CAPÍTULO 43
EL PRECIO DE LOS SECRETOS
Un mensaje de texto.
Debajo, una fotografía de Gabriel Soria sentado en una silla.
Estaba vivo.
Tenía una venda en la frente y una manta sobre las piernas. Detrás se veía una pared de hormigón con una franja amarilla.
Lucía observó la imagen.
—Nave industrial.
—La ubicación coincide con un antiguo centro logístico en Coslada —dijo Isabel—. Una de las empresas de la lista tuvo almacenes allí en los noventa.
—Puerto Norte —añadí.
Todos me miraron.
La garantía de Soria en la página escondida decía: financiación 1986 / Puerto Norte / testigo M.V.
—No ha elegido el lugar por casualidad —dije.
—Quiere que entiendas el mensaje —respondió Lucía.
—O que Gabriel lo entienda.
La página original se quedó en una caja fuerte de fiscalía.
Prepararon una copia casi perfecta: mismo papel, misma tinta aparente, envejecimiento simulado. Darío protestó porque falsificar documentos históricos no formaba parte de su tarifa.
—No es falsificación —dijo Isabel—. Es material operativo.
—Eso es exactamente lo que diría alguien falsificando un documento.
Le gustaba demasiado discutir con fiscales.
El equipo ocultó un transmisor entre dos capas del papel. Yo llevaría otro en la hebilla del cinturón. No teléfono. No arma.
—No —dije cuando Lucía me pidió la pistola.
—Sí.
—Él espera que vaya armado.
—Entonces decepciónalo.
—Si algo falla…
—Habrá veinte agentes alrededor.
—Como en Chamartín.
La frase cayó mal.
Lucía extendió la mano.
—Dámela.
Saqué la pistola y se la entregué.
—Me siento desnudo.
—Mejor. Así quizá pienses antes de acercarte a un hombre armado.
—No hay datos que respalden esa teoría.
El operativo empezó a las doce y media.
La zona industrial estaba casi vacía. Naves cerradas, farolas intermitentes, carreteras de servicio. La nave 12 llevaba años sin actividad oficial.
Aparqué donde indicaba el mensaje.
Caminé hasta una puerta lateral.
Abierta.
Dentro, oscuridad.
—Soria —dije.
Mi voz rebotó en el techo alto.
Una luz se encendió al fondo.
Gabriel Soria estaba sentado junto a una mesa.
A su lado, Álvaro Soria Cuéllar.
No se parecía al criminal que había imaginado.
Traje sin corbata. Pelo corto con canas. Gafas. Cuarenta y siete años y el aspecto de un directivo que podía estar a punto de explicar resultados trimestrales.
Tenía un arma en la mano.
—Señor Vela.
—Su familia necesita nombres más variados.
—Mi madre eligió Álvaro por un hermano que murió de niño. No por Luna.
—Una casualidad decepcionante.
—Deje el sobre sobre la mesa.
Lo hice.
—Primero suelte a Gabriel.
El anciano me miró.
—Mateo, no le dé nada.
Álvaro le golpeó ligeramente el hombro con el cañón.
—Tío, llevas toda la vida dando consejos tarde.
—Y tú llevas toda la vida creyendo que heredaste algo.
Álvaro sonrió.
—Lo heredé.
—Heredaste archivos.
—Eso es poder.
—No. Es miedo almacenado.
Me gustó Gabriel más en ese momento que en todas nuestras conversaciones anteriores.
—El sobre —repitió Álvaro.
Lo empujé sobre la mesa.
—¿Por qué Julián?
—No hemos venido a hablar.
—Sí. Si solo quisiera la página habría mandado a alguien.
—Ya no confío en intermediarios.
—Valcárcel debe sentirse herido.
Un músculo se movió en su mandíbula.
—César cometió errores.
—Mató a tres hombres siguiendo sus mensajes.
—César entendía el trabajo.
—¿Cuál era el trabajo?
—Cerrar riesgos.
—Orbea.
—Riesgo.
—Tejada.
—Riesgo.
—Requena.
—Riesgo.
—Enrique Navas.
Álvaro bajó la mirada un instante.
—Traidor.
La palabra quedó registrada por el micrófono de mi cinturón.
—¿Y Clara?
—El mayor error de la generación anterior.
—Sobrevivir.
—No. Creer que una persona asustada se queda asustada para siempre.
—¿Por qué ahora?
—Porque Esteban se estaba muriendo. Julián había encontrado el archivo. Cuéllar quería cerrarlo. Nicolás estaba dispuesto a entregarlo todo a cambio de desaparecer de verdad. Cuatro décadas de estructura iban a caer porque un grupo de ancianos había descubierto la culpa.
—Y usted quería salvarla.
—Quería usarla.
—Por dinero.
—Por acceso.
—¿A qué?
Álvaro se acercó.
