EPÍLOGO
EL NOMbrE QUE FALTA
Un mes más tarde Madrid había empezado a olvidar.
No del todo.
Todavía aparecían noticias sobre la «trama Cimientos». Cada semana un juez citaba a alguien, una empresa publicaba un comunicado o un antiguo cargo aseguraba no recordar una reunión documentada con ocho fotografías.
Pero las portadas ya tenían cosas nuevas.
El mundo es generoso con los culpables en un aspecto: siempre acaba ofreciendo otra noticia.
Clara estaba en Lisboa.
Me enviaba mensajes breves.
Hoy he abierto una cuenta bancaria con mi nombre. Aburridísimo. Maravilloso.
He ido al médico y he tenido que explicar diecisiete años de historial en diez minutos. Creo que prefiero a Valcárcel.
Irene dice que dejes de hacerte el interesante y vengas a visitarnos.
No había ido todavía.
Iría.
Esa era una de las diferencias.
Mi madre decidió que había guardado suficientes secretos para una vida y empezó a contarme historias de mi padre que nunca había oído. Algunas lo hacían quedar bien. Otras no.
Prefería las segundas.
Descubrí que Manuel Vela había falsificado una firma para evitar una multa en 1978, que una vez perdió todo el sueldo del mes jugando a las cartas y que cocinaba una paella espantosa convencido de que era magnífica.
También que había intentado salir de una red corrupta cuando hacerlo podía costarle la vida.
No necesitaba convertirlo en héroe.
Bastaba con que fuera mi padre.
Cuéllar y Navas seguían en procedimientos judiciales complejos. Sus abogados discutían jurisdicciones, prescripciones y significados de palabras escritas hacía treinta años.
Álvaro Soria estaba en prisión preventiva.
Valcárcel colaboraba.
Ortega había empezado a hablar también.
Cada declaración abría otra puerta.
Isabel decía que podían pasar años.
—Perfecto —le respondí—. Necesitaba una afición para la jubilación.
—Tú no sabes jubilarte.
—Tampoco trabajar correctamente, según Lucía.
—En eso coincidimos.
La relación con Lucía no tenía nombre.
Eso nos convenía.
Cenábamos algunas noches. A veces dormíamos juntos. Otras discutíamos hasta que uno se marchaba. Ninguno utilizaba palabras como futuro porque las palabras grandes nos habían dado demasiados problemas.
Una tarde vino al despacho con una bolsa de supermercado.
—¿Qué es?
—Café.
—Tengo café.
—Eso no es café. Eso es un delito sin tipificar.
—La cafetera es nueva.
—Precisamente. Merece una oportunidad.
Preparó dos tazas.
—Está demasiado fuerte —dije.
—Vete a la mierda.
—Mucho mejor que el mío.
—Gracias.
—No era un cumplido.
Se sentó en la antigua mesa de Álvaro.
Esta vez no me molestó.
En la pared había colocado una sola fotografía: Álvaro y yo en la terraza, la que hizo Clara.
No una placa.
No un altar.
Una foto.
Suficiente.
—¿Has pensado en cambiar el nombre de la agencia? —preguntó Lucía.
—Ya lo hice.
—Digo algo más comercial. «Vela Investigaciones». «Vela Detective». «Vela Noir».
—Te prohíbo participar en marketing.
—Era una prueba.
—Has suspendido.
El teléfono sonó.
Número desconocido.
Nos miramos.
—¿Esperas llamada? —preguntó.
—Siempre.
Lo dejé sonar dos veces.
Luego contesté.
—Vela.
Silencio.
Después una voz de hombre.
No la de Cuéllar.
No la de Navas.
No la de Álvaro Soria.
Educada. Tranquila.
—Las deudas sobreviven a los nombres.
Lucía dejó la taza.
Activé el altavoz.
—¿Quién es usted?
—Alguien que conoció a su padre mejor de lo que usted cree.
Miré a Lucía.
Ella ya estaba grabando.
—Eso me lo han dicho demasiadas veces.
La voz rió muy bajo.
—Entonces sabrá que suele ser verdad.
—¿Qué quiere?
—Advertirle.
—Las advertencias funcionan mejor antes de matar gente.
—Yo no maté a sus muertos.
—Qué alivio.
—Ha abierto una puerta que debería haber dejado cerrada.
—También me lo han dicho.
—Esta vez debería escuchar.
—¿Por qué?
Silencio.
—Porque Julián Orbea no fue quien envió el mensaje que recibió la noche de su muerte.
Sentí que algo se detenía.
—Reconocí su voz.
—La voz era suya.
—Entonces ¿qué está diciendo?
—Que Julián grabó el mensaje dos días antes.
Miré a Lucía.
—Se recibió a la una cincuenta y ocho.
—Sí.
—¿Quién lo envió?
La voz tardó un segundo.
—El nombre que falta.
La línea se cortó.
Ninguno habló.
Lucía fue la primera.
—Eso puede ser mentira.
—Sí.
—Una provocación.
—Sí.
—No vas a empezar otra vez esta noche.
Miré el reloj.
Eran las seis y cuarto de la tarde.
—Técnicamente queda mucho día.
—Mateo.
Sonreí.
—Mañana.
Ella me estudió.
—¿De verdad?
—De verdad.
Guardé el teléfono en un cajón.
Cerré con llave.
Por la ventana, Madrid encendía sus luces.
Millones de ventanas.
Millones de secretos.
Durante años había creído que investigar consistía en abrir todas las puertas.
Ahora sabía que también consistía en decidir cuándo cerrarlas.
Cogí la chaqueta.
—¿Cenamos? —pregunté.
Lucía sonrió.
—Pensaba que nunca lo propondrías tú.
Apagué la luz.
En el pasillo, la nueva placa brilló bajo la lámpara.
MATEO VELA.
Solo.
No vacío.
Bajamos las escaleras.
En la calle empezaba a llover.
Pensé en Julián, en Requena, en Tejada, en mi padre y, sobre todo, en Álvaro.
Los muertos no llaman.
Pero algunos dejan mensajes que tardamos media vida en escuchar.
FIN