Los muertos no llaman CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

EL HOMbrE QUE PUBLICABA MUERTOS

Darío llamó a las tres de la madrugada.

—Tengo algo.

—La próxima vez que tengas algo a las tres de la madrugada, prueba a tenerlo a las nueve.

—La criptografía no respeta horarios.

—La criptografía no paga mi hipoteca.

—Tú tampoco, por lo que me has contado.

Colgué y fui al despacho.

Darío trabajaba mejor de noche porque, según él, «Internet estaba más tranquilo».

No había tenido valor para explicarle que Internet no dormía.

Quizá él sí lo sabía y simplemente no quería ver personas.

Cuando llegué, había conectado tres pantallas sobre la mesa de Álvaro.

—He abierto parte del disco suizo.

—¿Parte?

—El resto tiene cifrado por capas. Quien lo hizo era bueno.

—¿Más que tú?

Me miró ofendido.

—No exageremos.

En una de las pantallas aparecía una base de datos.

No contenía pagos.

Contenía noticias.

Miles de ellas.

Artículos de prensa, grabaciones de radio, recortes digitalizados, informes internos de televisiones, borradores de columnas.

Cada archivo tenía una etiqueta.

PRESIONAR.

RETENER.

PUBLICAR.

DESACREDITAR.

—¿Qué es esto?

Darío sonrió sin humor.

—La otra mitad de la red.

Durante años habíamos mirado constructoras, cuentas, notarios, policías y intermediarios.

Pero el poder no solo compra silencios.

También compra ruido.

Había noticias utilizadas para hundir a empresarios que se negaban a colaborar. Investigaciones sobre políticos archivadas hasta que convenía publicarlas. Fotografías de jueces. Historias sobre amantes, drogas, deudas, hijos.

La suciedad que no terminaba en un sobre podía terminar en una portada.

—¿Quién gestionaba esto?

Darío escribió un nombre.

RAMÓN CUESTA.

Me sonaba.

Tardé unos segundos.

—Periodista.

—Antes. Ahora consultor de comunicación, tertuliano ocasional y señor que cobra mucho dinero por explicar a empresas cómo sobrevivir a una crisis que probablemente él mismo podría fabricar.

Busqué una fotografía.

Sesenta y ocho años.

Cabello blanco bien cortado.

Traje azul.

Sonrisa de hombre que sabía exactamente dónde estaba la cámara.

Había empezado en sucesos a finales de los setenta. Después política. Luego dirección de un periódico. Más tarde televisión.

En 2010 tenía un programa de entrevistas.

—¿Está en la lista de 1989?

Darío señaló la pantalla.

Número setenta y nueve.

CUESTA, RAMÓN — MEDIOS.

—¿Vivo?

—Mucho. Tiene una fundación, dos sociedades y una columna dominical donde se queja de que ya no hay periodistas como antes.

—Quizá tenga razón.

Lucía consiguió que nos recibiera a las once.

No porque quisiera colaborar.

Porque la llamada procedía de un número que todavía impresionaba a la gente.

Cuesta tenía un despacho en el barrio de Salamanca con más libros de los que cualquier ser humano puede leer en una vida.

Nos recibió sin abogado.

Eso podía significar inocencia.

O experiencia.

—Inspector Romero.

—Comisaria.

—Mis disculpas. Uno deja de actualizarse cuando abandona las redacciones.

Me miró.

—Y usted es Mateo Vela.

—Me ahorra presentarme.

—Su nombre está circulando.

—El suyo también.

Sonrió.

—El mío lleva cincuenta años circulando.

Lucía dejó una copia de la lista sobre su mesa.

Cuesta no la tocó.

—¿Le suena?

—Muchísimo.

Aquello nos sorprendió.

—¿No va a negarlo? —pregunté.

—¿Para qué? Si han llegado hasta aquí, negar que existió sería perder su tiempo y el mío.

—¿Qué existió?

—Una asociación de intereses.

—Una organización criminal.

—Esa es una expresión jurídica.

—También bastante precisa.

Cuesta suspiró.