—¿Sabe cuántas decisiones importantes se toman porque alguien tiene miedo de que aparezca un documento antiguo? ¿Cuántas empresas, cargos, operaciones dependen de secretos? El Notario nunca fue un criminal vulgar. Era equilibrio.
—Extorsión.
—Previsibilidad.
—Corrupción.
—Estabilidad.
—Siempre tenéis una palabra grande.
Sonrió.
—Eso también lo decía Manuel.
—¿Mató a mi padre?
Gabriel cerró los ojos.
Álvaro negó.
—No.
—¿Cuéllar?
—No.
—¿Navas?
—No.
—Entonces ¿qué sabe?
—Que su padre murió de un infarto.
—Muy conveniente.
—A veces la realidad decepciona. El expediente de Cuéllar dice que no hubo intervención. El doctor Aguirre confirmó que Manuel llevaba años enfermo. Mi tío revisó los informes después de su muerte.
Miré a Gabriel.
—¿Es verdad?
El anciano asintió.
—Sí.
—¿Por qué nunca lo dijiste?
—Porque no sabía que sospechabas lo contrario hasta ahora.
Sentí una mezcla extraña de alivio y rabia.
Había querido una respuesta durante días y, al recibirla, me pareció demasiado sencilla.
Mi padre había muerto porque su corazón falló.
No todo era asesinato.
Eso no hacía a sus perseguidores mejores.
Solo hacía al mundo menos ordenado.
—La página —dijo Álvaro.
Levantó el sobre.
Lo abrió.
Leyó.
Durante unos segundos pareció satisfecho.
Luego miró el papel al trasluz.
—Falso.
Demasiado rápido.
—¿Qué?
—Manuel usaba tinta azul negra Pelikan. Esa imitación es demasiado uniforme.
Darío iba a tomárselo como algo personal.
Álvaro me apuntó.
—¿Dónde está la original?
—Segura.
—La policía está fuera.
No era una pregunta.
—Siempre ha sido listo.
—No lo suficiente.
Apagó la luz.
El disparo llegó un segundo después.
No me dio.
Escuché a Gabriel gritar.
Me tiré al suelo.
Por el auricular oculto una voz dijo:
—¡Entramos!
La nave explotó en luz de linternas.
—¡Policía!
Álvaro disparó otra vez y corrió hacia una puerta lateral.
Yo fui hacia Gabriel.
—¿Está herido?
—No.
—Al suelo.
Un agente llegó y lo cubrió.
Lucía pasó corriendo.
—¡Mateo, quédate!
No la obedecí.
Esta vez tenía una razón pobre incluso para mí.
Seguí el sonido de pasos hasta un corredor entre almacenes.
Álvaro había preparado la salida. Una motocicleta esperaba junto a una verja abierta.
Lucía llegó primero.
—¡Alto!
Álvaro se giró.
Disparó.
Lucía cayó.
Todo se volvió estrecho.
Corrí hacia ella.
—Estoy bien —dijo entre dientes—. Chaleco.
La bala había golpeado la placa.
Álvaro arrancó la moto.
Un coche policial bloqueó la verja.
Giró hacia otra salida.
Yo vi una palanca de cierre industrial junto a la pared.
La bajé.
Una barrera metálica descendió delante de la moto.
Álvaro frenó tarde.
Cayó.
El arma salió despedida.
Se levantó tambaleándose y corrió hacia mí.
No era una pelea elegante.
Me golpeó en la cara.
Yo le devolví el golpe.
Terminamos en el suelo, dos hombres adultos demostrando por qué los especialistas existen.
Álvaro intentó alcanzar un cuchillo en el tobillo.
Le sujeté la muñeca.
—Se acabó.
—No entiendes nada.
—Me lo dicen mucho.
—Si sale la página, caerá gente que no tiene nada que ver con tus muertos.
—Entonces tendrán abogados.
—Habrá gobiernos, empresas, familias.
—Siempre una palabra grande.
Me golpeó con la cabeza.
Vi luz blanca.
Su mano alcanzó el cuchillo.
Un disparo sonó.
El cuchillo cayó.
Lucía estaba de pie a diez metros, arma levantada.
Había disparado al suelo junto a su mano.
—La siguiente no es de aviso —dijo.
Álvaro se quedó quieto.
Los agentes lo esposaron.
Lucía se acercó a mí.
—¿Qué parte de «quédate» era ambigua?
—La vocal.
—Estás sangrando.
—Tú tienes una bala en el chaleco.
—Y aun así estoy pensando en matarte yo.
—Eso complicaría el papeleo.
Me ayudó a levantarme.
Álvaro Soria Cuéllar fue llevado detenido mientras repetía que no entendíamos lo que estábamos destruyendo.
Quizá tenía razón.
Lo importante era que, por primera vez en cuarenta años, alguien tendría que explicarlo delante de un juez.