CAPÍTULO 30
CLARA
La existencia de la lista cambió el caso.
Hasta entonces teníamos asesinatos, corrupción y una red de sociedades.
Ahora teníamos cuarenta años de nombres.
Empresarios.
Funcionarios.
Intermediarios.
Dos jueces ya jubilados.
Tres cargos políticos de distintos partidos.
Un periodista.
Un banquero.
Policías.
Gestores.
Personas muertas hacía décadas y otras todavía activas.
La fiscalía impuso secreto reforzado.
La lista tardó nueve horas en filtrarse a un periódico.
No completa.
Siete nombres.
Los más conocidos.
Era suficiente.
El escándalo empezó un lunes y para el miércoles nadie hablaba de otra cosa.
Un partido acusaba a otro de haber protegido la trama. El otro respondía con nombres de la década anterior. Tertulianos que nunca habían oído hablar de Cimientos del Centro explicaban su funcionamiento con seguridad extraordinaria.
La mitad de la información era incorrecta.
Eso no la hacía menos ruidosa.
Esteban fue detenido formalmente por homicidio, cohecho, blanqueo y organización criminal. Su estado de salud obligó a mantenerlo bajo custodia hospitalaria.
Valcárcel siguió negociando.
Ortega fue suspendido y procesado.
Natalia quedó investigada por ocultación y colaboración, pero la protección de su hija y su cooperación cambiaron su situación.
Clara recuperó su nombre en una mañana.
No legalmente del todo. Eso tardaría meses.
Pero salió de los juzgados rodeada de cámaras como Clara Salcedo, la mujer que había muerto en 2009 y acababa de declarar en 2026.
Irene caminaba junto a ella.
Yo esperaba al otro lado de la calle.
Clara me llamó esa tarde.
Nos encontramos en el Retiro.
Era septiembre, pero el calor se resistía a marcharse. Había familias junto al estanque, corredores, turistas y parejas que todavía creían que una barca de remos era una buena idea romántica.
Clara llevaba gafas de sol y una gorra ridícula.
—¿Incógnito? —pregunté.
—Me ha parado una señora en el metro para preguntarme si soy «la muerta de la tele».
—Buen título para unas memorias.
—No pienso escribirlas.
—Todo el mundo dice eso antes del anticipo.
Caminamos.
—¿Qué va a hacer ahora? —pregunté.
—Algo que no implique esconderme.
—Suena peligroso.
—Quizá viaje.
—¿Dónde?
—A cualquier sitio donde no conozcan a Esteban Llorente.
—Eso reduce opciones esta semana.
Sonrió.
Nos sentamos frente al estanque.
—Tengo algo para usted.
Sacó una fotografía.
Álvaro y yo aparecíamos en una terraza. Jóvenes. Ridículos. Yo sostenía una cerveza. Álvaro miraba a cámara con una sonrisa que había olvidado.
La fecha era 17 de junio de 2010.
La misma que la fotografía del restaurante.
—La hizo usted.
—Sí.
—¿Por qué dos fotos?
—Una demostraba que Requena, Esteban, Tejada y Navas estaban juntos. La otra demostraba que usted estaba en el mismo lugar y no participaba.
—Una coartada.
—Álvaro quería protegerle si todo salía mal.
Miré la imagen.
—Salió mal.
—Sí.
—¿Por qué nunca me buscó después?
—Porque me pidió que no lo hiciera.
—Álvaro.
—Dijo que usted no sabría fingir que no me conocía.
—Tenía razón.
—También dijo que se pondría a investigar y terminaría muerto.
—Menos razón. Sigo aquí.
Clara me miró.
—De milagro varias veces.
—Detalles.
Guardé la fotografía.
—Hay algo que no he contado todavía a la policía —dijo.
—Eso no es una frase tranquilizadora.
—Después de la muerte de Álvaro recibí una carta suya.
—¿Cómo?
—La dejó programada con un abogado en Portugal. Llegó una semana después.
—¿Qué decía?
—Que si algún día todo terminaba, debía darle esto.
Sacó un sobre pequeño.
Dentro había una nota.
Vela:
Si has llegado hasta aquí, deja de sentirte culpable. Ya has desperdiciado bastante tiempo.
No fue por ti. Fue mi decisión. Si intentas convertirla en otra cosa, vuelvo y te doy una hostia.
Y cambia la cafetera.
A.
Me reí.
No quería.
Pero me reí.
Clara también.
Durante unos segundos dieciséis años desaparecieron.
—Era un cabrón —dije.
—Muchísimo.
—¿Lo quería?
Clara miró el agua.
—Sí.
—Él también a usted.
—Lo sé.
—Nunca me lo dijo.
—Quizá porque algunas cosas no necesitan testigos.
Nos quedamos en silencio.
—¿Y usted? —preguntó.
—¿Yo qué?
—¿Qué va a hacer ahora?
—Tengo una agencia. Gente que engaña a su pareja. Socios que roban. Adolescentes que desaparecen un fin de semana y vuelven indignados porque alguien los buscó.
—No parece suficiente.
—Después de esto, suena perfecto.
Clara asintió.
—La lista tiene ciento trece nombres.
—Sí.
—La copia de su padre también.
—Sí.
—¿Han comparado ambas?
—La moderna que encontró Julián sigue desaparecida.
—No del todo.
La miré.
Clara sacó una pequeña memoria USB del bolsillo.
—Julián me envió un archivo cifrado hace tres meses. No pude abrirlo. Pensé que era otra copia de la contabilidad.
—¿Por qué no lo entregó antes?
—Porque olvidé que lo tenía.
La miré.
—Eso es una broma.
—No. Lo escondí en una costura de mi mochila en Francia. Cuando me trasladaron al piso protegido, los agentes trajeron mis cosas. La encontré ayer.
—Clara.
—Lo sé.
—Diecisiete años de clandestinidad y su sistema documental es una mochila.
—Funcionó mejor que algunos archivos policiales.
No podía discutir eso.
Darío abrió el archivo esa noche usando una clave contenida en la carta de Julián encontrada en su caja fuerte.
Era la lista moderna.
Ciento doce nombres.
Uno menos que la de 1989.
Compararlas produjo una sorpresa.
No faltaba un nombre antiguo.
Faltaba uno añadido después.
El número 113 en la versión moderna había sido borrado completamente.
Pero el archivo conservaba rastros de una celda eliminada.
Darío recuperó parte.
Solo tres caracteres:
JTC .
José Tomás Cuéllar.
El hombre sin expediente no era una reliquia de 1989.
Seguía siendo el nombre que alguien se tomaba la molestia de borrar en 2026.
Y si Valcárcel decía la verdad, también era la voz que seguía dando órdenes.