CAPÍTULO 34
EL MÉDICO DE MI PADRE
Cuando uno descubre que su padre aparece en la contabilidad de una organización criminal, tiene dos opciones.
La primera es aceptar que los padres tuvieron una vida antes de convertirse en nuestros padres.
La segunda es investigar hasta que todas las fotografías familiares empiecen a parecer pruebas judiciales.
Elegí la segunda.
No por inteligencia.
Por costumbre.
Mi madre vivía en el mismo piso de Chamberí desde 1987.
Había cambiado los muebles, las cortinas y dos veces la cocina, pero seguía guardando las radiografías de mi padre en una carpeta verde dentro del armario del pasillo.
—¿Qué buscas ahora? —preguntó desde el salón.
—Papeles médicos.
—¿Tuyos?
—De papá.
La televisión se quedó sin volumen.
Mi madre apareció en el pasillo.
—¿Por qué?
—Quiero comprobar una cosa.
—Cada vez que dices eso acabamos hablando de gente muerta.
—Es una deformación profesional.
—Es una deformación tuya.
Encontré la carpeta.
Manuel Vela había muerto en 2000 de un infarto agudo de miocardio.
Yo tenía dieciocho años.
Durante mucho tiempo esa frase había contenido toda la información que necesitaba.
Mi padre había salido a comprar pan un sábado por la mañana. Había vuelto. Había dicho que le dolía el pecho. Mi madre llamó a una ambulancia. Murió antes de llegar al hospital.
No había misterio.
Hasta que alguien te enseñaba una cinta de 1989 donde un hombre le decía que las deudas no se cancelaban.
Entonces hasta un infarto podía parecer un asesinato con buena coartada.
—¿Quién era su médico? —pregunté.
Mi madre se sentó en una silla.
—El doctor Aguirre.
—¿Nombre?
—Ricardo. Tendrá noventa años si vive.
Vivía.
Ochenta y nueve.
Una residencia privada cerca de Alcalá de Henares.
Lucía insistió en acompañarme.
—Esto no forma parte oficialmente de la investigación —le dije.
—Entonces oficialmente voy a tomar café con un amigo.
—No somos amigos.
—Eso le diré a Asuntos Internos.
El doctor Ricardo Aguirre nos recibió en una sala con plantas demasiado grandes y un piano que nadie tocaba.
Tenía las manos deformadas por la artritis y una memoria mejor que la mía.
—Manuel Vela —repitió—. Claro que me acuerdo.
—Han pasado veintiséis años.
—Los médicos recuerdan a los pacientes que no pudieron salvar. Los que curamos se olvidan de nosotros.
Mi madre le había dado permiso para hablar de la historia clínica.
Aguirre revisó las copias.
—Su padre tenía hipertensión, fumaba dos paquetes diarios durante una época y tenía colesterol alto.
—Dejó de fumar.
—Demasiado tarde para borrar veinte años.
—¿Su infarto le pareció normal?
El médico me miró por encima de las gafas.
—¿Qué significa normal?
—Natural.
—Sí.
—¿Sin dudas?
—Señor Vela, si viene buscando que le diga que alguien asesinó a su padre con una sustancia misteriosa indetectable, voy a decepcionarle.
Lucía bajó la vista para ocultar una sonrisa.
—No he dicho eso.
—No hacía falta. Llevo viendo detectives en televisión desde antes de que usted naciera.
Señaló el electrocardiograma.
—Su padre tenía enfermedad coronaria. Había sufrido al menos un episodio isquémico previo. Posiblemente dos.
—¿Lo sabía?
—Sí.
—Mi madre dice que no.
—Su madre no lo sabía.
Aquello dolió más de lo esperado.
—¿Por qué no se lo contó?
—Me pidió que no lo hiciera.
—¿Usted aceptó?
Aguirre suspiró.
—Era otro tiempo y yo era otro médico. Hoy discutiríamos más esa decisión.
—¿Por qué quería ocultarlo?
—Decía que no quería preocuparla.
