CAPÍTULO 37
MANUEL VELA
Mi padre llevaba veintiséis años muerto y seguía teniendo más documentos que yo.
Volví a casa de mi madre dos días después de registrar el trastero de Cuéllar.
Esta vez llevé copias, no preguntas.
La fotografía de 1989.
La carta de Manuel a Jorge.
La ficha donde alguien había escrito SIN INTERVENCIÓN junto a la fecha de su muerte.
Y la nota médica que demostraba que el corazón de mi padre llevaba años avisando antes de detenerse.
Mi madre había preparado café y tortilla.
Las madres españolas tienen una relación particular con las crisis: cuando no pueden resolverlas, intentan al menos que nadie las atraviese con hambre.
—Tienes mejor cara —dijo.
—Eso es preocupante.
—No demasiado mejor.
Nos sentamos en la cocina.
Dejé los papeles sobre la mesa.
Ella tardó en tocar la fotografía.
—Ese es Gabriel —dijo.
Señaló a Soria.
—¿Lo conocías?
—Vino a casa dos veces.
—Nunca me lo habías dicho.
—Nunca me habías preguntado por un hombre de una fotografía tomada en 1989.
Era difícil discutir con la lógica de mi madre.
—¿Y Navas?
Lo reconoció también.
—Una vez.
—¿En casa?
—Sí.
—¿Qué quería?
—Hablar con tu padre.
—Eso ya lo imaginaba.
—No seas idiota, Mateo.
A mi madre se le daba especialmente bien devolverme a los quince años con tres palabras.
—¿De qué hablaron?
—No lo sé. Manuel me pidió que saliera con contigo.
—¿Conmigo?
—Tenías siete años.
Miré la fecha de la fotografía.
Yo apenas recordaba aquel periodo. Un piso más pequeño, un colegio que olía a tiza, mi padre llegando tarde algunas noches.
Los niños creen que el mundo de los adultos empieza cuando entran en una habitación.
Todo lo importante suele haber ocurrido antes.
—¿Papá llevaba cuentas para ellos?
—Sí.
—¿Sabías que había sobornos?
—No al principio.
—¿Y después?
Mi madre rodeó la taza con las manos.
—Después supe que aquello no era solo contabilidad.
—¿Qué te contó?
—Poco. Manuel pensaba que proteger a la familia consistía en no explicar nada.
—Una tradición masculina bastante eficiente.
—No la continúes.
Bajé la mirada.
—Intento no hacerlo.
—Intenta mejor.
Señalé la carta dirigida a Jorge.
—¿Recuerdas este nombre?
Mi madre leyó.
—Jorge.
—¿Lo viste?
—Sí.
—¿Es el hombre del pin de la balanza?
—Sí.
—¿Cuántas veces vino?
—A casa, dos. Quizá tres. Manuel lo veía fuera.
—¿Cuándo fue la última?
—Una semana antes de morir.
Ya lo sabía.
Aun así, oírlo de ella tenía otro peso.
—¿Qué ocurrió?
—No entró. Esperó abajo. Tu padre volvió una hora después.
—¿Nervioso?
—Tranquilo.
—Dijiste que comentó que todo estaba arreglado.
—Sí.
—¿Algo más?
Mi madre cerró los ojos intentando recordar.
—Cenamos. Tú llamaste esa noche.
—¿Yo?
—Desde la academia.
No estaba en la academia. Había terminado la formación. Pero en casa mi madre siguió llamando academia a cualquier edificio policial durante años.
—¿Qué dije?
—Que Requena te había recomendado para una unidad.
Sentí una presión en el pecho que no era hereditaria.
—¿Cómo reaccionó papá?
—Se enfadó.
—No lo recuerdo.
—No estabas delante. Cuando colgó dijo que no podías trabajar con ese hombre.
—¿Por qué no me llamó?
—Lo intentó al día siguiente.
—No tengo ningún recuerdo.
—Discutisteis.
Algo apareció al fondo de la memoria.
Una llamada breve.
Mi padre diciendo que no debía aceptar la primera oportunidad solo porque viniera de un superior.
Yo respondiendo que llevaba toda la vida diciéndome que aprovechara oportunidades.
Él diciendo que no era lo mismo.
Yo colgando.
Había olvidado casi toda la conversación porque entonces me pareció una discusión vulgar entre un padre que opinaba demasiado y un hijo que sabía demasiado poco.
—Creí que no quería que me metiera en investigación —dije.
—No. No quería que te acercaras a Requena.
La cocina se volvió silenciosa.
—¿Te explicó por qué?
—No.
—Y murió unos días después.
