Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 1
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Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3)

Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3)

Por Meghan O’Flynn

© inepub.com

Capítulo 1

U n sol velado se deslizaba entre la niebla de primera hora y proyectaba sombras turbias a ambos lados del sendero.

A cada golpe acompasado de las zapatillas de Lindsay, las hojas secas crujían, las ramitas se partían como huesecillos y la hierba rala le mojaba los tobillos de rocío.

Era inquietante, decidió, como caminar sobre tu propia tumba.

Pero a Lindsay no le importaba. El chillido agudo de los pájaros y el hormigueo que le recorría la espalda no hacían más que empujarla a correr más deprisa por el camino de tierra lleno de roderas.

Se secó el sudor de la frente, que ya le chorreaba.

Tres semanas para terminar el instituto de una vez por todas; tres semanas para la graduación y el verano.

En Fernborn, Indiana, la ciudad que quedaba al oeste, y en el pueblo vecino de Tysdale, al este, eso significaba ferias estatales y excursiones al lago.

Historias de miedo alrededor de una hoguera.

Y Jeff. Quizá sin camiseta.

Pero, de momento… tenía esto.

La bifurcación apareció ante ella como un espejismo: primero centelleó perezosa y luego se desvaneció cuando la concentración le flaqueó.

De frente, la luz moteada se filtraba entre la bóveda de ramas y hendía la oscuridad con un resplandor dorado y brumoso.

Por allí irían los demás; hasta donde sabía la mayoría, aquel era el único camino.

Pero ella no era una más. Un musgo espeso cubría la entrada del segundo sendero, y las ramas bajas estaban tan cargadas de kudzú silvestre que bajo ellas no se distinguía ni un destello de luz diurna.

El contraste era tan brusco que Lindsay vaciló, aunque sus pies no dejaban de golpear la tierra y el aliento se le escapaba entre jadeos.

Entonces se ajustó la coleta y tomó el desvío de la derecha, agachándose bajo las lianas resbaladizas para internarse en la oscuridad.

Aquel sendero estaba invadido por malas hierbas y bolas espinosas de liquidámbar: más crujidos secos, más huesos rompiéndose, el olor húmedo de la maleza podrida llenándole la nariz.

Lindsay apretó los dientes. Si no quería limitarse a correr de ida y vuelta por el mismo camino, no le quedaba otra que tomar el sendero que serpenteaba por las colinas más escarpadas y más próximas a Fernborn.

Aquella última competición de campo a través prometía ser brutal, y corredores bastante mejores que ella habían acabado vomitando en el bordillo.

Si entrenaba lo suficiente entre aquellas zarzas descuidadas, el circuito de la carrera de verdad —con cuestas, pero libre de maleza— sería pan comido.

La niebla se iba espesando a medida que avanzaba, y la oscuridad se hacía más insistente.

Dedos helados le reptaban por la espalda como uñas de bruja, pero ignoró el escalofrío y siguió adelante.

No era un personaje de novela de terror, una chica vulnerable que sería presa fácil para un asesino en serie con machete.

Era Lindsay «Dash» Harris, futura ganadora —otra vez— de la Competición de Campo a Través de Indiana y kickboxer los fines de semana.

Además, ¿qué clase de asesino en serie andaría rondando por el bosque a las ocho de la mañana de un martes?

Los asesinos no funcionaban así. Un callejón oscuro de ciudad, una furgoneta en una carretera larga y solitaria, un desconocido en un bar universitario, el Tribunal Supremo de Estados Unidos…

esas eran las amenazas de verdad. ¿Pero allí?

No pasaban suficientes víctimas como para que alguien con malas intenciones se molestara.

Aquel era un lugar para estudiantes de instituto que se saltaban la primera hora para no tener que perderse luego una película con el novio.

Total, ¿para qué iba a necesitar la trigonometría?

Pero, cuando el sendero giró a la izquierda, Lindsay entrecerró los ojos para mirar lo que tenía delante. Le palpitaban los pies al ritmo del corazón y tenía la espalda pegajosa de sudor. Parpadeó para quitarse el sudor; le escocían los ojos.

¿Qué demonios era aquello?