—¿Y a mí?
—Usted era un adolescente.
—Tenía dieciocho cuando murió.
—La primera vez que lo atendí por dolor torácico usted tenía dieciséis.
Miré los informes.
Había un ingreso de urgencias en 1998 que yo no conocía.
Diagnóstico: angina inestable.
—Esto estaba escondido en la carpeta.
—Probablemente porque él pidió que lo guardaran.
—¿Volvió a verle antes de morir?
Aguirre pensó.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Una semana antes.
No figuraba en los papeles.
—¿Por qué?
—Fue una visita informal. Vino a mi consulta sin cita.
—¿Qué quería?
El médico entrecerró los ojos.
—Tenía miedo.
Lucía dejó de fingir que aquello era una conversación personal.
—¿De qué?
—No me lo dijo claramente. Preguntó si ciertos medicamentos podían provocar un infarto sin dejar rastro.
El aire de la sala pareció cambiar.
—¿Qué le respondió?
—Que muchas sustancias podían desencadenar arritmias o eventos cardiacos, pero que no existía el crimen perfecto que imaginaba. Le pregunté si alguien le había amenazado.
—¿Qué dijo?
—Que no.
—¿Le creyó?
—No.
—¿Avisó a alguien?
—No.
Una palabra sencilla.
Veinticinco años después todavía podía enfadarme.
—¿Por qué?
—Porque era adulto, estaba orientado y rechazó ayuda. Le insistí. Me dijo que ya había tomado una decisión y que solo quería saber si su familia estaría segura si él dejaba de resistirse.
—¿De resistirse a qué?
—No lo sé.
Me levanté y fui hasta la ventana.
Fuera, una cuidadora empujaba una silla de ruedas por el jardín.
Lucía hizo la siguiente pregunta.
—Doctor, ¿recuerda si recibió visitas el señor Vela en los días anteriores a su muerte?
—No podría saberlo.
—¿Alguna persona que viniera a su consulta con él?
Aguirre tardó.
—Una vez vino un hombre.
Me giré.
—¿Quién?
—No se presentó.
—Descripción.
—Alto. Delgado. Muy correcto. De esos hombres que parecen pedir permiso incluso cuando ya han entrado.
—¿Edad?
—Cuarenta y tantos, quizá cincuenta.
—¿Pelo?
—Oscuro entonces.
—¿Llevaba algún distintivo?
Aguirre se tocó la solapa.
—Un pin.
No tuve que preguntar.
—¿Una balanza?
El médico me miró sorprendido.
—Sí.
Lucía y yo permanecimos en silencio.
—¿Qué hizo?
—Esperó fuera mientras yo atendía a Manuel. Luego se marcharon juntos.
—¿Cuándo fue?
—No puedo asegurar la fecha. Quizá un mes antes de morir.
—¿Mi padre parecía asustado?
—No.
—¿Seguro?
—Parecía cansado.
A veces el cansancio es el último miedo que uno puede permitirse.
Antes de irnos, Aguirre me llamó.
—Señor Vela.
—¿Sí?
—Hay algo que debería saber.
Esperé.
—El día que murió su padre yo fui al hospital cuando me avisaron. Revisé los análisis. Pregunté por tóxicos porque recordaba nuestra conversación.
—¿Y?
—Nada.
—¿Nada detectable?
—Nada compatible con una intoxicación común. La anatomía clínica también encajaba con una muerte coronaria.
—Eso no demuestra que fuera natural.
—No. Pero tampoco hay que convertir la ausencia de prueba en una prueba de conspiración.
Lucía me miró.
Aguirre continuó.
—Su padre estaba enfermo. Podía morir como murió sin que nadie hiciera nada.
—Y alguien podía aprovecharlo.
—Sí.
—¿Qué cree usted?
El médico tardó mucho.
—Creo que Manuel sabía que podía morir pronto y que estaba haciendo algo que consideraba peligroso. No sé si ambas cosas estaban relacionadas.
