CAPÍTULO 26
EL HOMbrE SIN EXPEDIENTE
El muerto de la finca no era Tomás Cuéllar.
Lo supimos a las nueve de la mañana.
Natalia Navas llegó al depósito forense escoltada por dos agentes. Vio el cuerpo durante menos de cinco segundos antes de apartar la mirada.
—Es mi tío Enrique.
—¿Enrique Navas? —preguntó Lucía.
Natalia asintió.
—Llevaba años usando el nombre de Tomás Aguilar. Yo lo visité en la finca de Soto, pero no sabía que también utilizara esta.
—¿Era el hombre al que su padre daba órdenes?
—No. Enrique hacía lo contrario. Cuidaba de mi padre. Casas, dinero, identidades.
—¿Conocía a alguien llamado Tomás Cuéllar?
La expresión de Natalia cambió.
—Mi padre mencionó un Cuéllar una vez.
—¿Cuándo?
—Hace años. Discutían por teléfono. Cuando colgó dijo: «Cuéllar cree que puede heredar lo que no entiende».
—¿Heredar qué?
—El archivo. El papel del Notario. No sé.
—¿Lo vio alguna vez?
—No.
—¿Qué significa «hombre sin expediente»?
—Eso sí lo sé.
Esperamos.
—Mi padre lo llamaba así porque Cuéllar había trabajado para el Estado y sus datos estaban protegidos. Decía que si buscabas su nombre solo encontrabas aire.
—¿Inteligencia?
—No lo sé.
—¿Policía?
—No lo sé.
—Todo el mundo sabe sorprendentemente poco.
Natalia me miró.
—El sistema estaba diseñado para eso. La ignorancia era un mecanismo de seguridad.
Aquella frase explicaba demasiado.
La autopsia de Enrique mostró que había muerto entre cuatro y seis horas antes de la entrada policial. El disparo era de nueve milímetros. Balística lo vinculó al arma utilizada en Julián, Tejada y Requena.
Valcárcel.
La finca había sido limpiada a medias. Sin embargo, el ordenador recuperado conservaba datos borrados.
Darío trabajó durante doce horas en una sala de la policía y salió con la cara de quien había discutido con una máquina y ganado por puntos.
—Tengo perfiles —dijo.
—¿De quién?
—De todos.
El portátil contenía fichas mecanografiadas y digitalizadas. Esteban Llorente. Salvador Requena. Ramón Tejada. Julián Orbea. César Valcárcel. Clara e Irene Salcedo. Natalia Navas.
Álvaro Luna.
Y yo.
Abrí mi ficha.
MATEO VELA MORENO.
Fecha de nacimiento. Estudios. Entrada en el cuerpo. Ascensos. Lesión de 2010. Salida de la policía. Apertura de la agencia. Domicilios antiguos. Matrículas. Relaciones conocidas.
Al final:
Persistente. Respuesta adversa a autoridad. Vínculo emocional A.L. susceptible de explotación. Riesgo operativo medio. Utilidad potencial alta.
—Encantador —dijo Lucía.
—Por fin una evaluación profesional sincera.
—¿Cuándo se escribió?
Darío amplió propiedades del archivo.
—La ficha original es de 2011. Hay actualizaciones hasta hace tres semanas.
—Nos han seguido durante años.
—A ti, al menos. No de forma continua, pero hay entradas en 2014, 2018, 2022 y este año.
—¿Por qué?
—No lo dice.
Abrí la ficha de Álvaro.
Identifica estructura financiera. Acceso potencial a copia C.S. Relación Vela. Riesgo crítico.
Una actualización del 17 de junio de 2010:
Considerar neutralización indirecta. Evitar exposición institucional.
Sentí que se me helaban las manos.
—Neutralización indirecta.
Lucía leyó por encima de mi hombro.
—No es una orden explícita.
—No necesita serlo.
Otra línea, añadida después de su muerte:
Incidente cerrado. Vela controlable mediante narrativa Cárdenas.
Me alejé del ordenador.
Durante dieciséis años alguien había reducido el peor día de mi vida a una estrategia de control.
Cárdenas, el hombre condenado por el tiroteo, había sido útil porque ya era culpable de otros delitos. Bastó cargarle la bala de Álvaro y cerrar el expediente.
—Mateo —dijo Lucía.
—Estoy bien.
—No.
—Ya lo sé.
