¿vale? Sé que esas cosas pueden ser un muermo, pero me vendría bien una amiga. Incluso podría ser divertido.

Exacto. Una amiga, no una cita. Ser compañeros de trabajo volvía las cosas pegajosas en el sentido menos divertido de la palabra. Maggie negó con la cabeza.

—Pídele a Tristan que vaya contigo. Él también es asesor.

Un asesor rico, empresario del sector tecnológico, que no necesitaba aquel trabajo, pero asesor al fin y al cabo.

La mirada de Reid se ensombreció. En vez de responder a la propuesta, juntó las manos, con los puños de la camisa tocándose. Suplicante, con ojitos de cachorro incluidos.

—Pareces Elon Musk intentando que el universo te quiera un poquito más .

Aunque Reid era más mono, con su estatura y aquellos hombros anchos. No es que esas cosas importasen entre amigos que trabajaban juntos.

—Si el universo no lo quiere, desde luego ha sido mucho más generoso con él de lo que se merece.

Reid dejó caer las manos sobre el regazo.

—No te estoy pidiendo un favor sin ofrecer nada a cambio. Te daré lo que quieras.

¿Cualquier cosa? Interesante . Maggie apoyó las palmas en el escritorio.

—Vale. Iré a esa fiesta contigo si Tristan y tú pasáis juntos un fin de semana de chicos. Sin aparatos electrónicos, sin trabajo; solo tú y él, a solas en plena naturaleza.

Los ojos castaños de Reid se abrieron de par en par. Se recostó en la silla a cámara lenta.

—¿Hablas en serio?

Había pasado años intentando detener a su medio hermano, hasta que Maggie había ayudado a demostrar que el hombre era inocente. Tristan era paciente suyo por entonces; así se habían conocido ella y Reid.

—Tan en serio como un matemático colocado de speed.

Él abrió la boca para responder, pero volvió a cerrarla. Frunció el ceño.

—¿Un... qué?

—¿Una ardilla en temporada de frutos secos?

Reid frunció aún más el ceño.

—¿Y cuándo coño es la temporada de frutos secos?

—Tan en serio como tú después de tres magdalenas de salvado, atrapado en un ascensor durante un apagón.

Retiró las manos del escritorio y se las enredó en sus rizos de fuego, fingiendo que se arrancaba el pelo de pura frustración.

—Me da igual la metáfora que uses. Aunque no hagáis barbacoas fraternales, creo que ya va siendo hora de que enterréis el hacha de guerra. Con suerte, no en la cabeza del otro.

—Ese es un truco rastrero de psicóloga: usar tu compañía como moneda de cambio.

Maggie se echó hacia atrás y se encogió de hombros. Era un poco rastrero, sí, pero tenía las mejores intenciones; ni siquiera sacaba nada de aquel trato. Era prácticamente una santa.

—Tengo que lidiar con los dos cada vez que acepto un caso, y será más fácil si os lleváis bien.

Tristan colaboraba con la misma frecuencia que ella, ocupándose de la parte técnica mientras Maggie se encargaba de la psicológica.

A Reid se le arrugaron los rabillos de los ojos; descruzó las piernas. Tenía la costumbre de cruzar un tobillo sobre la rodilla contraria cuando estaba siquiera un poco nervioso y, como detective de homicidios, casi siempre andaba tenso.

—Vale —dijo despacio—. Convence a Tristan de que deberíamos irnos de acampada juntos y yo me encargo de las tiendas. Pero esto va a acabar mal.

Tras un último resoplido y un asentimiento, Reid se puso en pie.

—Mientras tanto, será mejor que me ponga a trabajar.

—Que tengas un buen día. Y si necesitas una consulta para algo que no sea salir de fiesta, estaré libre a primera hora de la mañana. Porque hoy es mi cumpleaños y me voy a tomar la tarde libre.

Nunca se tomaba días libres. ¿Se daría cuenta de aquella desviación de su conducta?

Reid sonrió y se dirigió hacia la puerta.

—Gracias, Maggie. Te lo agradezco.

Menudo detective estás hecho.

—¿Reid?

Él se volvió.

—Una sola tienda —dijo ella—. Y pequeña.