Los muertos no llaman CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

CIENTO TRECE

Hay investigaciones que avanzan siguiendo una huella.

La nuestra avanzó contando personas.

Ciento doce en la lista de Julián.

Ciento once si descontabas un nombre repetido con una sociedad distinta.

Ciento catorce si Darío tenía razón sobre una entrada eliminada del registro suizo.

A las seis de la tarde teníamos cinco listas impresas ocupando toda la pared del despacho.

Lucía las miraba con los brazos cruzados.

Darío llevaba dos horas comiendo galletas de una máquina como si fueran combustible informático.

Clara estaba sentada en el sofá.

Irene había insistido en acompañarla y leía cada nombre como si esperara encontrar entre ellos la explicación de diecisiete años de ausencia.

—Otra vez —dije.

Darío protestó.

—Ya lo hemos hecho cuatro veces.

—Entonces esta será la quinta.

—Eres el peor jefe para el que no trabajo.

Pegó la primera hoja.

—Lista A: 1989. La original de Manuel. Ciento trece entradas.

Segunda.

—Lista B: registro parcial de Ginebra, reconstruido entre 1989 y 2012. Ciento trece identificadores, aunque algunos están sustituidos por códigos.

Tercera.

—Lista C: exportación de Continuidad de 2018. Ciento trece registros.

Cuarta.

—Lista D: archivo de Julián de 2026. Ciento doce.

Quinta.

—Lista E: copia recuperada del servidor de la finca. Ciento doce visibles y un registro borrado.

—El desaparecido —dijo Clara.

—Eso creemos.

—¿Quién?

Darío señaló una fila.

El número 113.

En 1989 aparecía parcialmente oculto:

TOM… CU… / ARCHIVO ESTADO

En Ginebra:

JTC / CONTINUIDAD EXTERNA

En 2018:

JTC / VALIDACIÓN

En 2026:

Nada.

—Cuéllar —dijo Irene.

—Demasiado fácil —contesté.

Lucía asintió.

—Y además tenemos otra anomalía.

Darío abrió el historial de cambios del archivo de 2018.

—El registro 113 fue modificado el catorce de diciembre a las 03:12 desde ASORIA_EXT.

Clara miró la hora escrita.

—La misma del reloj de Álvaro.

—Sí.

—Eso es absurdo —dijo Irene.

—Correcto.

—¿Por qué alguien usaría la hora de su muerte ocho años después?

—Porque quería firmar algo —dijo Clara.

Todos la miramos.

—¿Una firma?

—Julián hacía eso.

—¿Qué?

—Cuando quería recordar una contraseña sin escribirla, usaba fechas o horas que significaban algo. A veces era un cumpleaños. Otras, un partido de fútbol. Si quien hizo esto conocía la historia de Álvaro y Mateo, 03:12 podía ser una firma dirigida a alguien.

Miré el reloj dentro de una bolsa transparente sobre la mesa.

—A mí.

Lucía negó.

—En 2018 no estabas investigando nada.

—Pero alguien podía pensar que algún día lo haría.

—Eso requiere demasiada previsión.

Darío levantó un dedo.

—O no era una firma para ti.

Amplió los metadatos.

El archivo se llamaba N13_MASTER_FINAL.

Había un comentario oculto dentro del documento.

LUNA 03:12 / PRUEBA DE CONTINUIDAD OK.

Clara se levantó.

—No.

—¿Qué?

—Luna no es Álvaro.

La miramos.

—¿Cómo que no?

—En los sistemas de Llorente Orbea usábamos nombres astronómicos para entornos de prueba. Sol, Luna, Marte. Era una convención antigua.

Darío abrió los directorios.

Encontró carpetas llamadas SOL, LUNA y ORIÓN.

—Tiene razón.

Sentí una mezcla de alivio y vergüenza.

Había convertido una coincidencia en un mensaje personal porque llevaba semanas creyendo que todo hablaba de mis muertos.

—Entonces 03:12 puede ser una hora cualquiera —dije.

—O no —respondió Darío—. Pero ya no podemos tratarla como prueba.

Lucía me miró.

No dijo «te lo dije».

Eso fue casi peor.

Seguimos.

La modificación de 2018 había cambiado tres campos del registro 113.

