CAPÍTULO 42
EL SObrINO
Álvaro Soria Cuéllar tenía cuarenta y siete años y un currículum impecable.
Licenciado en Derecho. Máster en seguridad. Diez años en consultoría internacional. Después director de estrategia en Argenis Protección.
Sin antecedentes.
Sin apariciones llamativas en prensa.
Casado, dos hijos, chalet en Majadahonda.
El tipo de hombre que atraviesa un control enseñando una tarjeta y recibe una sonrisa.
También tenía acceso administrativo a los sistemas históricos de Valcárcel.
Su coche recogió a Gabriel Soria de la residencia a las siete de la mañana.
A las diez apareció abandonado en un aparcamiento de San Sebastián de los Reyes.
Sin rastro de los dos.
—¿Teléfono? —pregunté.
—Apagado —dijo Lucía.
—¿Tarjetas?
—Nada.
—¿Propiedades?
—Casa, apartamento en Denia, participación en una finca de caza en Toledo.
—Toledo otra vez.
—Ya va una unidad.
No estaban allí.
En casa de Álvaro Soria encontraron ordenadores limpios, una caja fuerte vacía y documentación familiar.
En un despacho pequeño había una fotografía de Gabriel Soria con Nicolás Navas, tomada en 1995.
Detrás, escrita a mano:
LOS CIMIENTOS NO MUEREN.
—La frase —dije.
—La misma lógica.
—¿Por qué limpiaría la red?
Lucía hojeó documentos.
—Quizá no quería limpiarla. Quizá quería heredaría.
—Matando a los viejos.
—Orbea, Tejada, Requena, Enrique Navas. Todos conocían la estructura antigua.
—Y Clara tenía documentos.
—Y Esteban estaba muriendo.
—Cuéllar había intentado cerrar el sistema.
—Sí.
—Entonces Álvaro Soria vio una oportunidad.
Darío encontró la pieza definitiva en los servidores de Argenis.
Una cuenta administrativa había accedido a archivos antiguos de Valcárcel y descargado plantillas de comunicación usadas por T.C. El usuario pertenecía a Soria.
Además, había consultado las matrículas de Julián y Tejada días antes de sus muertes.
—Orden de detención —dijo Isabel.
—Falta encontrarlo.
Lo hizo él por nosotros.
A las seis de la tarde llamó a mi teléfono.
—Señor Vela.
No era la voz de Cuéllar.
Más joven. Segura.
—Álvaro Soria.
Silencio.
—Veo que han trabajado rápido.
—Su tío abuelo habla demasiado cuando le disparan.
—José Tomás siempre tuvo debilidad por la supervivencia.
—¿Dónde está Gabriel?
—Seguro.
—Eso no suena bien en boca de su familia.
—Mi tío está cansado. Yo solo le he dado un lugar tranquilo.
—¿Qué quiere?
—La lista original.
—Todo el mundo la quiere. Empiezo a pensar que debería subastarla.
—La que tiene fiscalía es una copia. Usted conserva algo más.
—No.
—Su padre guardó la cinta y la libreta. También guardó una página separada.
Sentí una punzada.
No habíamos encontrado ninguna página separada.
—No sé de qué habla.
—Su madre sí.
—No la meta en esto.
—Ya estaba dentro antes de que usted naciera.
—Si se acerca a ella…
—No soy Valcárcel.
—No. Él al menos hacía el trabajo personalmente.
La voz se endureció.
—Mañana a medianoche recibirá instrucciones. Si quiere que Gabriel Soria siga vivo, traerá lo que su padre escondió.
—Gabriel no es mi problema.
—No. Pero lo que sabe sí.
—¿Qué sabe?
—Quién mató a Manuel Vela.
La línea se cortó.
Me quedé quieto.
Lucía había escuchado desde el otro lado de la mesa.
—Es mentira —dijo.
—Puede.
—Está tirando exactamente del hilo que sabe que te mueve.
—Lo sé.
—Tu padre murió de un infarto.
—Eso creemos.
—Mateo.
—No voy a ir solo.
—Gracias.
—Voy contigo.
—Eso no es lo que he dicho.
—Es lo que significa.
Mi madre no recordaba ninguna página separada.
Volvimos a revisar la caja azul.
Nada.
La libreta tenía ciento trece nombres, pero una de las páginas finales parecía más gruesa.
Darío la examinó bajo luz.
Dos hojas habían sido pegadas por los bordes.
Las separamos con vapor controlado.
Dentro había una página manuscrita.
No nombres.
Trece frases.
Cada una correspondía a una persona de N13 y contenía una «garantía»: un dato comprometedor que permitía al Notario controlar a cada miembro.
La de Gabriel Soria decía:
GS: financiación 1986 / Puerto Norte / testigo M.V.
M.V.
Manuel Vela.
Mi padre había sido testigo de algo relacionado con Soria.
La última línea:
JTC: identidad Estado / operación Lince / archivo reservado.
Cuéllar.
No era una lista de miembros.
Era una lista de chantajes.
El núcleo del poder del Notario.
—Por eso la quiere —dijo Lucía—. Con estas trece garantías puede controlar a los supervivientes.
—O destruirlos.
—Álvaro Soria no está limpiando la red.
—La está comprando con sus propios secretos.
Isabel preparó el operativo final.
Esta vez nadie utilizó la palabra limpio.
Habíamos aprendido.