CAPÍTULO 44
LA ÚLTIMA MENTIRA
Gabriel Soria pidió verme al día siguiente.
Nada de eso borraba lo que había hecho.
Nos encontramos en una sala del hospital donde le revisaban el golpe de la frente.
—Su padre no fue asesinado —dijo antes de que me sentara.
—Ya lo escuché.
—Quiero que lo crea.
—¿Por qué le importa?
—Porque le debo esa parte.
—Le debía muchas más.
—Sí.
Soria sacó una carpeta de una bolsa.
—La guardé desde 2000.
Dentro había copias del informe de urgencias de mi padre, electrocardiograma, resultados de sangre y una nota médica.
Infarto agudo de miocardio.
No había venenos misteriosos ni firmas falsas.
Lucía ya había pedido a un forense independiente que revisara los documentos. Todo era compatible con una muerte natural.
—¿Por qué tenía esto? —pregunté.
—Porque cuando murió pensé lo mismo que usted. Que Cuéllar había hecho algo. Pedí copias de los informes clínicos y hablé con Aguirre.
—¿Y?
—Nada. Manuel murió porque su corazón falló.
—Después de años de amenazas.
—Sí.
—Eso también cuenta.
Soria bajó la mirada.
—Sí.
—¿Qué era Puerto Norte?
—Una financiación ilegal para comprar terrenos portuarios. Mi nombre estaba vinculado a un pago. Manuel lo descubrió.
—¿Lo chantajeó?
—No. Me avisó.
—Y usted lo ayudó a salir.
—Por eso.
—¿Qué pasó con Cuéllar?
—Quería retenerlo. Decía que nadie podía salir con información. Nicolás prefería dejarlo marchar y mantenerlo vigilado.
—Qué generosidad.
—En aquella época, para nosotros lo parecía.
—¿Y N13?
Soria miró la ventana.
—Empezó como un mecanismo de consenso. Ninguna operación muy peligrosa podía aprobarse por una sola persona. Creíamos que repartir responsabilidad la moderaría.
—Consiguieron repartir la culpa.
—Sí.
—¿Por qué firmó lo de Clara?
—Nicolás presentó la operación como contención. Dijo que una empleada tenía documentos que podían hundir empresas y exponer operaciones del Estado. Yo firmé sin preguntar qué significaba «resolución definitiva».
—Porque no quería saber.
—Sí.
—Eso no es ignorancia.
—No.
Al menos ya no intentaba defenderse.
—¿Qué sabía Julián de usted? —pregunté.
Soria tardó en responder.
—Vino a verme hace siete meses.
—¿Por qué?
—Había encontrado la lista moderna. Quería saber quién seguía vivo y quién podía ayudarlo.
—¿Le ayudó?
—Le di el contacto de Cuéllar.
—Entonces usted lo llevó al archivo.
—Sí.
—¿Sabía que Álvaro Soria, su sobrino, trabajaba con Valcárcel?
—Sabía que trabajaba en Argenis. No sabía lo demás.
—¿No sospechó?
—No quería sospechar.
—Otra vez.
—Sí.
La conversación parecía una colección de hombres viejos reconociendo que no mirar había sido su principal oficio.
—¿Por qué su sobrino hizo esto?
Soria cerró los ojos.
—Creció escuchando que nuestra familia había perdido influencia. Su padre murió endeudado. Yo financié sus estudios. Siempre estuvo fascinado por los archivos de Cuéllar. Decía que un secreto era un activo desperdiciado si no se utilizaba.
—Bonito lema corporativo.
—Intenté apartarlo.
—Y él decidió convertirse en Notario.
—Sí.
—¿Ordenó matar a Julián?
—Estoy seguro.
—¿Por qué?
—Julián descubrió que alguien seguía usando la red. Cuando accedió al archivo de Cuéllar vio entradas nuevas firmadas T.C. Cuéllar negó haberlas creado. Los dos empezaron a investigar en secreto.
—¿Por qué Julián no fue a la policía?
Soria me miró.
—Porque la última vez que alguien lo intentó murió Álvaro Luna.
No pude discutirlo.
—Julián descubrió que las nuevas entradas salían de Argenis. Sospechó de mi sobrino. Me llamó.
—¿Qué le dijo?
—Que iba a entregarlo todo y que quería que yo declarara.
—¿Aceptó?
—Le pedí una semana.
—Siempre una semana.
—Tenía miedo.
—Y Julián murió antes.
—Sí.
—¿Le contó a su sobrino la conversación?
Soria no respondió.
—Le contó.
—Solo le pregunté si sabía algo. No imaginé…
—No.
La palabra salió más fuerte de lo que pretendía.
—No vuelva a decir que no imaginó. Llevaba cuarenta años rodeado de gente que convertía problemas en amenazas. Sabía exactamente que preguntar podía matar a Julián. Solo prefirió creer que no.
Soria bajó la cabeza.
—Tiene razón.
Me levanté.
—¿Eso es todo?
—No.
Sacó un pequeño sobre.
—Julián me dejó esto por si moría antes de poder hablar con usted.
—¿Por qué no me lo dio?
—Porque tuve miedo.
—Claro.
Cogí el sobre.
Dentro había una memoria y una nota.
Mateo:
Si Soria te entrega esto, al menos ha hecho una cosa a tiempo.
La grabación contiene mi última conversación con Álvaro Soria. Si yo no puedo dártela, úsala. Y si tampoco sirve, busca a Clara. Ella sabe cómo terminarlo.
Perdón por meterte otra vez en una historia que empezó antes de nosotros.
Julián.
La memoria contenía una llamada grabada tres días antes del asesinato de Julián.
Álvaro Soria:
—Devuelve lo que sacaste.
Julián:
—No.
—No entiendes lo que tienes.
—Entiendo perfectamente. Estás utilizando las claves de Cuéllar.
—No digas tonterías.
—Te vi acceder desde Argenis. Tengo los registros.
Silencio.
Álvaro:
—¿Qué quieres?
Julián:
—Que se acabe.
Álvaro:
—Eso no existe.
Julián:
—Entonces empezaré por ti.
Fin.
Prueba directa de que Julián había descubierto al responsable actual.
Y motivo para matarlo.
Julián no había muerto por un secreto de 2009.
Había muerto porque en 2026 decidió dejar de esperar.
Por primera vez su último «perdóname» tuvo sentido.
No pedía perdón solo por el pasado.
Pedía perdón por haberme dejado el futuro.