—Sí.
Mi madre me observó.
—No vuelvas a convertir eso en lo que no es.
—¿Qué?
—El médico te ha dicho que su corazón estaba mal. Los papeles de ese hombre dicen que no intervinieron. Manuel llevaba años enfermo.
—También estaba amenazado.
—Las dos cosas pueden ser ciertas.
Era exactamente lo que Lucía había dicho.
Empezaba a sospechar que las mujeres de mi vida se reunían a escondidas para repartirse frases sensatas.
—Necesito saber qué hizo papá para salir.
—Pregúntaselo a Gabriel.
—Lo haré.
—Y luego para.
La miré.
—No puedo.
—Sí puedes.
—Hay gente muerta.
—No te estoy diciendo que abandones el caso. Te estoy diciendo que dejes de intentar juzgar a tu padre como si fueras a redactar un informe sobre él.
—Su nombre está en una lista criminal.
—Y también estuvo cada mañana aquí preparando tu desayuno.
No respondí.
—No tienes que elegir cuál de las dos cosas era verdad —dijo.
Guardé los papeles.
Antes de marcharme mi madre abrió un cajón y sacó una cartera vieja.
Era de mi padre.
—Esto estaba con sus cosas.
Dentro había fotografías, una tarjeta de donante, recibos y un papel doblado cuatro veces.
En el papel había una dirección en Portugal.
Quinta da Espera. Cascais.
Debajo:
Jorge T. — si G. falla.
—¿Por qué no estaba en la caja azul?
—Porque estaba en su cartera cuando murió.
—¿Nunca lo miraste?
—Claro que lo miré. Pensé que era un cliente.
Durante veintiséis años habíamos convivido con una dirección que ahora podía llevarnos al hombre que certificó la muerte de Álvaro.
—Mamá.
—¿Qué?
—Te quiero.
Me miró con sospecha.
—¿Qué has roto?
Sonreí.
—Nada.
—Entonces no me asustes.
Gabriel Soria me recibió aquella tarde.
Ya no vivía solo. Después de su declaración y de las primeras filtraciones, la fiscalía había dispuesto protección discreta. Dos agentes ocupaban un coche frente al edificio y otro permanecía en el portal.
Soria parecía odiarlo.
—Noventa y dos años sin escolta y ahora no puedo bajar a comprar un periódico sin que alguien pregunte adónde voy.
—Podría leerlo en internet.
—Podría usted irse al infierno.
—Veo que está mejor.
Nos sentamos en su salón.
Le enseñé la copia del expediente de mi padre.
No necesitó gafas para reconocer el encabezado.
—Cuéllar.
—Encontramos su archivo.
Soria cerró los ojos.
—Entonces Jorge sigue vivo.
—Eso todavía no lo sabemos.
—Si el archivo está ordenado, sigue vivo.
—¿Por qué?
—Porque ningún heredero habría mantenido ese orden. Jorge era obsesivo.
—¿Jorge Tavares era su nombre real?
—No.
—¿Tomás Cuéllar?
—Tampoco.
—¿Conoció alguno?
—Nunca.
—¿Para quién trabajaba?
Soria miró hacia la ventana.
—Esa pregunta tenía muchas respuestas dependiendo del año.
—Pruebe con 1989.
—Un servicio del Estado.
—¿CESID?
—Posiblemente.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que puedo darle. En aquella época había personas con cobertura, colaboradores, enlaces, operadores que aparecían en expedientes sin pertenecer de forma limpia a ninguna estructura. Cuéllar era uno de ellos.
—¿Qué hacía con Navas?
—Al principio, intercambio de información.
—¿Información sobre qué?
—Financiación, empresarios, intermediarios extranjeros. Luego Nicolás descubrió que tener cerca a una persona capaz de mover expedientes era útil para asuntos menos patrióticos.
—¿Y Cuéllar aceptó?
—Al principio creyó que podía controlar la relación.
—Nadie controla una relación cuando cobra por ella.
Soria me miró con una sonrisa triste.
—Ha aprendido algo.
—A base de cadáveres.
Puse la carta de mi padre sobre la mesa.
Soria la leyó.
Cuando llegó a Gabriel tiene instrucciones , se quedó inmóvil.
—¿Qué instrucciones?
—Si a Manuel o a su familia les ocurría algo, yo debía entregar una copia de la lista a un periodista y otra a un magistrado.
—¿Qué periodista?
—Cuesta.
Ramón Cuesta.
Todo regresaba.
—¿Y el magistrado?
—Murió en 2004.
—¿Cuesta sabía que era un seguro de mi padre?
