Los muertos no llaman CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

EL PRECIO DE LA VERDAD

Tomás Cuéllar no existía.

No en bases policiales, registros mercantiles, Seguridad Social, padrón, prensa, redes, colegios profesionales ni archivos judiciales.

Ni siquiera había un muerto con ese nombre que encajara en edad.

—Puede ser un alias —dijo Lucía.

—Gracias, Sherlock.

—No sé por qué sigo ayudándote.

—Por la conversación estimulante.

Darío probó búsquedas históricas, documentos digitalizados y bases filtradas de sociedades offshore. Nada.

Esteban nos había dado una descripción: unos sesenta años, delgado, pelo oscuro cuando lo conoció, acento difícil de ubicar, una cicatriz pequeña en la mano derecha.

Demasiado poco.

—¿Por qué «sin expediente»? —pregunté.

Esteban, ya trasladado a una unidad hospitalaria custodiada, respondió desde la cama.

—Porque la primera vez que pregunté por él, Requena me dijo que dejara de hacerlo. Dijo que había gente a la que el Estado conocía precisamente para no conocerla.

—Eso suena ridículo.

—Y sin embargo estás aquí.

—¿Servicios de inteligencia?

—No lo sé.

—¿Policía secreta?

—No lo sé.

—¿Mercenario?

—No lo sé.

—Sabes muy poco para alguien que mandaba tanto.

—Ese fue mi secreto.

La respuesta me irritó porque probablemente era cierta.

Esteban nos dio una dirección.

Una finca cerca de Toledo donde, según él, se habían reunido miembros de la red hasta 2014. No la urbanización donde conocí a Clara. Otra.

—¿Por qué ahora? —pregunté.

—Porque quiero que protejan a mi hija.

—¿Y si mientes?

—Entonces habré desperdiciado las pocas horas que me quedan.

Isabel consiguió una orden de entrada basándose en la grabación, la documentación financiera y la declaración de Esteban.

El operativo se preparó para la noche siguiente.

Antes, fui a ver a Clara.

La tenían en un piso protegido que olía a muebles de alquiler y café instantáneo. Dos agentes permanecían en la puerta.

Clara estaba sentada junto a una ventana cerrada.

—Esteban ha hablado —dije.

—¿Qué quiere?

—Proteger a su hija.

Clara se quedó inmóvil.

—Alicia.

—La conoce.

—No personalmente. Julián me habló de ella.

—¿Por qué nunca apareció en la empresa?

—Porque su madre era una empleada. Esteban pagó para que se fueran. Alicia cree que su padre murió antes de que ella naciera.

—Romántico.

—Cruel.

—En Esteban suelen coincidir.

Me senté.

—Ha hablado de una lista de ciento trece nombres.

Clara me miró.

—Julián la encontró.

—¿La tiene usted?

—No.

—¿Sabe dónde está?

—No.

—¿Ginebra?

Su expresión cambió.

—¿Qué hay en Ginebra?

—Una caja de Navas.

—No sabía nada.

—Esteban cree que Julián envió la lista fuera del país.

Clara se levantó y caminó hasta la cocina.

—Julián me llamó hace ocho meses. Dijo que había encontrado «el inventario». No utilizó la palabra lista.

—¿Qué quería hacer?

—Entregarlo.

—¿A quién?

—No me lo dijo. Después cambió de opinión. Dijo que primero tenía que comprobar un nombre.

—¿Cuál?

—No lo sé.

—¿Por qué seguimos teniendo conversaciones en las que nadie sabe la parte útil?

Clara me miró.

—Porque las personas que lo sabían están muertas.

—Usted no.

—Todavía.

No era dramatismo. Era una constatación.

—¿Conoció a Tomás Cuéllar?

Clara negó.

—No.

—Esteban dice que dirigía a Valcárcel.

—Valcárcel siempre respondía ante alguien. Lo vi una vez hablando con un hombre en una cena de empresa. No era Esteban.

—Descripción.

—No le vi bien. Estaba al otro lado de un cristal. Delgado, traje oscuro. Recuerdo las manos.

—¿Por qué?

—Tenía una cicatriz en la derecha.

Coincidía.

—¿Cuándo?

—Octubre de 2009.

—Antes del accidente.

—Sí.

—¿Qué hablaban?

—No escuché. Pero Valcárcel parecía… subordinado.

—Eso no es fácil de imaginar.

—Por eso lo recuerdo.

Nos quedamos en silencio.

—¿Está enfadado conmigo? —preguntó Clara.

—Tengo una lista.

—No me refiero a ahora.

Sabía de qué hablaba.

—No sé.

—Irene dice que sí.

—Irene habla demasiado.

—Es profesora.

—Eso dijo.

Clara se sentó enfrente.

—Álvaro murió por volver a por usted.

—Lo sé.

—Y cree que si yo no hubiera existido, él seguiría vivo.

—No he dicho eso.

—No hace falta.

Miré la mesa.

—Durante dieciséis años pensé que murió porque una operación salió mal. Era más fácil.

—¿Fácil?

—Un delincuente, un disparo, mala suerte. Algo que podía odiar sin pensar demasiado.

—Y ahora sabe que eligió volver.

—Sí.

—Eso no fue culpa suya.

—No.

—Ni mía.

La miré.

—No.

Decirlo resultó más difícil de lo esperado.

Clara respiró hondo.

—Yo también pasé años enfadada con usted.

—¿Conmigo?

—Álvaro hablaba de usted constantemente. «Mateo haría esto», «Mateo sabría aquello», «si salimos de esta Mateo se reirá». Cuando murió, pensé que había vuelto por usted y que por eso lo habían matado.

—Así fue.

—No. Volvió porque eligió hacerlo. Tardé mucho en entender la diferencia.

Nos miramos.

Dos personas enfadadas durante dieciséis años con alguien que ya no podía defenderse.

—Qué hombre más molesto —dije.

Clara sonrió.

—Muchísimo.

Fue la primera vez que la vi sonreír de verdad.

Mi teléfono vibró.

Mensaje de Lucía.

Mañana 23:00. Finca. Vienes conmigo. No es negociable.

Le respondí:

¿Quién ha dicho que quería ir?

La respuesta llegó de inmediato.

Te conozco.

Guardé el teléfono.

Clara miró hacia la ventana.

—¿Van a Toledo?

—Sí.

—Tenga cuidado.

—Intento evitarlo. Genera expectativas.

—Mateo.

—¿Sí?

—Si encuentran a Cuéllar, no intente hacer justicia por Álvaro.

—No soy policía.

—Eso es lo que me preocupa.

No contesté.

Porque a mí también.