—En los años ochenta media España funcionaba por asociaciones de intereses. Constructores, bancos, periodistas, abogados, policías, funcionarios. Todos conocían a todos. Algunos favores eran legales. Otros no. Algunos cruzaban líneas que entonces parecían de tiza y hoy parecen pintadas con sangre.

—¿Y usted qué hacía?

—Información.

—¿Publicaba lo que le ordenaban?

—A veces.

Lucía arqueó una ceja.

—Es una admisión interesante.

—No he dicho que fuera delito. Los periódicos reciben filtraciones todos los días. La pregunta siempre es por qué alguien quiere que publiques algo.

—¿Y cuando querían que no publicara?

—También pasaba.

—¿A cambio de dinero?

Cuesta sonrió.

—No sea vulgar, Vela. El dinero es solo una forma de pago.

Lo odié en menos de diez minutos.

Eso tenía cierto mérito.

—¿Conoció a Nicolás Navas?

—Sí.

—¿A Gabriel Soria?

—Sí.

—¿A Tomás Cuéllar?

La sonrisa desapareció.

Muy poco.

Pero desapareció.

—Ese nombre no me dice nada.

Lucía y yo nos miramos.

—Curioso —dije—. Los dos anteriores sí y ese no.

—Conocí a miles de personas.

—Y solo ha necesitado medio segundo para decidir que a ese no.

Cuesta se levantó.

—La entrevista ha terminado.

Lucía permaneció sentada.

—No.

—No estoy detenido.

—Tampoco le estoy obligando a quedarse. Pero si sale por esa puerta, dentro de una hora tendrá periodistas delante de su fundación preguntándole por una lista de 1989 y por qué su nombre aparece junto al de varios muertos.

Cuesta la miró.

—Eso sería coacción.

—No. Sería una consecuencia.

Volvió a sentarse.

—¿Qué quieren saber?

—Quién era Cuéllar.

Cuesta se tomó unos segundos.

—No sé su nombre real.

—Eso ya es bastante más que hace un minuto.

—Lo vi dos veces. Quizá tres.

—¿Cuándo?

—Entre 1988 y 1990.

—Descríbalo.

—Treinta y tantos. Delgado. Educado. Nunca levantaba la voz. Hablaba como alguien acostumbrado a que otros ejecutaran sus decisiones.

—¿Policía?

—No exactamente.

—¿Servicios de inteligencia?

—No exactamente.

—Está abusando del adverbio.

Cuesta ignoró el comentario.

—Era una persona que podía hacer desaparecer una carpeta de un ministerio y conseguir que reapareciera en otro edificio con otro número. No sé para quién trabajaba. Quizá nadie lo supiera.

—¿Era el Notario?

Cuesta me miró fijamente.

—Entonces ya conocen ese nombre.

—Conocemos demasiados.

—El Notario no era una persona al principio.

—Eso nos han dicho.

—Era un procedimiento. Una forma de validar que un acuerdo era auténtico. Nicolás fue quien terminó encarnándolo. A la gente le gustan los símbolos. Facilitan obedecer.

—¿Y Cuéllar?

Cuesta tardó en responder.

—Cuéllar era quien aparecía cuando el procedimiento no bastaba.

—¿El ejecutor?

—No. Para eso estaban otros. Cuéllar arreglaba estructuras.

—¿Qué significa eso?

—Si un empresario se negaba a pagar, no iba a amenazarlo. Hacía que su banco revisara una línea de crédito. Si un funcionario empezaba a hablar, aparecía una investigación interna sobre él. Si un periodista quería publicar algo, recibía una historia mejor.

—¿Y si alguien seguía hablando?

Cuesta apartó la mirada.

—Entonces llegaban personas como Valcárcel.

Lucía deslizó otra fotografía.

La de los trece hombres en Ginebra.

—¿Está aquí?

Cuesta la observó.

Señaló al hombre identificado como Ramón Vega.

—Ese.

—¿Cuéllar?

—Sí.

—¿Seguro?

—No olvido caras.

—¿Y esta?

