CAPÍTULO 28
EL TRATO
Valcárcel habló cuatro horas.
Lucía me contó lo esencial esa misma tarde en mi despacho, lo que confirmó que Isabel la conocía bien.
—Ha admitido a Julián —dijo.
—¿Lo mató él?
—Sí.
—Tejada.
—Sí.
—Requena.
—Sí.
—Enrique Navas.
—También.
—¿Álvaro?
Lucía se quedó en silencio.
—Dice que disparó.
La frase no me sorprendió. Ya la sabía.
Aun así dolió.
—¿Por orden de quién?
—Niega una orden directa. Dice que la instrucción era recuperar los archivos y neutralizar la filtración. Que Álvaro sacó un arma y él tomó la decisión.
—Le disparó por la espalda.
—El informe forense reabierto lo confirma.
—Entonces miente.
—Sí.
—¿Esteban?
—Dice que Esteban quería asustarlo, no matarlo.
—Qué reunión tan llena de hombres inocentes.
Lucía se sentó.
—Ha hablado de Navas.
—¿Nicolás?
—Lo conoció en 2007. Nunca pedía delitos de forma explícita. Usaba frases: «conviene resolverlo», «ese hombre causa dificultades», «sería mejor que el documento no apareciera».
—Y todo el mundo entendía.
—Sí.
—¿Cuéllar?
—Aquí se pone interesante.
—Por fin.
—Valcárcel nunca lo vio.
—Esteban sí.
—Esteban cree que sí. Valcárcel recibía mensajes firmados T.C. desde 2014. Antes los recibía de Enrique Navas o de un intermediario de Nicolás.
—¿Entonces Cuéllar puede no existir?
—Puede ser un nombre funcional, como el Notario.
—O una persona escondida.
—También.
—¿Quién le envió el mensaje de que T.C. había caído?
—No lo sabe.
—¿Y la lista?
Lucía abrió una carpeta.
—Ciento trece nombres. Valcárcel vio una copia hace años. Julián recuperó otra seis meses antes de morir.
—¿Dónde está?
—No lo sabe. Pero dio un apartado postal que usaba para comunicarse con Navas y una frase de autenticación.
—¿Cuál?
Lucía dudó.
—No debería decírtela.
—Eso nunca ha funcionado.
—«Los edificios caen, pero los cimientos permanecen».
La frase me resultó familiar sin saber por qué.
—¿Qué cimientos?
—Según Valcárcel, era una referencia al nombre interno de la red. «Cimientos».
Miré la fotografía de 1989 encontrada en la finca.
En el reverso: LOS CIMIENTOS.
—Mi padre.
—Sí.
—Valcárcel ha dicho algo sobre él.
Lucía no respondió.
—Dímelo.
—Mateo…
—Dímelo.
—Dice que Nicolás Navas te conocía de antes de Álvaro porque tu padre había trabajado para la red.
—Eso ya lo sabía por Soria.
—Hay más.
Esperé.
—Valcárcel dice que Manuel Vela llevó durante años una parte de la contabilidad del Notario.
—Mi padre era contable.
—Sí.
—¿Qué parte?
—No lo sabe.
—Conveniente.
—Dice que Navas guardaba una frase sobre él: «El único que salió sin pagar».
Me apoyé en la mesa.
—Soria dijo que intervino para que lo dejaran marchar.
—Puede ser verdad.
—¿Y por qué siguieron vigilándome?
—Valcárcel cree que Navas sospechaba que tu padre conservó documentos.
—Nunca encontré nada.
—Quizá no buscaste.
Eso fue lo peor.
No había buscado.
Mi padre murió cuando yo tenía veintidós años. Mi madre guardó sus papeles en cajas y yo pasé décadas aceptando que allí solo había impuestos, fotografías y facturas.
—Voy a Aluche.
—Voy contigo.
—No.
—No era una pregunta.
—Estás aprendiendo malas costumbres.
Antes de salir, sonó mi teléfono.
Número oculto.
Lucía me miró.
Activé altavoz.
—Vela.
Una voz de hombre, educada, sin edad clara.
—Los edificios caen, pero los cimientos permanecen.
Lucía se quedó inmóvil.
Yo también.
—¿Quién es usted?
—Alguien que intenta evitar que cometa el mismo error que su padre.
—¿Cuál?
—Creer que puede salir.
—Mi padre salió.
—No completamente.
—¿Dónde está la lista?
Una risa baja.
—Eso debería preguntármelo yo.
—Entonces estamos perdiendo tiempo los dos.
—Julián Orbea se la dejó.
—No.
—No directamente. Julián confiaba demasiado en los muertos.
Miré la cafetera recuperada.
—¿Álvaro?
—Su compañero encontró una parte. Su padre había encontrado otra veinte años antes. Usted es el punto donde se juntan.
—No sé de qué habla.
—Pregunte a Elena Vela por la caja azul.
La línea se cortó.
No había oído ese nombre en boca de un desconocido nunca.
Mi madre.
Lucía ya estaba cogiendo las llaves.
—Vamos.
—¿Cómo sabía su nombre?
—Tiene una ficha sobre ti de quince páginas.
—No. ¿Cómo sabía lo de la caja?
Lucía no respondió.
Los dos pensamos lo mismo.
Si la red sabía que existía una caja en casa de mi madre, quizá no éramos los primeros en ir a buscarla.