Los muertos no llaman CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

LA NOCHE DE LA FINCA

La finca se llamaba Los Olmos aunque no había olmos.

Había cipreses, una casa de piedra, dos naves agrícolas y suficiente terreno alrededor como para que nadie escuchara un disparo desde la carretera.

El operativo empezó a las once de la noche.

Veintidós agentes. Dos unidades de intervención. Policía científica esperando fuera. Lucía y yo en un vehículo a cuatrocientos metros.

—Recuérdame por qué estoy aquí —dije.

—Porque Esteban dijo que podrías reconocer documentación relacionada con Álvaro.

—Eso es una excusa pobre.

—Porque Isabel sabe que si no te trae intentarás entrar por tu cuenta.

—Más convincente.

—Y porque yo quiero tenerte donde pueda verte.

La miré.

—Eso ha sonado casi afectuoso.

—No te acostumbres.

La radio dio la orden.

Los primeros equipos entraron por dos puntos.

No hubo disparos.

Eso fue lo primero raro.

Lo segundo fue que la puerta principal estaba abierta.

—Casa despejada —informó una voz—. Sin ocupantes.

—Nave uno despejada.

—Nave dos… espere.

Silencio.

—Tenemos un cuerpo.

Lucía me miró.

—Te quedas aquí.

—Claro.

Salió.

Esperé treinta segundos.

Luego la seguí.

La nave dos olía a humedad y gasoil. En el centro, junto a una mesa, había un hombre sentado en una silla.

Muerto.

Un disparo en la cabeza.

Cincuenta y tantos. Delgado. Pelo canoso.

En la mano derecha, una cicatriz pequeña.

—Cuéllar —dije.

Lucía se volvió.

—Te dije que te quedaras.

—Y yo dije claro.

Uno de los técnicos encontró una cartera.

Documentación a nombre de Tomás Aguilar Peña .

Lucía comprobó el nombre.

Existía.

Empresario de importación. Divorciado. Sin antecedentes.

Fotografía coincidente.

—Entonces Esteban nos dio un alias —dijo.

—O este hombre lleva otro nombre prestado.

En la mesa había un teléfono antiguo, una llave y una hoja de papel.

Una frase impresa:

NO HAY NADIE POR ENCIMA.

—Eso parece una respuesta —dije.

Lucía no sonrió.

La casa estaba casi vacía, pero el sótano no.

Detrás de una pared falsa aparecieron estanterías metálicas con cajas numeradas. No cientos. Miles.

Documentos desde 1986 hasta 2014.

Fotografías.

Cintas de vídeo.

Discos duros.

Sobres lacrados.

La memoria física de la red.

—El archivo del Notario —dijo Lucía.

Tardamos una hora en entender la magnitud.

Cada caja correspondía a una operación o persona. Los números estaban codificados. Algunas llevaban marcas N8, N10, N13.

Encontré una con fecha de junio de 2010.

No la abrí.

Esta vez esperé al técnico.

Dentro había copias de fotografías de la nave donde murió Álvaro, informes policiales antes de su registro oficial y una ficha con nuestros nombres.

LUNA, ÁLVARO. RIESGO: CRÍTICO.

VELA, MATEO. RIESGO: BAJO. UTILIDAD: ALTA.

La palabra utilidad me produjo náusea.

Debajo:

LUNA: RESOLUCIÓN OPERATIVA.

No decía asesinato.

No hacía falta.

—Mira esto —dijo Lucía.

Había una firma de autorización.

No N13.

T.C.

Tomás Cuéllar.

—Él ordenó la operación contra Álvaro —dije.

—Parece.

Miré el cadáver al otro lado de la nave.

Otra respuesta que llegaba muerta.

Un agente nos llamó desde el fondo.

Había una cámara frigorífica desactivada. Dentro, sin frío, encontraron cuatro cajas recientes.

2026.

Julián Orbea.

Ramón Tejada.

Salvador Requena.

Y una cuarta sin nombre.

La abrimos.

Dentro había fotografías de Clara, Irene, Lucía y yo.

Seguimientos de las últimas semanas.

Copias de mensajes.

Una lista de teléfonos.

Y una hoja con cuatro líneas:

ORBEA - CERRADO

TEJADA - CERRADO

REQUIENA - CERRADO

SALCEDO - PENDIENTE

No aparecía mi nombre.

—Valcárcel seguía un plan —dijo Lucía.

—Sí.

—¿Cuéllar se lo daba?

Miré el cuerpo.

—Hasta hoy.

En otra mesa encontramos un portátil encendido.

No conectado a Internet.

El disco estaba cifrado, pero Darío podría trabajar con él.

En la papelera había cenizas recientes.

Alguien había quemado papeles poco antes de que llegáramos.

—La finca estaba avisada —dije.

Lucía asintió.

—Otra filtración.

—Ortega está detenido.

—Entonces había más de uno.

Un agente de la entrada llamó por radio.

—Vehículo aproximándose por camino norte. Sin luces.

Todo el operativo se tensó.

—Posiciones —ordenó Lucía.

El coche apareció entre árboles.

Una furgoneta gris.

Se detuvo al ver los vehículos policiales.

Dio marcha atrás.

Dos coches de policía le cerraron la salida.

El conductor abandonó la furgoneta y corrió hacia el campo.

—¡Policía! ¡Alto!

No se detuvo.

Yo lo vi pasar entre dos focos.

Valcárcel.

Lucía corrió.

Yo detrás.

Atravesamos un cercado, bajamos una pendiente y llegamos a un olivar. Valcárcel disparó una vez hacia atrás.

La bala pasó lejos.

Los agentes respondieron sin alcanzar.

Valcárcel conocía el terreno.

Desapareció detrás de un muro de piedra.

Cuando llegamos había una moto escondida.

Arrancó y salió por un sendero demasiado estrecho para los coches.

—¡Mierda! —gritó Lucía.

La moto se perdió en la oscuridad.

Volvimos a la finca.

En la furgoneta había una bolsa con ropa, dos armas, dinero en efectivo y un teléfono desechable.

El último mensaje recibido hacía doce minutos.

NO ENTRES. T.C. CAÍDO. QUEMA TODO.

—¿Quién lo envió? —pregunté.

Número oculto.

—Cuéllar ya estaba muerto —dijo Lucía.

—Entonces alguien más sigue dando órdenes.

En el bolsillo lateral de la bolsa apareció una fotografía.

Mi padre.

Manuel Vela.

Más joven que en mis recuerdos.

Sentado en una mesa con Nicolás Navas, Salvador Requena y otros tres hombres.

Fecha escrita detrás:

1989.

Debajo, una frase:

LOS CIMIENTOS.

Me quedé mirando la imagen.

Lucía se acercó.

—Mateo.

—Mi padre estaba dentro.

—No sabemos qué significa la foto.

—Estaba dentro.

—Soria dijo que trabajó para ellos y salió.

—¿Y si no salió?

—Murió once años después.

—¿Y si todo lo que sé de él es tan incompleto como lo que sabía de Álvaro?

Lucía no respondió.

A lo lejos comenzaba a amanecer.

La finca estaba llena de policías, cajas y muertos.

Habíamos encontrado el archivo de una organización que llevaba cuarenta años escondiendo secretos.

Y, entre ellos, estaba mi apellido.

Por primera vez entendí que quizá Julián no me había elegido solo por Álvaro.

Quizá me había elegido porque el caso había empezado antes de que yo supiera quién era.