Los muertos no llaman CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

EL INTERCAMBIO

Cuéllar eligió Madrid.

Eso fue lo primero que no esperábamos.

La llamada llegó cuarenta y ocho horas después.

—Mañana, once de la noche. Estación de Chamartín. Aparcamiento antiguo, nivel menos tres. Solo.

—No existe un «solo» en esta historia.

—Entonces no habrá grabación.

Colgó.

La policía preparó un operativo que habría hecho llorar a Valcárcel de orgullo.

Agentes infiltrados en la estación. Cámaras. Seguimiento electrónico. Un maletín con una copia parcial de la lista y un dispositivo de localización. Yo llevaba micrófono y dos equipos de apoyo podían llegar al aparcamiento en menos de treinta segundos.

—Treinta segundos es mucho —dije.

—No vas a discutir el operativo —respondió Lucía.

—Solo observo.

—Observa en silencio.

—Eso no está en mi ficha.

Lucía ajustó el micrófono bajo mi camisa.

—Si Cuéllar aparece armado, no haces nada. Si intenta trasladarte, no vas. Si pide el maletín antes de enseñar la grabación, esperas.

—¿Algo más?

—Sí.

Me agarró de la solapa.

—Vuelve.

La frase tenía demasiado peso para una instrucción profesional.

—Lo intentaré.

—Eso no me sirve.

—Volveré.

Fue la primera promesa clara que le hice en años.

A las once menos cinco bajé al aparcamiento.

Olía a humedad y combustible. Había zonas cerradas por obras y luces que zumbaban.

El maletín pesaba menos de lo que parecía.

Un coche entró.

Mercedes antiguo. Gris.

Se detuvo a veinte metros.

La puerta trasera se abrió.

Nadie bajó.

Me acerqué cinco pasos.

—Hasta ahí —dijo una voz desde dentro.

Cuéllar.

—Creía que los hombres sin expediente no conducían coches de viejo.

—No conduzco.

Vi una silueta al volante. Otra atrás.

—Enséñeme la grabación.

—El maletín.

—Primero la grabación.

Una mano salió por la ventanilla trasera con una pequeña memoria USB.

—¿Eso es todo?

—Nueve minutos.

—Quiero escucharla.

—Después.

—Entonces no hay trato.

Me giré.

—Espere.

La puerta se abrió.

Cuéllar bajó.

Era más alto de lo que parecía en las fotos. Muy delgado, traje oscuro, bastón. Setenta y cuatro años, pero la espalda recta.

La cicatriz cruzaba el dorso de su mano derecha.

—Se parece a Manuel —dijo.

—Eso me dicen demasiados delincuentes.

—Su padre no me consideraba delincuente.

—Mi padre escribió «no volver a llamar» detrás de una tarjeta de Navas. No parece una reseña positiva.

Cuéllar sonrió.

—Manuel tenía sentido del humor.

—La grabación.

Sacó un pequeño reproductor del bolsillo.

Pulsó.

Ruido de nave.

Una voz joven.

La mía.

—¿Álvaro? ¿Dónde coño estás?

Después disparos lejanos.

Álvaro:

—Mateo, sal de ahí.

Mi respiración.

—¿Qué pasa?

—La carpeta está vacía. Era para que te siguieran. Lo siento.

Yo:

—¿Qué?

—Luego. Sal por atrás.

Otro disparo.

Álvaro gritó:

—¡Valcárcel!

Después una voz que reconocí ahora.

César:

—Deja el arma, Luna.

Álvaro:

—Clara ya está fuera. Se acabó.

Valcárcel:

—No para ti.

Un ruido.

Álvaro:

—Mateo, corre.

Disparo.

La grabación se detuvo.

No recordaba que hubiera dicho esas palabras. No recordaba a Álvaro confesando que la carpeta estaba vacía. El cerebro selecciona sus ruinas.

—Dámela —dije.

—El maletín.

—Primero la memoria.

