Los muertos no llaman CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

CUARENTA Y OCHO HORAS

Esperar es una actividad mucho más difícil cuando sabes exactamente dónde quieres ir.

Portugal estaba a unas horas en coche.

La orden de Lucía era esperar cuarenta y ocho.

A las seis ya había consultado tres veces la ruta hasta Cascais.

A las nueve, Clara me quitó el teléfono.

—Esto es ridículo.

—Devuélvemelo.

—¿Para qué? ¿Ha cambiado Portugal de sitio?

—Podría haber tráfico.

Estábamos en mi despacho.

Irene había ido a dormir y Darío trabajaba desde casa con la promesa de llamar solo si encontraba algo que justificara interrumpir una noche normal.

Su definición de normal era flexible.

Clara dejó mi teléfono boca abajo.

—No vas a ir antes.

—Lucía te ha reclutado.

—No hace falta. Te he conocido suficiente tiempo para saber cuándo estás a punto de hacer una estupidez.

—Nos conocimos hace cuatro días.

—Han sido cuatro días intensos.

Serví dos whiskies.

Clara rechazó el suyo.

—Ya no bebo cuando tengo miedo.

—¿Y cuándo bebes?

—Cuando estoy contenta.

—Ahorras bastante.

Sonrió.

Después miró el cartel antiguo de VELA & LUNA.

—Álvaro odiaba esperar.

—También tú lo conocías suficiente tiempo.

—Más del que merecía.

La frase no era amarga.

Eso la hacía peor.

—¿Te habló alguna vez de mi padre?

Clara pensó.

—Una vez.

—¿Qué dijo?

—Que había encontrado tu apellido en unos documentos antiguos y que no sabía cómo contártelo.

—¿Cuándo?

—Poco antes de morir.

—Todo el mundo tenía información sobre mi vida menos yo.

—Eso no era por ti.

—No lo hagas.

—¿Qué?

—No intentes convertirlo en una frase amable.

Clara sostuvo mi mirada.

—No iba a hacerlo. Iba a decir que Álvaro era un cobarde en algunas cosas.

No esperaba eso.

—Lo querías.

—Muchísimo.

—Y lo llamas cobarde.

—Las dos cosas pueden convivir.

Otra vez la misma lección.

La gente no colaboraba con nuestra necesidad de convertirla en una sola cosa.

—¿Por qué no me contó nada?

—Porque había empezado a creer que proteger a alguien era decidir por él.

—Eso suena familiar.

—Sí.

—Lucía hizo lo mismo.

—Yo también.

—Y mi padre.

—Parece que tienes un tipo.

Me reí.

Fue la primera vez que lo hice sin sentir inmediatamente que estaba traicionando a algún muerto.

Clara recogió su abrigo.

—Duerme.

—No tengo sueño.

—Entonces finge. También se te da bien.

Se marchó.

A las dos y cuarto llamó Darío.

—Esto sí justifica interrumpir una noche normal.

—Tu noche normal ocurre a las dos y cuarto.

—He encontrado a Espera Atlántica.

La sociedad portuguesa había comprado Quinta da Espera en 2003.

Administrador: Jorge Tavares.

Beneficiario real declarado desde 2017: una fundación de Madeira.

Pero había una segunda sociedad vinculada.

Alba Continuidad Lda.

Creada en 2019.

Uno de sus apoderados iniciales era Álvaro Soria.

—¿Soria tenía una empresa con Cuéllar?

—Durante seis meses.

—¿Y después?

—Le revocaron poderes.

—Fecha.

—Veintidós de septiembre de 2019.

Cuatro días después de la fotografía de Quinta da Espera.

La reunión donde Cuéllar le había negado la herencia.

—Ahí se rompieron —dije.

—Eso parece.

—¿Actividad de la sociedad?

—Consultoría. Lo que en idioma mercantil significa cualquier cosa que no quieres explicar en el nombre.

—¿Cuentas?

—No tengo acceso legal.

—Te felicito por descubrir esa palabra.

—Puedo decirte que sigue activa.

Colgué y llamé a Lucía.

Contestó al tercer tono.

—Si esto es para decirme que Portugal sigue donde estaba, te detengo.

Le conté lo de Alba Continuidad.

Se despertó del todo.

—Envíamelo.

—Ya.

—Y no salgas de Madrid.

—No iba a hacerlo.

—Has tardado demasiado en responder.

A la mañana siguiente teníamos respuesta preliminar de la Polícia Judiciária portuguesa.

Jorge Tavares existía documentalmente.

Setenta y cuatro años.

Nacido en Setúbal.

Sin antecedentes.

Pasaporte renovado en 2023.

La fotografía era de Cuéllar.

Pero el problema apareció al comprobar el nacimiento.

El registro original pertenecía a un niño fallecido a los ocho meses en 1952.

Cuéllar llevaba décadas viviendo sobre la identidad de un muerto.

—Eso requiere ayuda estatal —dije.

Lucía dejó el informe sobre la mesa.

—O la requería en los ochenta. Una vez construida, mantener una identidad es mucho más sencillo.

—¿Está en la finca?