Fuera de la residencia caminamos hasta el coche sin hablar.
—Dilo —dije.
—¿Qué?
—Que estoy buscando un asesino porque es más fácil que aceptar que mi padre se murió.
Lucía abrió el coche.
—No iba a decir eso.
—Lo has pensado.
—He pensado que llevas un mes descubriendo que todas las muertes importantes de tu vida tenían una segunda historia. Es normal que busques otra debajo de esta.
—No uses «normal» conmigo. Acabo de pasar una hora aprendiendo que no significa nada.
Subimos.
—Hay una visita de Cuéllar —dijo Lucía—. Eso sí es real.
—Y una pregunta sobre venenos.
—También.
—Entonces no estoy imaginándolo.
—No. Pero tampoco sabes qué ocurrió.
Condujimos de vuelta a Madrid.
A mitad de camino mi madre llamó.
—¿Has hablado con el médico?
—Sí.
—¿Y?
—Papá estaba enfermo desde antes de lo que sabíamos.
Silencio.
—Lo imaginaba.
—¿Por qué?
—Porque a veces se quedaba quieto en la cocina con una mano en el pecho. Si yo entraba, fingía buscar algo en un cajón.
Cerré los ojos.
Los hijos creemos que los secretos empiezan cuando los descubrimos.
En realidad llevan años viviendo delante de nosotros.
—Mamá, ¿recuerdas a un hombre alto, delgado, que pudiera haber venido a casa antes de que muriera papá?
—Vinieron muchos.
—¿Con un pin de una balanza?
La respiración cambió.
—Sí.
—¿Cuándo?
—La última semana.
—¿Entró?
—No. Manuel bajó a verlo.
—¿Volvió nervioso?
—Volvió tranquilo.
Aquello fue peor.
—¿Qué dijo?
—Que todo estaba arreglado.
Lucía me miró desde el asiento del conductor.
—¿Algo más?
Mi madre guardó silencio.
—Esa noche sacó una caja azul del armario.
La caja de la lista.
—¿La misma que me diste?
—Sí.
—¿Qué hizo?
—Estuvo escribiendo durante horas. Luego la guardó en casa de tu abuelo.
—¿Por qué no me lo contaste?
—Porque hasta hace dos semanas yo pensaba que era una caja de papeles viejos, Mateo.
Tenía razón.
A veces acusamos a los demás de no haber entendido pistas que nosotros solo reconocemos después.
—¿Dijo algún nombre?
—Uno.
—¿Cuál?
—Jorge.
Miré la tarjeta que Natalia nos había dado.
J. TAVARES.
—¿Apellido?
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
Colgué.
Lucía aparcó en el arcén.
—Jorge.
—J. Tavares.
—Portugal.
—Quinta da Espera.
Sacó el teléfono.
—Voy a moverlo con cooperación internacional.
—¿Crees que es Cuéllar?
—Creo que por primera vez tenemos un nombre que no empieza por Tomás.
Miré el campo al otro lado de la autovía.
Mi padre había muerto de un corazón enfermo.
Eso decían los médicos.
Eso decían las pruebas.
Y una semana antes un hombre relacionado con la red había ido a verlo.
Ambas cosas podían ser ciertas al mismo tiempo.
La vida tenía esa mala costumbre.
Esa noche volví solo al piso de mi madre.
Ella había dejado la carpeta verde sobre la mesa.
Dentro encontré una receta doblada.
En el reverso mi padre había escrito tres líneas.
No era una carta.
Parecía un recordatorio.
Jorge no decide. Jorge certifica.
Si vuelve, preguntar por Quinta.
No dejar que Mateo entre en policía con Requena.
Me quedé mirando la última frase.
Yo había entrado en policía con Requena.
Mi padre había muerto antes de poder impedírmelo.
Guardé la receta.
Por primera vez en semanas no pensé que alguien hubiera matado a Manuel Vela.
Pensé algo distinto.
Que quizá había pasado los últimos años de su vida intentando evitar que alguien me matara a mí.