CAPÍTULO 41
LOS CIMIENTOS
Cuéllar sobrevivió.
Eso fue una mala noticia para él y una excelente noticia para la fiscalía.
Pasó tres días en el hospital antes de poder declarar.
A diferencia de Valcárcel, no pidió beneficios.
Pidió protección.
—¿De quién? —preguntó Isabel.
—De todos —respondió.
Su primera declaración duró seis horas.
No pude estar presente, pero esta vez Lucía ni siquiera intentó fingir que no me contaría después.
Nos sentamos en el despacho con una pizza que ninguno tenía hambre de comer.
—Cuéllar confirma que fue enlace del CESID hasta 1994 —dijo—. Después trabajó como consultor de seguridad con identidad protegida y siguió colaborando informalmente con Navas.
—¿Informalmente significa ilegalmente?
—Mucho.
—¿El Notario?
—Nicolás lo fue desde finales de los ochenta hasta 2012. Cuéllar tomó el archivo operativo cuando Navas fingió su muerte.
—¿Por qué?
—Navas quería retirarse. Tenía miedo. Cuéllar creyó que podía mantener la estructura para proteger a los antiguos miembros.
—Y siguieron los negocios.
—Algunos. Dice que intentó limitar operaciones criminales.
—Qué noble.
—No te emociones. Ha admitido encubrimientos, amenazas, pagos ilegales y destrucción de pruebas.
—¿Homicidios?
—Niega ordenarlos.
—Álvaro.
—Admite la orden de neutralización. Insiste en que significaba recuperar documentos y detener su investigación por medios no letales.
—Sabía que Valcárcel llevaba arma.
—Sí.
—Entonces puede elegir el diccionario que quiera.
Lucía asintió.
—Fiscalía piensa igual.
—¿Julián, Tejada, Requena?
—Aquí cambia todo. Cuéllar dice que no dio las órdenes recientes.
—¿Le creemos?
—Hay datos que lo apoyan.
—¿Cuáles?
—En los perfiles de la finca, las órdenes de 2026 están firmadas T.C., pero Cuéllar afirma que dejó de usar esas iniciales en 2021. Aportó claves antiguas y registros que muestran que alguien clonó su sistema de mensajes.
—¿Quién?
—No lo sabe.
—Otra vez.
—Pero sí sabe que Enrique Navas descubrió la suplantación. Por eso lo mató Valcárcel.
—Valcárcel creía que seguía órdenes de Cuéllar.
—Exacto.
—Entonces alguien usó el nombre del hombre sin expediente para limpiar la red.
—Sí.
—¿Esteban?
—No encaja. También lo estaban amenazando.
—¿Nicolás Navas?
—Cuéllar dice que Nicolás llevaba años fuera.
—Eso no significa nada.
—Lo sé.
—¿El hombre que llamó a mi teléfono?
—Cuéllar admite las llamadas. Quería la lista para evitar que saliera completa.
—Pero no ordenó los asesinatos.
—Eso dice.
—Entonces queda alguien.
Lucía dejó la pizza.
—Sí.
—El nombre 113.
—JTC era Cuéllar, pero su nombre estaba eliminado de la lista moderna.
—Porque alguien quería que pareciera que él estaba por encima.
—O porque lo estaba y luego alguien lo sustituyó.
—¿Quién tenía acceso al archivo del Notario después de 2021?
—Cuéllar, Enrique Navas y una persona más.
—¿Quién?
Lucía me miró.
—Julián Orbea.
Tardé un segundo.
—Julián.
—Cuéllar dice que Julián lo contactó hace un año. Quería reparar el daño. Le pidió acceso al archivo para identificar a miembros vivos y preparar una entrega a fiscalía.
—¿Cuéllar aceptó?
—A cambio de inmunidad informal que Julián no podía ofrecer.
—Entonces ¿por qué le dio acceso?
—Porque Nicolás se lo pidió.
—¿Navas ayudó a Julián?
—Parece que sí.
—¿Y la lista moderna?
—La generó Julián desde el archivo de Cuéllar.
Todo encajaba y, al mismo tiempo, abría un agujero nuevo.
—Si Julián tuvo acceso, pudo saber quién seguía activo.
—Sí.
—Y descubrió algo.
—Sí.
—Por eso lo mataron.
—Probablemente.
—¿Qué descubrió?
Lucía sacó una hoja.
—Un registro de acceso. La última consulta de Julián antes de morir fue a un perfil con código G.S.-04.
—Gabriel Soria.
—Eso pensamos.
—Tiene noventa y dos años.
—Y fue miembro de N13.
—Pero nos ayudó.
—También Requena me ayudó a veces mientras cobraba de Esteban.
No me gustó la comparación.
—Soria dijo que salió en 2011.
—La ficha se actualizó en 2024.
—¿Quién lo hizo?
—Usuario T.C.
—Suplantado.
—Sí.
—¿Soria usa ordenador?
—No lo sabemos.
Me puse de pie.
—Vamos a verlo.
—Ya hay una unidad de camino.
—¿Por qué?
—Porque dejó la residencia esta mañana.
—¿A dónde?
—Nadie sabe. Un coche lo recogió a las siete. El conductor presentó autorización familiar.
—¿Familia?
—Su sobrino.
—Nombre.
Lucía miró el papel.
—Álvaro Soria Cuéllar.
El apellido quedó flotando.
—Cuéllar.
—Sí.
—¿Pariente de Tomás?
—Estamos comprobándolo.
El teléfono de Lucía sonó.
Escuchó durante un minuto.
—Tenemos parentesco —dijo al colgar—. El sobrino de Soria es hijo de una hermana de José Tomás Cuéllar.
—La red se casaba consigo misma.
—Y Álvaro Soria trabaja en una empresa de seguridad financiera.
—¿Cuál?
—Argenis Protección.
La antigua empresa de Valcárcel.
Todo el caso se cerró como una trampa.
—Él tenía acceso a Valcárcel —dije.
—A sus sistemas, personal y antiguos contactos.
—Podía usar las credenciales de su tío.
—Sí.
—Y su propio tío Soria era una de las trece firmas.
—Sí.
—¿Por qué mataría a todos ahora?
Lucía tomó las llaves.
—Preguntémoselo antes de que desaparezca.