Darío abrió la ficha de Clara.
Terminaba con una palabra:
PENDIENTE.
La mía también.
—¿Quién actualizó esto? —pregunté.
—Usuario local sin nombre. Hay firmas internas T.C. en algunos cambios.
—Cuéllar.
—O alguien usando las iniciales.
—¿Podemos rastrear conexiones?
—El portátil no se conectaba directamente a Internet. Usaban memorias USB y un sistema de mensajería por paquetes cifrados. Pero hay una carpeta temporal con números de serie de dispositivos.
—¿Alguno actual?
—Uno. Copiado hace treinta y seis horas.
Darío leyó una cadena hexadecimal.
Lucía llamó a telecomunicaciones.
Dos horas después tuvimos un resultado.
El número de serie correspondía a un módem portátil comprado en efectivo. Había conectado tres veces a antenas móviles desde la fuga de Valcárcel.
La última, esa misma mañana.
El Escorial.
—¿Una residencia? —pregunté.
—Un hotel pequeño —dijo Lucía—. Nombre de registro: Vicente Calderón Ruiz.
—Valcárcel no tiene imaginación futbolística.
La operación fue discreta esta vez.
Cuatro agentes de intervención. Dos salidas cubiertas. Sin sirenas.
El hotel ocupaba una antigua casa de piedra a las afueras.
La habitación 23 estaba en la primera planta.
Lucía me obligó a esperar en el coche.
—Si sales, te arresto.
—¿Por qué delito?
—Inventaré uno.
—Eso sería tradición del caso.
Cerró la puerta.
Esperé.
Un minuto.
Dos.
Al tercero sonó un disparo dentro.
Abrí la puerta.
Otro disparo.
Corrí.
La recepción estaba vacía. Subí las escaleras mientras un agente gritaba órdenes.
La puerta de la habitación 23 estaba abierta.
Una ventana rota al fondo.
—¡Ha saltado! —gritó alguien.
Llegué a la ventana.
Valcárcel corría por el jardín trasero cojeando ligeramente.
Lucía apareció detrás de mí.
—Te dije que…
—Luego.
Bajamos por una escalera de servicio.
Valcárcel cruzó una verja y salió a una carretera estrecha. Un coche lo esperaba, pero el conductor vio a la policía y arrancó sin él.
Valcárcel disparó al vehículo.
El coche aceleró.
—Parece que sus amigos tampoco son leales —dije.
Valcárcel se giró y disparó hacia nosotros.
Lucía me empujó detrás de un muro.
—¡Suelta el arma, César!
—¡No sabéis con quién estáis tratando!
—Eso lleváis diciéndonos dos semanas —respondí—. Empieza a perder fuerza.
Valcárcel apareció por el lateral.
Levantó el arma.
Yo ya lo estaba apuntando.
Nos quedamos frente a frente a unos quince metros.
—Vela —dijo.
—Valcárcel.
—Baja eso.
—Curiosa elección de frase.
—No quieres dispararme.
—No me conoces tanto como crees.
Sonrió.
—Te conozco desde 2010.
—Yo a ti desde hace una semana y ya me pareces agotador.
—Luna murió por tu culpa.
La frase encontró el sitio exacto.
—No.
—Volvió por ti.
—Sí.
—Si hubieras hecho lo que te dijo, seguiría vivo.
—Quizá.
—Eso te mata, ¿verdad?
—Menos que antes.
Su sonrisa desapareció.
—Baja el arma.
—Tú primero.
Lucía apareció a mi izquierda.
—César. Se acabó.
Valcárcel miró hacia ella.
—Tu primo fue un idiota.
Lucía no reaccionó.
—Suelta el arma.
—Navas os enterrará.
—Navas está huyendo —dije.
—No hablo de Nicolás.
Aquello me hizo dudar un segundo.
Valcárcel movió el arma.
Lucía disparó.
La bala le atravesó el muslo.
Cayó.
Los agentes se abalanzaron sobre él.
Lucía se acercó mientras lo esposaban.
—Eso ha sido por mi hombro.
—Pensaba que los policías no se vengaban —dije.
—No me estropees la frase.
Valcárcel me miró desde el suelo.
—No sabéis nada.
—Tenemos tiempo —dije.
—No tanto.
—¿Por qué?
Se rió entre dientes.
—Porque el Notario ya sabe dónde está la lista.