Lindsay redujo el ritmo al terminar de doblar la suave curva y acabó trotando en el sitio. No era un asesino; ni siquiera era humano, aunque no por eso dejaba de estorbar. A un desconocido podría haberle soltado un rodillazo en las pelotas y seguir adelante. Aquello no era tan sencillo.

Una muralla de vegetación se alzaba ante ella.

El enorme tronco, más alto que Lindsay, apenas se distinguía entre el follaje espeso.

Las ramas se agitaban como piernas dando patadas, y cada una tenía suficiente fronda para ocultar el sol.

Un rayo había alcanzado al roble gigante y lo había derribado; la hendidura negra del tronco quedaba muy abajo, a su derecha.

Rajado .

Lindsay miró hacia atrás, por donde había venido, mientras sopesaba sus opciones. Podía darse la vuelta, volver al camino principal y seguirlo hasta el coche. Pero no había llenado una estantería de trofeos por escoger siempre la salida fácil.

Una vez tomada la decisión, se acercó al árbol.

No podía trepar entre las ramas: eran tan gruesas, tan caóticas y tan hostiles que no llegaría al otro lado sin acabar llena de arañazos profundos.

A su derecha, el tronco se extendía hasta quién sabía dónde, y las raíces debían de ser un campo de minas.

Y ella ya estaba entre las ramas altas. Seguro que aquellas sombras de la izquierda conducían a la copa del árbol, y la tierra removida donde había caído el roble abría un pasillo practicable.

Lo rodearía, retomaría el sendero al otro lado y, cuando llegara el momento, volvería a la bifurcación dando un rodeo; sabía por dónde atajar.

Además, tendría una historia que contarle al entrenador, aunque se guardaría la parte de haberse saltado las clases.

Le ardían los muslos mientras corría sobre el terreno irregular, saltando alguna rama especialmente larga y esquivando zarzas y cardos.

Por encima de ella, el dosel se abría y dejaba pasar la luz filtrada del amanecer: al desplomarse, el roble se había llevado por delante algunos arbolillos.

El olor almizclado del barro y el calor húmedo del esfuerzo le llenaban la nariz. Olía a éxito.

Lindsay sonrió. Siguió corriendo, y corriendo, y corriendo, dejando que el corazón se le apaciguara hasta convertirse en un dolor constante, que los pulmones se adaptaran al esfuerzo, que las piernas se le entumecieran.

La euforia rara vez llegaba sin hacerse de rogar, pero cuando por fin aparecía aquel subidón del corredor era…

bueno, aún mejor que estar con Jeff, y eso ya era mu⁠—

La tierra desapareció bajo sus pies y su cuerpo salió despedido por el aire. El suelo se estrelló contra la espinilla de Lindsay como un tren de mercancías cubierto de cristales rotos. Un chasquido seco resonó entre los árboles. ¿Otra rama rota?

Durante un instante permaneció tendida en el suelo, jadeando.

Aturdida. Se había caído, eso lo sabía. Había tropezado.

La sombra del roble enfrió el sudor de su cara y le heló los huesos.

Intentó meterse las manos bajo el cuerpo, intentó empujarse para incorporarse, pero temblaba demasiado.

Se desplomó en el barro, con la mejilla pegada al suelo y arenilla abriéndose paso hasta su fosa nasal izquierda.

Entonces llegó el dolor.

Le atravesó la conciencia, destrozando su subidón de corredora: una explosión blanca e incandescente de pura agonía.

Lindsay chilló, de pronto plenamente consciente de que estaba sola.

Se hallaba a kilómetros de ambos pueblos; podía gritar durante días sin que nadie la oyera.

Quizá se hubiera equivocado con aquel asesino en serie que acechaba en los silenciosos bosques.

Tal vez algún asesino le había tendido una trampa y volvería a por ella al anochecer.

Era un pensamiento delirante e irracional, pero se aferró a él con toda el alma, dejando que la centrara.

¡Ni de coña va a volver a por mí! ¡Voy a salir de aquí!

Lindsay apretó los dientes con tanta fuerza que le dolieron las raíces y, gimiendo, consiguió sentarse; después se acomodó con cuidado sobre el culo.

El tobillo estaba torcido en un ángulo extraño, el hueso no estaba bien.