—Los portugueses no lo saben aún. La vivienda figura ocupada. Consumos normales. Un vehículo a nombre de la sociedad.

—¿Vigilancia?

—Ya.

—Entonces vamos.

—Todavía no.

—Lucía.

—Nos han pedido que no aparezca nadie español hasta coordinar la intervención.

—¿Cuánto?

—Horas.

—Odio las horas.

—Las horas no sienten lo mismo por ti.

A media tarde ocurrió algo peor que esperar.

Alguien empezó a seguir a mi madre.

Lo detectó el agente que Lucía había colocado sin decírmelo cerca de su edificio.

—¿Pusiste vigilancia a mi madre?

—De nada.

—¿Desde cuándo?

—Desde que supimos que tu padre conservó la lista.

—Podrías habérmelo dicho.

—Y tú habrías discutido.

—Estoy discutiendo ahora.

—Pero tu madre sigue viva mientras lo haces.

El hombre que la siguió desde el mercado hasta casa iba en una motocicleta gris.

No se acercó.

No intentó nada.

Solo confirmó la dirección.

La matrícula era falsa.

La descripción coincidía con uno de los hombres vistos cerca de Cuesta.

Generación nueva.

Red vieja.

—Soria sabe que tenemos la lista —dije.

—O sospecha que tu padre la dejó.

—Si toca a mi madre…

Lucía me agarró del brazo.

—No termines esa frase.

—¿Por qué?

—Porque sé lo que estás pensando y no te voy a permitir convertirte en Valcárcel para castigar a Valcárcel.

—No he dicho nada de Valcárcel.

—Precisamente.

Mi madre aceptó trasladarse a casa de una prima durante unos días con una tranquilidad ofensiva.

—No es la primera vez que un hombre desagradable me obliga a cambiar planes —dijo.

—Mamá.

—¿Qué? Tengo setenta y dos años. No voy a fingir que esto es lo más difícil que me ha pasado.

—Habrá policía.

—Que no entren con zapatos mojados.

—Se lo diré.

—Y tú come algo.

Colgó.

Lucía estaba delante.

—Ahora entiendo muchas cosas.

—No empieces.

A las veintiuna horas llegó la autorización.

Cooperación conjunta.

Dos agentes españoles viajarían a Portugal como enlace.

Lucía era uno.

Yo no era el otro.

—Eres civil —me recordó.

—Soy parte de la investigación.

—Eres testigo, víctima potencial, detective privado y dolor de cabeza. Ninguna de esas categorías permite entrar en una operación internacional.

—Cuéllar puede querer hablar conmigo.

—Entonces hablará después de que esté controlado.

—Si está allí.

—Si está allí.

Clara apareció con una mochila.

—Yo conduzco.

Lucía la miró.

—No vais a convertir esto en una excursión.

—No. Vamos a Portugal y nos quedamos fuera de la operación.

—Mateo.

—Has dicho que no puedo entrar. No has dicho que no pueda cruzar la frontera.

Lucía cerró los ojos.

—Odio que escuches solo cuando te conviene.

—Es una de mis mejores cualidades.

Finalmente viajamos por separado.

Lucía con el equipo.

Clara y yo en mi coche, con la obligación explícita de no acercarnos a menos de diez kilómetros de Quinta da Espera hasta recibir permiso.

Salimos de Madrid antes del amanecer.

Durante la primera hora ninguno habló.

La carretera estaba casi vacía.

Clara dormía con la cabeza apoyada en la ventanilla.

Yo pensaba en mi padre.

En Álvaro.

En Julián.

En todas las personas que habían llegado hasta aquella finca por razones distintas.

A la altura de Badajoz, Clara despertó.

—¿Cuánto falta?

—Demasiado.

Miró el paisaje.

—¿Qué vas a hacer si Cuéllar dice que mató a tu padre?

—No lo sé.

—¿Y si dice que no?

—Tampoco.

—Entonces quizá no vas por tu padre.

—¿Por quién voy?

—Por ti.

No respondí.

Cruzamos la frontera poco después de las ocho.

El teléfono sonó veinte minutos más tarde.

Lucía.

—No vayáis a la finca.

Su voz era distinta.

—¿Qué pasa?

—Cuéllar no está.

—¿Seguro?

—La casa está vacía.

—¿Desde cuándo?

—No mucho. Hay café caliente.

—¿Qué han encontrado?

Silencio.

—Una silla frente a una grabadora.

—¿Y?

—Una cinta con tu nombre.

Miré la carretera.

—¿Qué dice?

—Todavía no la hemos reproducido.

—Hazlo.

—Mateo.

—Hazlo.

Escuché voces en portugués al otro lado.

Luego un clic.

Una respiración.

Y una voz de hombre muy viejo.

—Señor Vela. Si está oyendo esto, llegamos tarde los dos.

Clara me miró.

La voz continuó:

—Yo conocí a su padre. También conocí a Álvaro Luna. Y sé quién está utilizando mi nombre para matar en Madrid.

La grabación se detuvo.

—¿Eso es todo? —pregunté.

—No —dijo Lucía—. Hay cuarenta y tres minutos más.

Apreté el volante.

Portugal seguía delante.

La espera había terminado.