Los muertos no llaman CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

LA LISTA

Mi madre abrió la puerta con una sartén en la mano.

—¿Qué pasa?

—¿Por qué llevas eso?

—Habéis llamado como si ardiera la casa.

—¿Estás bien?

—Hasta que has aparecido tú con esa cara.

Lucía mostró la placa y revisó el rellano.

—Señora Vela, ¿ha visto a alguien extraño en el edificio?

Mi madre la reconoció.

—Tú eres Lucía.

—Sí.

—Has envejecido mejor que él.

—Mamá.

—Es verdad.

La urgencia no había alterado su capacidad crítica.

Entramos.

—Necesito preguntarte por una caja azul.

La sartén bajó unos centímetros.

—¿Quién te ha hablado de eso?

Aquella respuesta fue peor que cualquier confirmación.

—¿Existe?

—Mateo…

—Mamá.

—Tu padre me dijo que no te la diera nunca.

—Pues el momento de obedecerlo terminó hace unos veintiséis años.

—No hables así.

—Hay gente muerta.

—Siempre hay gente muerta en tus historias.

—Esta vez conocían a papá.

Mi madre se sentó.

Lucía fue a comprobar ventanas.

—¿Nicolás Navas? —pregunté.

El rostro de mi madre cambió.

—No quiero hablar de ese hombre.

—¿Lo conocías?

—Venía a casa alguna vez cuando tú eras pequeño. Tú no te acuerdas.

—No.

—Tu padre trabajó para él. Al principio parecía un cliente más. Luego empezó a llegar a horas raras. Traía carpetas. Una vez discutieron aquí, en el salón.

—¿Por qué?

—No lo sé. Tu padre me mandó contigo a la cocina.

—¿Cuántos años tenía?

—Nueve o diez.

La red había estado en mi casa mientras yo hacía deberes en la habitación de al lado.

—¿Qué pasó en 1989?

—Manuel dejó el trabajo. Estuvo semanas nervioso. Dijo que había hecho cosas que no debía.

—¿Delitos?

—Nunca me lo explicó.

—¿La caja?

Mi madre cerró los ojos.

—Después de que muriera, encontré una caja azul detrás de un falso fondo del armario. Había papeles y una libreta.

—¿Dónde está?

—No aquí.

—¿Dónde?

—En el pueblo de tu abuelo. En una casa que heredé. La guardé en el desván.

—¿Por qué?

—Porque dos días después del funeral vino un hombre a preguntar por documentos de tu padre.

—¿Quién?

—Dijo llamarse Cuéllar.

Lucía apareció desde el pasillo.

—¿Tomás Cuéllar?

—No dijo nombre. Solo señor Cuéllar.

—Descripción —dije.

Mi madre pensó.

—Tendría cuarenta años entonces. Delgado. Pelo oscuro. Muy educado. Tenía una cicatriz en la mano.

Sentí un golpe.

—El mismo.

—¿Qué mismo?

—Nada, mamá.

—No me digas nada a estas alturas.

Tenía razón.

La casa del pueblo estaba en Guadalajara, a poco más de una hora de Madrid. No era una segunda residencia romántica. Era una construcción vieja con muebles heredados y un desván donde mi madre había depositado treinta años de cosas que no quería tirar.

Fuimos con dos agentes.

La caja azul estaba donde dijo.

Cubierta de polvo.

Cerrada con una pequeña llave que mi madre llevaba en un costurero.

Dentro había una libreta contable, documentos bancarios, seis fotografías y una cinta de casete.

La libreta contenía nombres y códigos desde 1987 hasta 1989.

Ciento trece entradas.

No personas necesariamente. Algunas eran sociedades. Otras, iniciales.

Pero al final había un índice manuscrito.

Ciento trece nombres completos.

—La lista —dijo Lucía.

—La original.

La de Julián era probablemente una versión actualizada de la misma estructura.

Busqué a Nicolás Navas.

No estaba.

Esteban sí.

Soria sí.

Requena sí.

Federico Alcázar.