No estaba bien en absoluto. Los dedos del pie le ardían y la espinilla era un atizador al rojo vivo que le atravesaba la rodilla.

Expulsó la arenilla de la nariz con un resoplido, tuvo arcadas, ahogó un sollozo y parpadeó al mirar el suelo. Demasiado oscuro. Lindsay se quedó inmóvil. Se quedó boquiabierta ante la negrura. El suelo… no estaba.

Las lágrimas le asomaron por las comisuras de los ojos. ¿Estaba imaginando cosas, enloquecida por el dolor? No. Junto al árbol sí había tierra, pero varias ramas se hundían en la nada. Una bolita de liquidámbar, tambaleándose al borde, se deslizó hacia el abismo.

Y cayó.

Y cayó.

Y cayó.

Escuchó, paralizada, esperando a que la bolita alcanzara el fondo…

Del agujero no llegó sonido alguno. Arriba, los pájaros gorjeaban, riéndose de ella.

La sangre le retumbaba frenética en los oídos, el pavor le atenazaba el pecho.

¿Estaba sentada sobre el agujero, protegida apenas por un mísero entramado de enredaderas secas?

Un solo movimiento en falso y la tierra se la tragaría, ocultándola para siempre en sus entrañas.

Lindsay alargó el brazo hacia atrás y se agarró a las ramas del roble para hacer palanca, para ponerse a salvo.

Tiró de ellas, con la cara resbaladiza de sudor y lágrimas.

Sollozó con más fuerza mientras se alejaba de la abertura y retrocedía hasta terreno firme.

Pero el agujero. Seguía tan cerca del agujero, con el pie herido suspendido sobre el vacío como si estuviera suplicando a alguna criatura del inframundo que alargara un brazo y la arrastrase, pataleando, hasta el abismo.

Gruñó y volvió a moverse; el muslo le rozó el suelo.

Aquello no era tierra. Era algo duro, helado, un poco húmedo. ¿Piedra?

Lindsay volvió a echarse hacia atrás y se dio con la pierna herida.

Gritó tan fuerte que los pájaros alzaron el vuelo entre una ráfaga de graznidos entrecortados.

El tobillo le quemaba. Tomó otra bocanada de aire con un siseo, jadeando de dolor, esfuerzo y terror.

Se calmaría, solo tenía que calmarse , y luego se fabricaría un bastón.

Volvería cojeando hasta el coche. No iba a dejar que la venciera un puto agujero.

No iba a dejarse vencer, literalmente, por la nada.

Con un último esfuerzo y un gruñido, Lindsay consiguió arrastrarse hasta quedar por completo dentro de la maraña de ramas puntiagudas, con suelo firme bajo el cuerpo.

Parpadeó hacia las piedras, tratando de recuperar el aliento.

Unos cuantos tablones podridos guardaban la cavidad abierta en la tierra fangosa, con sus astillas dentadas sobresaliendo sobre el agujero.

Las piedras que bordeaban la abertura eran demasiado uniformes para ser naturales.

Estaban erosionadas, pero apiladas con pulcritud formando un ángulo cóncavo. ¿Un… pozo?

Aquel repentino arrebato de concentración podía ser una distracción, un intento de su cerebro por ignorar el sufrimiento, pero Lindsay se quedó quieta, con las ramas clavándosele en la carne de la espalda, mirando fijamente.

Aunque la pierna le latía, aunque el fuego le atravesaba el cuerpo desde los dedos del pie hasta el muslo y la adrenalina le recorría las venas a sacudidas, no pudo evitar mirar.

Lindsay se desplazó despacio sobre la cadera sana, con las lágrimas corriéndole por las mejillas, y se inclinó hacia delante.

Estiró el cuello, aferrada a una rama para sostenerse.

Entrecerró los ojos. Al principio, el follaje del árbol caído proyectaba sombras turbias en el hueco del pozo.

Pero, mientras observaba, un tembloroso rayo de luz matinal atravesó la penumbra: cuchillas de luz que cortaban la oscuridad del fondo.

Las imágenes le llegaron a fogonazos, pulsando al compás del dolor de su pierna. El mundo dejó de moverse. Y aunque sabía que nadie podía oírla, Lindsay volvió a gritar.

Esta vez no pudo parar.