CAPÍTULO 33
LA DEUDA DE NATALIA
Encontramos a Ramón Cuesta ocho horas después.
Vivo.
Eso ya era una novedad.
Se había escondido en un apartamento que conservaba a nombre de una sociedad de su exmujer cerca de Arturo Soria.
No había sido secuestrado. Había visto el coche negro desde la ventana, reconocido a uno de los ocupantes y decidido que la colaboración con la policía era una experiencia que podía continuar desde un lugar distinto.
Lucía estuvo a punto de detenerlo por hacerle perder la mañana.
Yo estuve a punto de felicitarlo por llegar a los sesenta y ocho con reflejos.
Ninguno hizo lo que quería.
La persona que Cuesta creyó reconocer se llamaba Víctor Bernal.
Había trabajado siete años para Argenis, una consultora de inteligencia corporativa que aparecía repetidamente en los archivos de la finca.
Dos años antes había abandonado la empresa.
O eso decía su vida laboral.
La fotografía que obtuvimos no coincidía con el conductor que yo había visto.
Pero nos dio una dirección.
Argenis ocupaba dos plantas de cristal y acero en Las Tablas. La clase de oficina donde hasta las plantas parecían haber firmado un acuerdo de confidencialidad.
Nos recibió su directora jurídica.
—Víctor Bernal dejó la compañía en 2024.
—¿Por qué? —preguntó Lucía.
—Decisión mutua.
—Eso es una frase, no una razón.
—No puedo compartir información laboral privada.
Lucía dejó una orden sobre la mesa.
—Ahora sí.
Bernal había sido despedido tras acceder sin autorización a perfiles de clientes y expedientes de operaciones antiguas.
Su responsable directo figuraba en el informe.
ÁLVARO SORIA. Director de Estrategia.
Leí el nombre dos veces.
—Soria.
La abogada asintió.
—No tiene relación con el señor Gabriel Soria, que yo sepa.
Lucía y yo no dijimos nada.
Que una persona dijera «que yo sepa» era una de las formas más elegantes de admitir que nunca había preguntado.
Álvaro Soria había abandonado Argenis siete meses atrás.
Sin conflicto.
Sin indemnización extraordinaria.
Sin expediente disciplinario.
Simplemente se fue.
Tenía cuarenta y un años.
Economista.
Máster en seguridad corporativa.
Consultor de riesgos para bancos, fondos y constructoras.
En 2018 había participado en la migración digital de archivos de Navas & Asociados durante una adquisición parcial.
—Ahí tienes acceso —dije.
Lucía no respondió.
Miraba el árbol societario.
—Mira esto.
Una de las sociedades que había contratado a Argenis para aquella migración pertenecía a Enrique Navas.
El muerto de la finca.
—Puede ser una coincidencia —dije.
—Tú no crees en ellas.
—Creo en algunas. Las que no vienen con factura.
Pedimos los registros de acceso.
Argenis conservaba solo siete años completos.
Los de 2018 estaban parcialmente archivados.
Había una cuenta administrativa creada para la migración.
ASORIA_EXT .
Se utilizó doce veces fuera de horario.
La última, una noche de diciembre de 2018.
Esa misma noche se había descargado un directorio llamado CONTINUIDAD .
—¿Puede ser él quien clonó el sistema? —pregunté.
Lucía negó.
—Navas detectó autorizaciones falsas en 2011. Soria tendría veintiséis años.
—Edad suficiente para saber copiar una contraseña.
—Pero no tenía acceso a Navas entonces.
—Que sepamos.
La frase quedó flotando.
No me gustó.
Llevábamos semanas acumulando personas que tenían acceso «que sepamos».
A media tarde, Natalia Navas llamó.
Quería verme sin policía.
Lucía no estuvo de acuerdo.
—Eso significa que voy contigo.
—Ha dicho sin policía.
—Entonces me quitaré la placa.
—No funciona así.
—Hoy sí.
Nos citó en un restaurante cerrado al público junto al Retiro. Pertenecía a un amigo suyo y nos dejaron usar un comedor pequeño al fondo.
Natalia había traído una caja de cartón.
No la de Ginebra.
Otra.
—Después de leer la carta de mi padre fui a una casa familiar en Pozuelo —dijo—. Hay cosas que nunca quisimos tocar.
Lucía se sentó frente a ella.
—¿Por qué no estaban inventariadas?
—Porque mi padre era un paranoico rico. Si hubiera dejado todo en un solo sitio habría considerado que estaba haciendo mal su trabajo.
Abrió la caja.
Fotografías.
Agendas.
Postales.
Papeles familiares.
La clase de restos que sobreviven a personas que creían controlar el mundo.
—Buscaba una cosa concreta —dijo Natalia—. Un apellido.
Sacó una fotografía de una comunión.
Un niño con traje oscuro estaba entre Nicolás Navas y una mujer rubia.
Detrás aparecía Gabriel Soria.
El reverso decía:
Álvaro, mayo 1994.
Lucía la cogió.
—¿Álvaro Soria?
—Sí.
—¿Quién es?
Natalia respiró hondo.
—Su madre era Carmen Soria. Sobrina de Gabriel.
—Entonces sí es familia.
—Sí.
—¿Y su padre?
—Nunca se reconoció oficialmente.
—¿Quién era?
Natalia me miró.
—Enrique Navas.
La habitación se quedó quieta.
El muerto de la finca no era solo el hermano de Nicolás.
Era el padre de Álvaro Soria.
—¿Lo sabía? —pregunté.
—Álvaro sí. Enrique también. Mi padre, por supuesto. Gabriel creo que lo supo desde el principio.