Antes, según una copia automática, ponía:

JTC / EXTERNO / VERIFICADOR

Después:

JTC / VALIDACIÓN / INACTIVO

Y se añadió una orden:

EXCLUIR DE EXPORTACIONES DE RIESGO.

—Por eso no aparece en 2026 —dije.

—Sí —contestó Darío—. Al generar la lista de Julián, el sistema filtró automáticamente el 113.

—Entonces Julián quizá ni siquiera sabía que faltaba.

—Hasta que comparó otra fuente.

Clara señaló la memoria USB que él le había dejado.

—Por eso había restos de JTC recuperables.

—Exacto.

Lucía escribió en la pizarra:

¿QUIÉN CAMBIÓ EL 113?

Debajo:

ASORIA_EXT

—Álvaro Soria —dijo Irene.

—Una cuenta con su nombre —corrigió Lucía—. No es lo mismo.

—¿Quién más podía usarla?

Darío consultó los logs.

—Tres administradores. Dos siguen en Argenis. El tercero es Víctor Bernal.

—El hombre de Cuesta.

—Sí.

—¿Localizado?

Lucía negó.

—Su móvil está apagado desde ayer.

Clara caminó hasta la ventana.

—Hay algo que no entiendo.

—Bienvenida —dije.

—Si Álvaro Soria quería ocultar a Cuéllar, ¿por qué dejar JTC en el sistema?

Darío respondió antes que nadie.

—Porque borrarlo sería más visible. En bases de datos antiguas, una ausencia puede romper relaciones. Marcarlo inactivo y excluirlo mantiene el registro sin enseñarlo.

—Entonces sabía exactamente cómo funcionaba.

—Sí.

—Eso no es algo que aprendes mirando una tarde.

No.

Era algo que aprendías trabajando dentro.

O siendo educado por quienes lo habían construido.

Lucía recibió una llamada.

Se apartó.

Su cara cambió poco a poco.

Cuando colgó, dejó el teléfono sobre la mesa.

—Han encontrado a Víctor Bernal.

—¿Vivo? —pregunté.

—Sí.

Otra novedad.

Bernal llevaba desde la noche anterior escondido en una pensión de Guadalajara. Había intentado comprar un billete de autobús en efectivo, pero cometió el error moderno de llevar un reloj inteligente vinculado a una cuenta que la policía ya conocía.

Dos horas después estaba sentado en una sala de interrogatorios.

No era el hombre que me había marcado el brazo.

Tampoco el conductor.

Parecía un oficinista agotado.

—Yo no he matado a nadie —dijo antes de que Lucía terminara de sentarse.

—Nadie se lo ha preguntado.

—Pero lo están pensando.

—Ahora sí.

Su abogado le tocó el brazo.

Bernal tragó saliva.

—Trabajé para Álvaro.

—¿Soria?

—Sí.

—¿Qué hacía para él?

—Investigación corporativa.

—Defina investigación.

—Perfiles. Riesgos. Personas que podían afectar operaciones.

—¿Extorsión?

—No.

—¿Vigilancia ilegal?

—No.

—¿Entrar en bases de datos con credenciales ajenas?

Bernal miró al abogado.

—A veces nos daban accesos del cliente.

—En 2018 utilizó ASORIA_EXT.

Silencio.

—No recuerdo.

Darío deslizó el registro.

—Doce accesos nocturnos.

Bernal palideció.

—Él me lo pidió.

—¿Quién?

—Álvaro.

—¿Para qué?

—Copiar archivos antiguos.

—¿N13?

Bernal cerró los ojos.

—No sabía qué era.

—Pero lo copió.

—Sí.

—¿Modificó el registro 113?

—No.

—Se hizo desde la misma cuenta.

—La cuenta la usábamos varios.

—¿Quién modificó el archivo?

—No lo sé.

Lucía acercó la fotografía de Cuéllar.

—¿Conoce a este hombre?

Bernal miró.

Algo pasó por su cara.

—No.

—Miente.

—No.

—Señor Bernal, está en una habitación con una comisaria, un fiscal al otro lado del cristal y registros que lo colocan dentro de un sistema relacionado con varios homicidios. Este es un momento excelente para recordar caras.

Bernal empezó a respirar más rápido.

—Lo vi una vez.

—¿Dónde?

—Con Álvaro.

