CAPÍTULO 45
LAS CUENTAS
La caída no fue espectacular.
No hubo una redada única con todos los culpables alineados contra una pared.
Las historias reales se deshacen más despacio.
Álvaro Soria fue imputado por inducción y cooperación necesaria en varios homicidios, organización criminal, extorsión, revelación de secretos y una lista de delitos que ocupó dos páginas.
Las pruebas eran abundantes: accesos a Argenis, comunicaciones clonadas, pagos a Valcárcel, consultas a matrículas, perfiles actualizados, la grabación de Julián y, sobre todo, el propio operativo de la nave donde había confesado que Orbea, Tejada y Requena eran «riesgos» que debían cerrarse.
Valcárcel terminó de hundirlo.
Cuando supo que Soria había intentado hacer recaer todas las decisiones sobre él, dejó de negociar por partes.
Entregó cuentas, direcciones y métodos de comunicación.
Admitió que recibió de Soria los objetivos de Julián, Tejada, Requena y Enrique Navas.
—¿Por qué los mató? —le preguntó Isabel.
—Porque era el trabajo.
La frase apareció en todos los periódicos.
Nadie sabía qué hacer con una respuesta tan pequeña para cuatro cadáveres.
Esteban Llorente reconoció sobornos y participación en la red a cambio de garantías para su hija. Negó haber ordenado homicidios. La fiscalía no le creyó del todo, pero la grabación de 2010 demostraba al menos su participación en amenazas contra Clara y Álvaro.
Murió tres meses después, antes del juicio.
Salvador Requena no pudo declarar.
Ramón Tejada tampoco.
Julián Orbea terminó siendo víctima, cómplice y testigo a la vez. Las tres cosas podían ser ciertas.
La justicia no aprecia las categorías incómodas, pero la vida insiste en fabricarlas.
Nicolás Navas fue detenido en Portugal por falsedad documental y requerido por España por su papel histórico en la organización. Tenía ochenta y seis años y un equipo de abogados que parecía una delegación diplomática.
Negó haber ordenado violencia.
Cuéllar negó lo mismo.
Ambos habían diseñado un sistema donde las órdenes nunca necesitaban ser frases completas.
Eso sería problema de los jueces.
La lista de 1989 y la moderna desencadenaron investigaciones separadas. Muchos delitos estaban prescritos. Otros no. Algunos nombres correspondían a personas que solo habían prestado servicios legales sin saber qué había detrás.
Isabel insistió en algo que los medios olvidaron rápido:
—Estar en una lista no es ser culpable.
Pero las listas tienen mala relación con los matices.
Durante semanas aparecieron filtraciones. Fotografías. Titulares. Acusaciones. Desmentidos.
El país descubrió que llevaba décadas escandalizándose por turnos de cosas parecidas.
Clara declaró públicamente una vez.
Solo una.
No vendió una exclusiva. No aceptó documentales. No escribió memorias.
Compareció a la salida del juzgado y dijo:
—Durante diecisiete años se me trató como un problema que había que ocultar. No quiero convertirme ahora en un espectáculo que haya que consumir.
Después se fue.
Irene volvió al instituto.
Los alumnos la esperaron con un cartel que decía PROFE, NO NOS FALTES OTROS 17 AÑOS .
Me enseñó la foto y fingió estar indignada.
Elena Orbea vino al despacho una tarde.
Traía una caja con cosas de Julián.
—La policía me ha devuelto parte —dijo.
Dentro había una libreta, una botella de whisky sin abrir y un reloj barato.
Reconocí el reloj antes de tocarlo.
Se lo había regalado a Álvaro por su treinta cumpleaños.
—¿Cómo lo tenía Julián?
—Clara se lo dio años después. Julián decía que algún día tendría que devolvértelo.
El reloj no funcionaba.
Marcaba las 03:12.
—¿A qué hora murió? —preguntó Elena.
—A las tres y doce.
Ninguno dijo nada durante un rato.
—Julián sabía que había sido un cobarde —dijo.
—Todos lo somos en algo.
—¿Tú también?
Pensé en dieciséis años evitando abrir cajas, hacer preguntas, cambiar la placa de la puerta.
—Sobre todo yo.
Elena dejó la botella sobre la mesa.
—Daniel vuelve de Londres la semana que viene.
—¿Está acusado?
—No. La fiscalía cree que Esteban lo utilizó. Firmó operaciones, pero no sabía lo que había detrás. Tendrá que declarar.
—Me alegro.
—Yo también.
Se levantó.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Julián sufrió?
Había preguntas para las que mentir era misericordia y otras para las que la misericordia era contestar exactamente.
—Fue rápido.
Elena cerró los ojos.
—Gracias.
Antes de salir señaló la botella.
—No bebas solo.
—Mal consejo para un detective.
—Entonces deja de parecer uno de película.
Se fue.
Esa tarde llevé el reloj a un relojero.
—Puedo hacerlo funcionar —dijo.
—No cambie las agujas.
Me miró como si fuera idiota.
—Si lo arreglo, se moverán.
—Entonces no lo arregle.
Volví al despacho con el reloj muerto en la muñeca.
A las seis apareció Lucía.
Ya no llevaba cabestrillo. El moratón del chaleco se había convertido en una mancha amarilla bajo la clavícula.
—Traigo una noticia —dijo.
—¿Buena?
—Rara.
—Mi categoría favorita.
Dejó una carpeta sobre la mesa.
CASO LUNA, ÁLVARO - REVISIÓN.
—Han corregido oficialmente la autoría del disparo mortal. Cárdenas seguirá condenado por el resto de delitos de aquella noche, pero su familia recibirá una resolución que reconoce que no disparó la bala que mató a Álvaro.
—Murió en prisión.
—Lo sé.
—No le sirve de mucho.
—A su hija quizá sí.
Asentí.
Lucía miró el reloj.
—Pensé que se había perdido.
—Julián lo tenía.
—Álvaro se lo quitaba para dormir.
—Decía que hacía ruido.
—Hacía ruido.
Nos quedamos callados.
—¿Qué vas a hacer con la placa? —preguntó.
Miré la puerta.
VELA & LUNA seguía allí.
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
Tenía razón.