Cuéllar extendió la mano.

Yo hice lo mismo con el maletín.

Nos acercamos.

—¿Ordenó eso? —pregunté.

—No.

—Su ficha dice neutralización.

—Pedí que impidieran que Luna sacara las pruebas.

—Sabía con quién trabajaba.

—Sí.

—Entonces no se esconda detrás de verbos.

Cuéllar me miró con algo parecido a respeto.

—Su padre habría dicho lo mismo.

—Deje a mi padre muerto.

—Él tuvo la oportunidad que Luna no tuvo.

—¿Cuál?

—Comprender que una verdad no siempre merece el precio de hacerla pública.

—Esa frase debe funcionar muy bien cuando el precio lo pagan otros.

El conductor del Mercedes se movió.

Por el auricular escuché a Lucía:

—Mateo, tenemos segundo vehículo entrando. Algo no cuadra.

No reaccioné.

Cuéllar sí.

Sus ojos fueron hacia una rampa.

Un coche negro apareció a toda velocidad.

Jaguar.

—¡Al suelo! —gritó Lucía por el auricular.

El Jaguar embistió un coche aparcado y se detuvo atravesado.

Dos hombres bajaron armados.

No eran policía.

Cuéllar se tiró detrás del Mercedes con sorprendente rapidez.

El conductor sacó un arma.

Los primeros disparos estallaron.

Me cubrí detrás de una columna.

—¡Policía! —gritaron desde las rampas.

Los atacantes respondieron.

Uno cayó.

El otro corrió hacia el Mercedes.

Vi su cara.

No lo conocía.

Cuéllar sí.

—¡Santos! —gritó.

El hombre disparó contra él.

La bala rompió la ventanilla.

Cuéllar cayó.

Salí de la cobertura y golpeé al atacante con el maletín cuando pasaba junto a mí. Fue menos elegante de lo que suena. El maletín se abrió y cientos de hojas falsas salieron volando.

El hombre cayó de rodillas.

Un agente lo redujo.

Lucía llegó corriendo.

—¿Estás herido?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—Te dije que volvieras.

—Todavía no he terminado.

Cuéllar estaba detrás del coche, herido en el hombro.

Vivo.

La memoria USB había caído cerca de la rueda.

La recogí con un pañuelo.

—¿Quiénes eran? —pregunté.

Cuéllar apretó la mandíbula mientras un sanitario lo atendía.

—La red.

—Pensaba que usted era la red.

—Yo fui el Notario.

—¿Fue?

Me miró.

—Hace cinco años intenté cerrarla.

—¿Y?

—Descubrí lo mismo que Nicolás. Los sistemas que viven de los favores terminan teniendo más dueños que creadores.

—¿Quién envió a esos hombres?

Cuéllar miró al detenido.

—Santos trabajaba para Esteban hace años. Después para otros.

—¿Quién?

—No lo sé.

Lucía se acercó.

—Ya puede empezar a saber.

Cuéllar sonrió pese al dolor.

—Inspectora Romero. Álvaro hablaba bien de usted.

Lucía se quedó inmóvil.

—¿Lo conoció?

—Lo suficiente.

—Entonces tendrá mucho que contar.

—Si vivo.

—Eso ahora nos interesa a todos.

La ambulancia se lo llevó bajo custodia.

Yo seguía con la memoria en la mano.

Lucía me miró.

—Has entregado una copia incompleta de la lista, has golpeado a un hombre con un maletín y has ignorado tres instrucciones.

—Solo tres.

—Y has vuelto.

—Lo prometí.

La rabia de su cara se aflojó.

—No vuelvas a hacerme prometerte cosas.

—No he pedido nada.

—Exacto.

Las hojas falsas de la lista seguían esparcidas por el aparcamiento.

Agentes las recogían una a una.

Era una buena imagen de la investigación.

Décadas de secretos convertidos en papel suelto, mientras demasiada gente intentaba decidir qué parte pertenecía a quién.