Lucía mostró la ampliación del reflejo de 2010.

Cuesta se inclinó.

—Podría ser él.

—Veintiún años después.

—Envejecer no era ilegal la última vez que miré.

—Depende de cuánta gente no tuvo la oportunidad.

Cuesta guardó silencio.

Antes de irnos hice una última pregunta.

—¿Por qué dejó la red?

Se rio.

—¿Quién le ha dicho que la dejé?

Lucía puso la mano sobre la carpeta.

—Eso ha sonado peor de lo que probablemente pretendía.

—Lo que quiero decir es que una red así no tiene una puerta de salida. Dejas de acudir a reuniones. Dejas de pedir favores. Pero un día alguien llama y te recuerda una columna que no publicaste en 1991.

—¿Le han llamado últimamente?

Por primera vez pareció viejo.

—Hace tres semanas.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Qué quería?

—Que publicara información sobre Clara Salcedo.

Sentí frío.

—¿Qué información?

—Que había robado dinero de Llorente Orbea y escapado al extranjero. Documentación aparentemente bancaria. Fotografías manipuladas. Querían preparar el terreno.

—¿Para qué?

—Para que cuando apareciera pareciera una delincuente intentando vengarse.

—¿Lo publicó?

—No.

—¿Por qué?

Cuesta me miró.

—Porque reconocí el método.

—¿Y quién le envió el material?

—Un servidor anónimo. Pero el paquete llevaba una firma interna.

Lucía se inclinó.

—¿Cuál?

Cuesta escribió dos letras en una hoja.

A.S.

Darío había visto esas iniciales en algunos metadatos del disco de la finca.

No sabíamos a quién pertenecían.

Todavía.

—¿Qué significa?

—No lo sé.

—No le creo.

—Eso no cambia mi respuesta.

Al salir del edificio, un hombre con casco chocó contra mí.

—Perdón.

Siguió andando.

Me llevé la mano al bolsillo.

El teléfono seguía allí.

La cartera también.

—¿Qué? —preguntó Lucía.

—Nada.

Entonces noté un pinchazo en el antebrazo.

Una línea roja.

El hombre ya corría hacia una motocicleta.

—¡Policía! —gritó Lucía.

El motorista arrancó.

Yo vi el segundo vehículo demasiado tarde.

Un coche negro salió del aparcamiento y se dirigió hacia nosotros.

Lucía me empujó contra un portal.

El coche pasó rozando la acera.

No frenó.

Durante un instante pude ver al conductor.

Joven.

Treinta y pocos.

Barba corta.

Nada de Cuéllar.

Nada de Navas.

Otra generación.

Lucía pidió una patrulla.

Yo miré el arañazo del brazo.

—¿Te han pinchado? —preguntó.

—Creo que sí.

—Hospital.

—Estoy bien.

—Hospital.

—Lucía.

—Mateo, si te han inyectado algo y te mueres, te juro que te mato.

—Esa frase tiene problemas lógicos.

—Sube al coche.

En urgencias determinaron que el alfiler no contenía veneno.

Solo tinta.

Una pequeña cantidad de pigmento azul bajo la piel.

Un médico me enseñó la marca después de limpiarla.

Parecía una letra.

Una N.

—No era un intento de matarme —dije.

Lucía estaba de pie junto a la camilla.

—Era un mensaje.

—Sí.

—¿Qué clase de enfermo marca a una persona con una letra?

—Uno que quiere que sepamos que puede tocarla.

Lucía apretó la mandíbula.

El teléfono de ella sonó.

Era un agente enviado a vigilar a Cuesta.

Contestó.

Su expresión cambió.

—¿Cuándo?

Silencio.

—No toquéis nada. Voy para allá.

Colgó.

—¿Qué?

—Cuesta.

—¿Qué ha pasado?

—Ha desaparecido.

Nos miramos.

Habían pasado cuarenta y siete minutos desde que salimos de su despacho.

En la mesa había dejado el teléfono, las llaves y una nota escrita a mano.

Solo cuatro palabras.

NO PUBLICO MUERTOS DOS VECES.