—No sabía quién era el propietario. Solo que recibiría un paquete si yo daba la orden.
—¿Dónde estaban las copias?
—Una caja de seguridad distinta.
—¿Siguen allí?
—No. Las destruí en 2002.
Me levanté.
—¿Después de morir mi padre?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque la amenaza contra su familia había desaparecido.
—¿Quién se lo dijo?
—Cuéllar.
—¿Y le creyó?
—Le hice demostrarlo.
—¿Cómo?
Soria apoyó las manos en el bastón.
—Me entregó el expediente de vigilancia activo de Manuel. No una copia. El original. Lo vi destruir la orden de seguimiento.
—Y luego guardó otra copia en un trastero.
Soria sonrió sin alegría.
—Entonces también me mintió.
—Eso parece.
—No me sorprende.
—A mí empieza a cansarme.
Le enseñé la ficha final.
SIN INTERVENCIÓN.
Soria la leyó dos veces.
—¿Cree que mató a mi padre?
—No.
Respondió tan rápido que me irritó.
—¿Por qué está tan seguro?
—Porque Manuel me llamó dos días antes de morir.
—Eso ya lo sabía. Mi madre recuerda una llamada.
—No habló de miedo.
—¿De qué habló?
—De usted.
Me senté de nuevo.
—¿Qué dijo?
—Que había aceptado trabajar cerca de Requena. Estaba furioso consigo mismo por no haberle contado nada antes.
—¿Por qué no me lo contó entonces?
—Porque esperaba tener tiempo.
La frase cayó despacio.
—¿Qué más?
—Me dijo que había hablado con Cuéllar y que el acuerdo seguía en pie. Que Jorge no tocaría a la familia si la lista no se utilizaba.
—¿Y usted?
—Le dije que un acuerdo con Jorge valía mientras Jorge siguiera controlando a quienes venían detrás.
—¿A quiénes?
—Enrique. Requena. Algunos más jóvenes. La red empezaba a fragmentarse.
—¿Álvaro Soria?
Soria no se movió.
La pregunta permaneció entre nosotros.
—¿Qué sabe de él? —preguntó.
—Que es hijo de Enrique Navas y de su sobrina Carmen.
—Natalia.
No era pregunta.
—Sí.
—También sabe guardar secretos cuando le conviene.
—Sabemos que Álvaro accedió al protocolo en 2012. Que utilizó una cuenta de Argenis para copiar Continuidad en 2018. Que se reunió con Cuéllar en Lisboa. Y que dijo que quería ser el Notario.
Soria pareció envejecer diez años mientras hablaba.
—No dijo exactamente eso delante de mí.
—Pero usted sabía.
—Sabía que estaba obsesionado.
—¿Por qué?
Soria miró una fotografía familiar sobre una estantería.
Había una mujer joven con un niño.
Carmen y Álvaro, supuse.
—Porque pasó la vida siendo el hijo al que nadie podía llamar hijo.
—Eso no explica matar gente.
—No. Explica el resentimiento. Los asesinatos, si los cometió, son su responsabilidad.
—¿Lo protegió?
Silencio.
—Le pagué estudios. Le conseguí oportunidades.
—No he preguntado eso.
—Cuando empezó a preguntar por la estructura, intenté apartarlo.
—¿Cómo?
—Hablé con Enrique.
—Su padre.
—Sí.
—¿Y qué hizo Enrique?
—Exactamente lo contrario. Pensó que el muchacho podía ser útil.
—¿Útil para qué?
—Modernizar cosas. Bases de datos. Inteligencia empresarial. La generación de Nicolás guardaba secretos en cajas. La de Enrique empezó a guardarlos en servidores.
—Y Álvaro aprendió dónde estaban.
—Sí.
—¿Cuándo vio por última vez a su sobrino nieto?
—Hace cuatro meses.
—¿Qué quería?
Soria tardó.
—La lista.
—¿Sabía que usted tenía acceso?
—Creía que sí.
—¿Qué le dijo?
—Que los viejos habían construido un instrumento formidable y luego habían tenido miedo de utilizarlo.
—¿Y usted?
—Le dije que aquello había destruido más vidas de las que había protegido.
—¿Qué respondió?
Soria apretó el bastón.
—Que ese era el problema de dejar herramientas en manos de cobardes.
—¿Amenazó a Julián?
—No delante de mí.
—¿Habló de Clara?
—Sí.
—¿Qué dijo?
—Que una persona muerta no debía volver a la vida cuando había demasiados patrimonios construidos sobre su tumba.
Me puse en pie.
—Y usted no llamó a la policía.
