CAPÍTULO 27
LA PRIMERA DECLARACIÓN
Clara declaró durante ocho horas y diecisiete minutos.
Yo esperé fuera durante seis de ellas.
No tenía obligación de hacerlo. Tampoco tenía nada mejor que pudiera hacer sin que Lucía ordenara que me vigilaran.
Cuando Clara salió parecía diez años mayor que por la mañana.
—¿Café? —pregunté.
—¿Algo más fuerte?
—Son las cinco de la tarde.
—He estado muerta diecisiete años. Creo que puedo beber antes de la cena.
Fuimos a un bar cercano a los juzgados. Clara pidió whisky. Yo café.
—Eso es decepcionante —dijo.
—Alguien tiene que conducir.
—No hemos venido juntos.
—Entonces es aún más responsable por mi parte.
Por primera vez desde que la conocía, se relajó.
—He contado todo —dijo.
—¿Todo de verdad o todo versión Clara?
—La falsa muerte. Álvaro. Lucía. Los documentos. Julián. Portugal. Las identidades.
—Eso puede meterte en problemas.
—Ya lo ha hecho.
—Legalmente.
—Estoy cansada de vivir evitando problemas.
Bebió un sorbo.
—¿Sabe qué es lo peor de desaparecer?
—No.
—Al principio crees que estás salvando la vida. Después descubres que has salvado el cuerpo. La vida se queda atrás.
No dije nada.
—No pude ir al entierro de mi madre. Irene me llamó llorando y yo escuché el mensaje tres días después desde un teléfono que tenía que tirar.
No conocí a mi sobrina hasta que tenía siete años y para ella yo era una amiga de su madre.
No pude estar cuando Irene se divorció. No pude tener una cuenta con mi nombre, un trabajo que me gustara, un médico que supiera mi historia.
Todo por una lista de hombres que siguieron cenando en buenos restaurantes.
—Ahora algunos cenarán peor.
—Eso no devuelve nada.
—No.
—Entonces ¿para qué sirve?
Pensé en Álvaro.
—Para que no puedan decir que nunca ocurrió.
Clara me miró durante un rato.
—Él decía cosas así.
—Yo las decía primero. Él me copiaba.
Sonrió.
—Eso también lo decía él.
—Era un ladrón de frases.
—Y de mecheros.
—Eso era patológico.
Por unos minutos hablamos de Álvaro como si estuviera vivo.
De cómo se olvidaba de pagar cafés y luego aparecía con una cena para compensar.
De su incapacidad para conducir despacio.
De una chaqueta de cuero horrible que se negó a tirar durante diez años.
Era extraño compartir recuerdos de la misma persona con alguien cuya existencia me habían ocultado.
No me sentí desplazado.
Me sentí acompañado.
Al salir del bar había periodistas.
Más de los que deberían saber que Clara estaba allí.
—¡Señora Salcedo! ¿Es verdad que fingió su muerte para quedarse con dinero de la empresa?
Clara se detuvo.
—No contestes.
Otro gritó:
—¿Tuvo una relación sentimental con el inspector Álvaro Luna?
Clara se tensó.
La hice avanzar.
—¿Cómo saben eso? —preguntó cuando llegamos al coche.
—Alguien está filtrando.
—Ortega está detenido.
—Eso no significa que fuera el único.
—¿Navas?
—O alguien que todavía le debe un favor.
Esa noche tres tertulias debatieron si Clara era heroína o delincuente.
Una cadena reconstruyó su falsa muerte con una animación ridícula de un coche cayendo por un barranco.
Otra mostró una foto de Álvaro y habló de «romance secreto» durante veinte minutos.
Ninguna explicó la contabilidad durante más de dos.
Funcionaba.
La mejor manera de esconder una verdad no siempre es enterrarla.
A veces basta con rodearla de ruido.
A las once llamó Isabel.
—Valcárcel quiere negociar.
—Rápido.
—Ha pedido beneficios penitenciarios a cambio de información sobre el Notario y los homicidios.
—¿Va a hablar?
—Mañana.
—Quiero estar.
—No.
—¿Por qué?
—Porque eres una víctima potencial, testigo y antiguo compañero de una de las víctimas. No eres investigador oficial.
—Detalles.
—Detalles que evitan anular procedimientos.
—¿Me contará Lucía?
—Probablemente aunque le diga que no.
—La conoces bien.
—Por desgracia.
Colgó.
A medianoche recibí otro mensaje.
Número desconocido.
Una fotografía de mi despacho tomada desde el edificio de enfrente.
Debajo:
LA LISTA NO LE PERTENECE.
Respondí:
TAMPOCO A USTED.
No esperaba respuesta.
Llegó.
PREGUNTE A SU PADRE.
Me quedé mirando la pantalla.
Mi padre llevaba veintiséis años muerto.
A esas alturas empezaba a parecer una desventaja menor.