Los muertos no llaman CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

EL ÚLTIMO HOMbrE

Tres semanas después, César Valcárcel pidió hablar conmigo.

La visita era en prisión preventiva, detrás de un cristal grueso.

Parecía más pequeño sin traje, armas ni coches negros.

La cárcel tiene esa habilidad.

—Soria te ha vendido —dije.

—Soria vende hasta su sombra.

—Eso mismo decía de Esteban.

—Los jefes se parecen cuando pierden.

—¿Por qué querías verme?

Valcárcel apoyó los antebrazos en la mesa.

—Porque falta alguien.

No reaccioné.

—La lista de Manuel tiene ciento trece nombres —continuó—. La moderna de Julián, ciento doce.

—Ya sabemos cuál falta. Cuéllar.

—No.

—JTC.

—Eso es lo que quieren que pienses.

—¿Quiénes?

—Los que construyeron la segunda lista.

—Julián la generó del archivo de Cuéllar.

—Sí. Pero antes de que él entrara alguien había reordenado los perfiles. JTC era un identificador antiguo, no el nombre borrado.

—Darío recuperó las letras.

—Porque estaban donde alguien quería que aparecieran.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Porque vi la lista completa en 2018.

—¿Cuántos nombres?

—Ciento trece.

—¿Quién falta?

Sonrió.

—Eso es lo divertido. No lo sé.

—No he venido a jugar.

—Yo tampoco. Durante años recibí instrucciones de Esteban. Después de Cuéllar. Luego empezaron a llegar mensajes idénticos que ninguno de los dos reconocía. Pensé que Cuéllar mentía. Ahora sé que Soria clonó parte del sistema.

—Entonces era él.

—Parte.

—¿Qué parte falta?

—Antes de que Soria entrara, alguien ya utilizaba los canales.

—¿Nicolás?

—No creo.

—¿Por qué?

—Porque Nicolás me pagó en 2019 para averiguar quién lo estaba haciendo.

Eso no estaba en ninguna declaración que yo conociera.

—¿Se lo has dicho a fiscalía?

—Hoy.

—¿Y?

—Por eso quiero hablar contigo antes de que decidan que estoy inventando una novela para mejorar el trato.

—¿Qué encontraste?

—Nada. Solo una dirección postal y una frase de autenticación.

—«Los edificios caen…»

—Esa era de Cuéllar. La otra era distinta.

—¿Cuál?

Valcárcel miró el cristal, como si comprobara que seguía existiendo.

—«Las deudas sobreviven a los nombres».

—¿Y el apartado postal?

—Madrid. Renovado cada año en efectivo. Sigue activo.

—¿Quién recoge el correo?

—Nunca lo vi. Una empresa de mensajería retira sobres y los redistribuye.

—¿Por qué me lo das?

—Porque la última vez que investigué, recibí una fotografía de mi hija saliendo de la universidad.

No sabía que Valcárcel tuviera hija.

—¿Y paraste?

—Sí.

—Pero mataste a otras personas porque alguien te lo pidió.

Su expresión no cambió.

—No te estoy pidiendo que me perdones.

—Bien.

—Te estoy diciendo que Soria no inventó la limpieza. La aprovechó. Alguien ya estaba intentando eliminar partes antiguas de la red.

—¿Quién?

—El nombre ciento trece.

—Que no conoces.

—No.

—Entonces quizá no exista.

Valcárcel sonrió.

—Eso dijiste de Cuéllar.

No me gustó que tuviera razón.

—Julián lo sabía —continuó—. Por eso te buscó. No quería solo hundir a Esteban ni descubrir a Soria. Quería saber quién había reactivado la red antes.

—Julián nunca mencionó esto.

—Porque no confiaba en nadie.

—Ni en mí.

—Confiaba en que seguirías una pista. No es lo mismo.

Me levanté.

—¿Eso es todo?

—No.

Se inclinó hacia el cristal.

—Nicolás Navas no fingió su muerte para esconderse de la policía.

—¿De quién?

—Del nombre ciento trece.

—¿Y Cuéllar?

—También.

—Entonces dos hombres que construyeron la red acabaron huyendo de ella.

—Los edificios caen —dijo Valcárcel—. Los cimientos permanecen.

—No vuelvas a usar esa frase conmigo.

—¿Por qué?

—Es pretenciosa.

Por primera vez se rió de verdad.

—Álvaro te habría caído mejor que yo.

—No menciones su nombre.

La risa desapareció.

—Tienes razón.

Salí.

Lucía me esperaba fuera del centro penitenciario.

—¿Qué quería?

—Decirme que todo ha terminado.

Me miró.

—Mientes fatal.

—Lo sé.

—¿Qué te ha dado?

Pensé en no contárselo.

Durante un segundo, el viejo reflejo volvió.

Guardar una pieza. Proteger a alguien mediante ignorancia. Repetir exactamente el error de todos los demás.

Saqué la hoja donde había anotado el apartado postal y la frase.

—Esto.

Lucía la leyó.

—¿Y me lo cuentas?

—Estoy probando una técnica nueva.

—¿Honestidad?

—No le pongas nombre todavía.

—Podría acostumbrarme.

—Sería peligroso.

Guardó la hoja.

—Lo pasamos a Isabel.

—Sí.

—Y tú no haces nada por tu cuenta.

—Eso no forma parte de la técnica.

—Mateo.

—Es broma.

—No sabes hacer bromas con la cara seria.

—Ese es el secreto.

Subimos al coche.

Mientras nos alejábamos miré el edificio de la prisión por el retrovisor.

Habíamos resuelto quién mató a Julián, Tejada, Requena y Enrique Navas.

Habíamos descubierto quién disparó a Álvaro y quién convirtió aquel disparo en una mentira oficial.

Habíamos detenido al hombre que intentó heredar la red.

Eso era suficiente para una historia.

No para la realidad.

La realidad casi nunca termina donde conviene poner la palabra fin.