Soria no intentó defenderse.
—No.
—Julián murió.
—Lo sé.
—Tejada murió.
—Lo sé.
—Requena murió delante de mí.
—Lo sé.
—Enrique murió.
—Lo sé.
—¿Cuántos muertos necesita una persona para dejar de proteger a su familia?
Soria levantó la mirada.
—Uno menos de los que yo necesité.
No grité.
Habría sido más fácil.
—Voy a contarle esto a Lucía.
—Debe hacerlo.
—Puede acabar imputado por encubrimiento.
—También debe ocurrir.
—¿Por qué habla ahora?
—Porque cada mañana me despierto sorprendido de seguir aquí y cada noche entiendo un poco menos para qué he utilizado el tiempo extra.
Me dirigí a la puerta.
—Señor Vela.
Me giré.
—Quinta da Espera.
—La conozco.
—No. Conoce una dirección.
Esperé.
—La finca fue de Nicolás. Después la utilizó Jorge. En 2019 se reunió allí con Álvaro.
—Bernal dijo que fue un hotel en Lisboa.
—Bernal vio una reunión. Hubo otra.
—¿Estuvo usted?
—Sí.
—¿Qué ocurrió?
Soria cerró los ojos.
—Jorge le dijo que no podía heredar el cargo porque el Notario no era un título familiar. Álvaro respondió que ya no necesitaba permiso.
—¿Por qué?
—Dijo que tenía una copia completa del sistema.
—¿Qué hizo Cuéllar?
—Se rio.
—¿Eso es todo?
—Y le dijo: «Tener las llaves de una casa no significa saber dónde están los muros de carga».
—¿Qué significa?
—Que Continuidad tenía una segunda capa fuera del sistema digital.
—¿Cuál?
—Las garantías.
—La lista de 113.
—No solo nombres. Documentos físicos, confesiones, pruebas. Lo que cada uno había entregado para asegurar que no traicionaría a los demás.
Recordé las hojas pegadas que aún no habíamos descubierto en la lista de mi padre. No sabía entonces que estaban allí.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—¿Cuéllar sí?
—Creo que sí.
—Por eso Álvaro lo necesita vivo.
—O muerto, si consigue encontrar el archivo antes.
La dirección portuguesa pesó en mi bolsillo.
—¿Jorge sigue en Quinta da Espera?
—No sé si vive allí. Pero durante años utilizó el nombre Jorge Tavares y una sociedad llamada Espera Atlántica.
—¿Nacionalidad?
—Documentación portuguesa.
—¿Real?
—Con Jorge, esa pregunta nunca servía de mucho.
—¿Algo que permita identificarlo?
Soria pensó.
—Una cicatriz pequeña junto a la oreja izquierda. Se la hizo en un accidente en 1983. Y una costumbre.
—¿Cuál?
—Nunca se sienta de espaldas a una puerta.
—Eso describe a media policía.
—Jorge no fue policía.
—¿Qué fue?
Soria sonrió cansado.
—La clase de hombre que conseguía que la policía mirara hacia otra puerta.
Lucía recibió mi llamada antes de que llegara al ascensor.
Le conté todo.
No interrumpió.
Cuando terminé, dijo:
—Voy a pedir cooperación con Portugal.
—Ya tenemos la dirección.
—Y por eso mismo no vas a acercarte.
—No había dicho que fuera a hacerlo.
—Te conozco.
—Eso últimamente parece una amenaza.
—Mateo.
—No voy a ir solo.
—Tampoco acompañado por Clara, Darío, un taxista o una banda de mariachis. Esperas.
—No sé si tenemos tiempo.
—Hemos tardado treinta y siete años en llegar hasta él. Podemos hacer esto bien durante cuarenta y ocho horas.
—Treinta y siete años tú no estabas investigando.
—Y gracias a Dios, porque habría envejecido mucho peor.
Colgó.
Al salir del edificio de Soria, uno de los agentes de protección me alcanzó.
—Señor Vela.
—¿Sí?
—El señor Soria le ha pedido que le dé esto.
Era un sobre.
Dentro había una fotografía de 2019.
Tres hombres salían de una finca blanca.
Gabriel Soria.
Álvaro Soria.
Y un anciano alto de pelo completamente blanco.
Junto a la oreja izquierda tenía una cicatriz.
Al dorso, una frase:
JORGE TAVARES. QUINTA DA ESPERA. 18/09/2019.
Debajo, con otra letra:
NO ES SU NOMbrE.
A veces una fotografía no demuestra nada.
Solo te permite reconocer a la persona cuando finalmente la tienes delante.