CAPÍTULO 46
LO QUE QUEDA
Fui al cementerio un jueves por la mañana.
No llovía.
Aquello casi parecía una falta de respeto al género.
Álvaro estaba bajo una lápida sencilla con su nombre, dos fechas y una frase que había elegido su madre: Siempre con nosotros .
Nunca me gustó.
Álvaro habría preferido algo como Os dije que el café era malo .
Me senté en el suelo.
—Eras un cabrón —dije.
Una señora que limpiaba flores dos tumbas más allá me miró mal.
—Y me utilizaste.
El viento movió los cipreses.
—Me mentiste. Organizaste una falsa muerte. Usaste mi coche como cebo. Escondiste una grabación en una cafetera. Te enamoraste y no me contaste nada, que es casi lo peor.
La señora volvió a mirarme.
—Pero volviste.
Saqué la nota que Clara me había entregado.
No fue por ti. Fue mi decisión.
La había leído tantas veces que el doblez empezaba a romperse.
—Eso no te hace menos idiota.
No hubo respuesta.
Los muertos no llaman.
Pero ocupan mucho espacio en las conversaciones.
Saqué la vieja placa de Vela & Luna que había desatornillado del despacho esa mañana.
La apoyé contra la lápida.
—No es que te eche del negocio. Es que nunca pagaste tu parte del alquiler.
Esta vez la señora se levantó y se fue.
—Me parece injusto que todo esto termine y tú sigas teniendo la última palabra.
Esperé.
Nada.
—Bien.
Me puse de pie.
Lucía estaba al final del camino.
—¿Me sigues otra vez?
—Es mi afición favorita.
—¿Cuánto llevas ahí?
—Lo suficiente para confirmar que discutes peor con los muertos que conmigo.
—Ellos interrumpen menos.
Caminamos hacia la salida.
—Clara se va a Lisboa una temporada —dijo.
—¿Te lo ha dicho ella?
—Sí.
—Qué bonito que ahora tengáis una amistad que puedo conocer.
Lucía me dio un golpe con el hombro.
—Sigue enfadado, si quieres.
—Estoy trabajando en bajarlo a resentimiento sostenible.
—Progreso.
—No te emociones.
Llegamos a la puerta del cementerio.
—¿Y Cuéllar? —pregunté.
—Prisión provisional. Su abogado ha presentado un escrito de ciento ochenta páginas explicando por qué nada de lo que hizo fue exactamente un delito.
—Talento jurídico.
—Navas también.
—¿Álvaro Soria?
—Sin fianza.
—¿Valcárcel?
—Colaborando como si hubiera descubierto la ética.
—Entonces todo perfecto.
—Nada perfecto.
—Mejor.
Lucía se detuvo junto a mi coche.
—¿Qué harás ahora?
—Trabajar.
—¿En qué?
—Una mujer cree que su marido tiene una segunda familia en Segovia.
—Después de esto, eso te parecerá aburrido.
—Rezo por que sí.
—No rezas.
—Puedo aprender.
Ella sonrió.
—¿Cena esta noche?
La pregunta me sorprendió más que un disparo habría sido excesivo decir, pero no mucho.
—¿Trabajo?
—No.
—Eso parece peligroso.
—Puedes decir que no.
—No.
Lucía levantó una ceja.
—¿No a la cena?
—No a decir que no.
—Sigues siendo insoportable.
—Constancia profesional.
Quedamos a las nueve.
No ocurrió nada extraordinario.
Cenamos. Bebimos vino. Hablamos de cosas que no tenían relación con cadáveres ni sociedades pantalla. Lucía se rió dos veces de mis chistes y después negó que lo hubiera hecho.
No nos besamos.
A veces los finales necesitan menos prisa que los comienzos.
Al día siguiente instalé la nueva placa.
MATEO VELA
INVESTIGACIONES
El pasillo pareció más vacío.
También más mío.
No era traicionar a Álvaro.
Era aceptar que no necesitaba esconderlo en una puerta para recordarlo.
En el despacho, la cafetera vieja descansaba sobre una estantería dentro de una bolsa de evidencia ya devuelta.
Compré una nueva.
El primer café fue terrible.
Algunas tradiciones no necesitan sobrevivir.
A media mañana Clara apareció sin avisar.
—Me voy mañana —dijo.
—Lucía me ha contado.
—Claro.
—¿Portugal otra vez?
—Esta vez con mi nombre.
—Eso mejora el turismo.
Me entregó una caja pequeña.
Dentro había una cámara compacta antigua.
—La usé en 2010.
—¿La del restaurante?
—Sí.
—¿Por qué me la da?
—Porque hay fotografías que no quiero llevarme.
La tarjeta contenía treinta y siete imágenes.
Reuniones.
Coches.
Documentos.
Álvaro.
Yo.
En una, Álvaro estaba de espaldas mirando Madrid desde un mirador.
—¿Cuándo fue?
—Dos días antes de morir.
—¿Qué hacía?
—Esperar.
—¿A qué?
—A usted.
—No recuerdo haber ido.
—No fue. Le llamó para quedar y luego decidió que era demasiado peligroso.
Miré la foto.
—Otra decisión por mí.
—Sí.
—Qué manía.
Clara sonrió.
—Mateo, una cosa.
—Dime.
Era la primera vez que nos tuteábamos sin notarlo.
—No conviertas a Álvaro en el mejor hombre que conociste solo porque murió.
—No lo hago.
—Era bueno. También era mentiroso, orgulloso y tenía una capacidad espectacular para decidir por los demás.
—Lo recuerdo.
—Bien. Los muertos necesitan defectos. Si no, no dejan sitio a los vivos.
Guardé la cámara.
—¿Volverás?
—Sí.
—¿Eso es una promesa?
—No. He aprendido algo de vosotros.
Se fue.
Aquella tarde, por primera vez desde que empezó todo, el despacho se quedó en silencio sin parecer vacío.