—¿Cuándo?

—2019. Un hotel en Lisboa.

—¿Nombre?

—No lo sé.

—¿Qué ocurrió?

—Yo acompañé a Álvaro porque tenía que entregarle un disco. Me hizo esperar fuera. El hombre llegó. Hablaron una hora.

—¿Escuchó algo?

—Al salir estaban discutiendo.

—¿Sobre qué?

—El hombre dijo: «No eres heredero de nada».

Lucía se quedó inmóvil.

—¿Y Soria?

—Contestó: «Eso lo decide quien conserva las llaves».

Sentí un pequeño escalofrío.

La llave de Ginebra.

La caja azul.

Las claves de Continuidad.

Toda la historia parecía obsesionada con quién podía abrir qué.

—¿Qué había en el disco? —pregunté.

—No lo sé.

—Piense.

—Una copia de archivos de clientes. Carpeta CONTINUIDAD.

—¿Soria se la entregó a Cuéllar?

—No.

—¿Qué hizo?

—La volvió a guardar.

—¿Y después?

—Me dijo que aquel hombre estaba acabado.

—¿Usó su nombre?

Bernal dudó.

—Jorge.

Lucía y yo nos miramos.

Jorge Tavares.

—¿Algo más?

—Sí.

—Dígalo.

—Soria dijo: «Ahora el Notario soy yo».

El abogado cerró los ojos.

Yo no.

Llevábamos semanas buscando a un hombre viejo.

Quizá porque la gente imagina que las estructuras antiguas solo pueden estar gobernadas por ancianos.

Pero el poder también tiene hijos.

Y algunos crecen convencidos de que heredar un secreto equivale a merecerlo.

Lucía salió conmigo al pasillo.

—Esto cambia todo.

—No demuestra los asesinatos.

—No.

—Demuestra acceso, intención de apropiarse del sistema y contacto con Cuéllar.

—Y tenemos las iniciales A.S. en el paquete de Cuesta.

—También.

—Pero sigue sin bastar.

—Por eso no vamos a detenerlo todavía.

Lucía me miró.

—No sabemos dónde está.

—Mejor.

—¿Por qué?

—Porque si cree que seguimos buscando a Cuéllar, quizá cometa otro error.

—Ese razonamiento suele terminar con alguien muerto.

—Lo sé.

—No voy a usar a nadie como cebo.

La frase me golpeó.

Álvaro había dicho algo parecido dieciséis años antes.

Luego me utilizó a mí.

—Yo tampoco.

Lucía me sostuvo la mirada.

—¿Seguro?

Pensé en Clara.

En Natalia.

En Gabriel.

En mi madre.

En todos los nombres que aquel hombre podía considerar piezas de un tablero.

—Sí.

Volvimos al despacho.

Clara seguía frente a las listas.

Había marcado con un círculo tres nombres.

—¿Qué es eso?

—Personas que murieron entre 2018 y 2020.

—¿Qué tienen en común?

—Los tres habían trabajado en la estructura financiera original.

Darío revisó las fechas.

Uno murió de cáncer.

Otro en un accidente doméstico.

El tercero se suicidó.

No significaba nada.

O podía significar demasiado.

—No podemos convertir cada muerte en homicidio —dijo Lucía.

—Lo sé —respondió Clara.

—Entonces ¿por qué los has marcado?

—Porque los tres aparecen en la copia de 2018 con una etiqueta nueva.

Darío amplió.

DEPURAR.

La misma palabra en los tres.

En la lista de 2026 ya no aparecía.

Lucía se quedó mirando la pantalla.

—¿Quién añadió la etiqueta?

Darío comprobó el historial.

No necesitó responder.

En la parte inferior aparecía el usuario.

ASORIA_EXT.

A veces una investigación no necesita una confesión para cambiar de dirección.

Solo necesita que un nombre aparezca demasiadas veces en los lugares equivocados.

Esa noche imprimí la lista de ciento trece y la pegué sola en la pared de mi despacho.

Marqué el 113.

Después escribí debajo dos nombres.

JORGE TAVARES / CUÉLLAR

ÁLVARO SORIA

Uno había sido el guardián.

El otro quería heredar la puerta.

Y entre ambos había treinta años de secretos que empezaban a quedarse sin sitio donde esconderse.