Lucía se inclinó.
—¿Por qué no aparece en ningún documento?
—Porque Carmen estaba casada con otro hombre cuando nació. Y porque mi familia resolvía la verdad del mismo modo que resolvía todo: pagando para que tuviera una versión oficial más cómoda.
—¿Álvaro creció cerca de los Navas?
—A temporadas. Nunca como un hijo. Más bien como…
Buscó la palabra.
—Una deuda.
Miré la foto.
El niño tendría nueve años.
Nicolás apoyaba una mano en su hombro.
No parecía afecto.
Parecía propiedad.
—¿Por qué nos cuenta esto ahora?
Natalia sacó otra hoja.
Era una copia de una carta de Enrique a Nicolás, fechada en 2017.
Álvaro pregunta demasiado por Continuidad. Le he dicho que no existe. No me cree. Tiene la cabeza de Carmen y nuestro resentimiento. No vuelvas a darle acceso.
Debajo, una anotación de Nicolás:
Demasiado tarde.
Lucía me miró.
—2017.
Un año antes de la migración digital.
—Ya sabía que existía —dije.
Natalia asintió.
—Y hay más.
Sacó una agenda de 2012.
En varias fechas aparecían las iniciales A.S.
Una entrada decía:
A.S. trae copia protocolo. E. insiste: chico útil.
Otra:
A.S. pregunta por N13. No responder.
Y una tercera:
A.S. ha visto a Cuéllar. Error de E.
Lucía cerró la agenda.
—Así que conoció a Cuéllar.
—Sí.
—Y tuvo acceso a protocolos justo cuando su padre detectó credenciales clonadas.
—Sí.
Natalia juntó las manos sobre la mesa.
—No estoy diciendo que Álvaro hiciera nada entonces. Tenía veintisiete años. Mi padre lo consideraba brillante y peligroso, que era su forma de admirar a alguien.
—¿Cuál era su relación con Enrique?
—Mala. Álvaro quería reconocimiento. Enrique quería discreción.
—¿Y con Gabriel?
—Mucho mejor. Gabriel pagó sus estudios.
Otro hombre criado por una deuda.
Empezaba a parecer una tradición familiar.
—¿Sabe dónde está ahora? —pregunté.
—No.
—¿Lo ha visto recientemente?
Natalia dudó.
Eso fue suficiente.
—¿Cuándo?
—Hace dos meses.
—¿Dónde?
—En mi casa.
Lucía se puso rígida.
—¿Por qué no nos lo había dicho?
—Porque en ese momento no sabía que era importante.
—Todo es importante cuando hay seis muertos.
—Entonces aún no había seis muertos.
Lucía iba a responder, pero me adelanté.
—¿Qué quería?
—Preguntó por mi padre.
—¿Sabía que estaba vivo?
—Sí.
—¿Dónde estaba?
—No se lo dije.
—¿Qué más?
—La caja de Ginebra.
Silencio.
—¿Sabía de la caja? —pregunté.
—Conocía su existencia, no el banco. Me preguntó si mi padre había dejado una llave.
Pensé en la llave M-47.
—¿Cómo reaccionó cuando no le dijo nada?
—Sonrió.
—¿Solo eso?
Natalia se abrazó a sí misma.
—Dijo: «Al final todas las familias pagan dos veces».
Lucía anotó la frase.
—¿Y después sabotearon los frenos del coche de su hija?
—Tres semanas después.
La fotografía del niño seguía en la mesa.
Álvaro Soria.
Un hombre cuyo apellido procedía de una familia y cuya sangre pertenecía a otra.
Un niño criado entre gente obsesionada con nombres, herencias y secretos.
No demostraba que fuera un asesino.
Demostraba que había pasado toda su vida junto al lugar donde se guardaban las llaves.
—Hay algo más —dijo Natalia.
Sacó un sobre pequeño.
Dentro había una tarjeta de visita vieja.
J. TAVARES — CONSULTORÍA INTERNACIONAL — CASCAIS
Al dorso, Nicolás había escrito:
C. si todo falla. Q.E.
—¿J. Tavares? —preguntó Lucía.
—No sé quién es.
—¿Y Q.E.?
—Mi padre tenía una casa en Portugal llamada Quinta da Espera.
Sentí algo moverse dentro de la investigación.
Todavía no sabíamos qué.
—¿Dónde?
—Cerca de Cascais. Se vendió hace años.
—¿A quién?
Natalia negó.
—A una sociedad portuguesa.
Lucía guardó una copia de la tarjeta.
—Vamos a comprobarlo.
Cuando salíamos, Natalia me agarró del brazo.
Justo sobre la N que me habían marcado aquella mañana.
Me dolió.
—Perdón.
La soltó.
—No pasa nada.
—Mateo, si Álvaro está implicado…
—Lo averiguaremos.
—No quiero que crea que intento protegerlo.
—¿Lo intenta?
Tardó demasiado en contestar.
—No.
A veces una mentira no necesita ser buena.
Solo necesita llegar antes que la verdad.
Esa noche Darío encontró un dato más en los registros de Argenis.
La cuenta ASORIA_EXT no había descargado únicamente el directorio CONTINUIDAD.
Había creado una copia.
El nombre del archivo era:
N13_MASTER_FINAL .
Fecha de creación:
14 de diciembre de 2018.
Hora:
03:12.
Miré el reloj de Álvaro Luna guardado en mi cajón.
Se había detenido a las 03:12.
La misma hora.
No podía ser casualidad.
O alguien había trabajado mucho para que dejara de parecerlo.