Varios empresarios y cargos de la época.

Y Manuel Vela.

Mi padre.

Número 47.

Al lado, una anotación en su letra:

CONTABILIDAD. SALIDA 1989. DEUDA CANCELADA G.S.

—G.S. —dijo Lucía—. Gabriel Soria.

—Dijo que intervino por él.

—Encaja.

Seguí leyendo.

El nombre 113 estaba tachado con tinta negra.

No borrado del todo.

Se distinguían las primeras letras.

TOM… CU…

—Tomás Cuéllar —dije.

Debajo, otra anotación de mi padre:

NO ES SU NOMbrE. ARCHIVO ESTADO.

Lucía fotografió la página.

—«Archivo Estado». Entonces Natalia tenía razón. Era alguien protegido.

En el fondo de la caja había un sobre.

PARA ELENA. SI ME PASA ALGO.

Mi madre se sentó en una silla del desván.

—Nunca lo abrí.

—¿Por qué?

—Porque me pidió que no lo hiciera salvo que alguien viniera por la caja.

—Alguien vino.

—Y yo tuve miedo.

La abrimos juntos.

La carta de mi padre era corta.

Elena:

He guardado una copia porque salir sin una garantía era imposible. Soria ha conseguido que Navas acepte dejarme fuera, pero Cuéllar no está de acuerdo. Si vuelven, la lista demuestra quiénes son, pero no la entregues a cualquiera. Hay gente dentro de la policía.

Si Mateo insiste en ser policía, no se lo impidas. Solo no dejes que se acerque a Requena.

Me detuve.

Mi madre empezó a llorar en silencio.

Seguí.

He cometido errores. Algunos fueron por miedo, otros por dinero. No quiero que nuestro hijo herede ninguno.

M.

No había absolución.

No la buscaba.

Mi padre había trabajado para ellos. Había cobrado. Después había intentado salir y guardado una prueba para protegerse.

Humano.

Mucho más incómodo que inocente.

—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunté.

Mi madre se secó la cara.

—Porque él te pidió que no heredaras esto.

—Lo heredé igual.

—Lo sé.

La cinta de casete llevaba una etiqueta:

C. 1989.

Encontramos un reproductor antiguo en la casa. La cinta chirrió antes de empezar.

Dos voces.

La de mi padre.

Y otra masculina.

—No puedes irte, Manuel.

—Ya está hecho.

—Navas puede aceptar. Yo no.

—No trabajo para ti.

—Todos trabajáis para alguien.

—Tengo copias.

—Entonces estás amenazando a gente que no conoces.

—Estoy asegurándome de que dejen tranquila a mi familia.

La voz rió.

—Tu hijo quiere ser policía.

Mi padre guardó silencio.

—No lo metas en esto.

—Tú lo has metido al guardar papeles.

—Si le pasa algo a mi familia, la lista sale.

La grabación terminaba.

—¿Reconocerías esa voz? —preguntó Lucía.

—No.

Mi madre sí.

—Era el hombre que vino después del funeral.

Cuéllar.

Darío digitalizó la cinta y comparó la voz con todo el audio disponible del caso.

Ninguna coincidencia.

Pero en la caja había una fotografía que no habíamos mirado con atención.

Una comida de 1989.

Mi padre. Nicolás Navas. Requena. Federico Alcázar. Soria.

Y un sexto hombre al fondo, medio girado.

Delgado. Pelo oscuro.

La mano derecha apoyada en una silla.

Una cicatriz visible.

En el reverso, los nombres escritos por mi padre.

El sexto:

JOSÉ TOMÁS CUÉLLAR / J.T.C. (?)

Debajo:

CESID?

En 1989 no existía el CNI.

El CESID sí.

Lucía pidió una consulta reservada.

La respuesta llegó seis horas después.

No podían confirmar ni negar que una persona con ese nombre hubiera pertenecido al servicio.

Eso, en el idioma de los organismos de inteligencia, era casi una presentación formal.

La lista había aparecido.

También el primer rastro real del hombre sin expediente.