Los muertos no llaman CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

ESTEBAN LLORENTE

Esteban Llorente no llegó esposado.

Llegó en silla de ruedas, acompañado por dos abogados y un médico.

La imagen habría provocado compasión si no hubiera escuchado su voz en una grabación decidiendo cuánto costaba apartar a un policía para siempre.

Tenía cáncer de páncreas avanzado. Los informes médicos le daban meses, quizá semanas.

—Qué decepción —dijo al verme—. Esperaba que el detective famoso fuera más alto.

—Yo esperaba que el criminal famoso tuviera mejor aspecto.

Uno de sus abogados protestó.

Esteban sonrió.

—Déjelo. El señor Vela lleva dieciséis años practicando esa frase.

La entrevista se celebró en una sala de fiscalía. Isabel dirigía. Lucía estaba a su lado. Yo no tenía derecho a estar allí, pero Esteban había pedido expresamente mi presencia.

Eso me preocupaba.

—¿Conocía a Clara Salcedo? —preguntó Isabel.

—Trabajó para mí.

—¿Ordenó matarla en noviembre de 2009?

—No.

—Tenemos una grabación donde afirma que «la chica no puede hablar».

—La frase puede significar muchas cosas.

—Y «se apartan para siempre».

—Una metáfora desafortunada.

—Tres hombres relacionados con usted han sido asesinados en los últimos días.

—Eso parece indicar que relacionarse conmigo es peligroso.

—César Valcárcel trabajó para usted.

—Como otros cientos de personas.

—¿Le ordenó matar a Julián Orbea?

Esteban no respondió inmediatamente.

Miró hacia mí.

—Julián siempre fue débil.

—Eso no responde —dijo Isabel.

—No le ordené matar a nadie.

—¿Sabía que Valcárcel estaba eliminando testigos?

—No.

—¿Por qué se reunió con Salvador Requena la noche antes de su muerte?

—Éramos amigos.

—¿Y con Elena Orbea?

—Un asunto personal.

—La estaba amenazando con incriminar a su hijo.

Esteban sonrió.

—Eso lo dice ella.

—Tenemos mensajes.

Por primera vez pareció irritado.

—Daniel Orbea cometió delitos financieros. Yo le ofrecí protección.

—A cambio del silencio de su madre.

—A cambio de prudencia.

—Otra metáfora.

Esteban apoyó la cabeza en el respaldo.

—Fiscal, voy a morir. No sé si se ha dado cuenta.

—Eso no extingue los delitos antes de que ocurra.

—Pero cambia los incentivos.

—¿Qué quiere?

—Un acuerdo para mi hija.

No sabíamos que tuviera una hija.

Isabel no mostró sorpresa.

—¿Qué relación tiene ella?

—Ninguna. Y quiero que siga así.

—Nombre.

—Primero el acuerdo.

—No negociamos con información vaga.

Esteban miró hacia mí.

—Mateo sabe cómo funciona esto. ¿Verdad?

—No me metas en tu despedida.

—Tú quieres saber quién mató a tu amigo.

La sala quedó quieta.

—Ya lo sé.

—Sabes quién disparó.

—Valcárcel.

—No sabes quién lo mandó.

—Tú.

Esteban sonrió.

—Eso creía Requena.

—La grabación es clara.

—La grabación muestra que yo quería apartar a Clara. No que ordenara matar a Luna.

—Valcárcel trabajaba para ti.

—Valcárcel trabajaba para quien pagara.

—¿Quién pagó?

Esteban me sostuvo la mirada.

—El Notario.

Lucía se inclinó.

—¿Nicolás Navas?

—En aquel momento, sí.

—¿Navas ordenó matar a Álvaro?

—No exactamente.

—Deje de jugar —dijo Isabel.

—No juego. Ustedes siguen pensando en órdenes sencillas. Una persona manda, otra obedece. Así funcionan las películas, no las redes.

—Explíquelo.

—Después de la falsa muerte de Clara, alguien activó protocolo trece. La red consideró que había una filtración crítica. Navas recibió autorizaciones. La resolución era recuperar los archivos y neutralizar a quien los tuviera.

—¿Neutralizar significa matar?

—Podía significarlo.

—¿Quién decidió que significara eso para Álvaro?

Esteban miró sus manos.

—Valcárcel.

—Conveniente.

—Le dijeron que recuperara las pruebas. Él decidió cómo.

—¿Y usted?

—Yo quería asustarlos. Sacarlos de Madrid. Hacer que Clara entendiera que no podía ganar.

—La grabación no suena así.

—La grabación es una mesa llena de hombres intentando parecer más duros de lo que eran.

—Álvaro murió dos días después.

Esteban se encogió de hombros.

—Y yo llevo dieciséis años sabiendo que una frase puede convertirse en un cadáver aunque no fuera esa tu intención.

Me levanté.

—No te atrevas a convertirte en víctima.

—No lo hago.

—Te beneficiaste de su muerte.

—Sí.

—Tapaste el caso.

—Sí.

—Seguiste haciendo negocios.

—Sí.

—Entonces la intención es un lujo.

Esteban me miró con una especie de curiosidad.

—Te pareces a tu padre.

Noté que Lucía giraba la cabeza.

—¿Lo conociste?

—Poco. Nicolás hablaba de él.

—¿Cuándo?

—Cuando tú entraste en la policía.

—¿Por qué hablaba de mí?

—Porque Requena le dijo que el hijo de Manuel Vela acababa de entrar en el cuerpo.

—¿Y?

—Nicolás respondió: «Vigílalo. Los hijos heredan preguntas».

Sentí náusea.

—¿Me vigilasteis desde la academia?

—No personalmente. No eras importante.

La frase debería haberme tranquilizado.

No lo hizo.

—Hasta que trabajaste con Álvaro —continuó—. Entonces resultó divertido.

—¿Divertido?

—El hijo del contable que había intentado salir de la red y el policía que estaba empezando a descubrirla. Parecía una broma de mal gusto.

—¿Mi padre murió por Navas?

Esteban bajó la vista.

—No lo sé.

—Mientes.

—Esta vez no.

—¿Navas está vivo?

—Sí.

—¿Dónde?

—No lo sé.

—¿Quién es el Notario ahora?

La sonrisa desapareció.

—Eso sí que no lo sé.

—Natalia dice que la función podía pasar a otra persona.

—Natalia sabe más de lo que finge.

—¿Quién dirige la red?

Esteban soltó una risa breve.

—Nadie.

—No me vengas con eso.

—Es la verdad. Ese fue el error de Nicolás. Construyó algo para que sobreviviera a cualquiera. Sociedades, favores, archivos, intermediarios. Después quiso retirarse y descubrió que ya no podía apagarlo.

—¿Entonces quién está ordenando las muertes ahora?

—Valcárcel recibe instrucciones. No sé de quién.

—¿Y Julián?

La cara de Esteban cambió.

—Julián encontró algo hace seis meses.

—¿Qué?

—Una lista.

Recordé a Irene.

—¿Ciento doce nombres?

Esteban levantó la mirada.

—¿Quién te ha dicho eso?

No respondí.

—Ciento trece —dijo él—. La lista completa tenía ciento trece.

—¿Quiénes?

—Personas que habían recibido pagos o prestado servicios desde 1987. Algunos eran testaferros. Otros, cargos públicos. Otros, gente importante.

—¿Y por qué ciento doce?

—Porque alguien había eliminado un nombre de la copia que encontró Julián.

—¿Cuál?

—No lo sé.

—¿Dónde está la lista?

—Julián me dijo que la había enviado fuera de España.

—¿A Clara?

—Quizá.

—¿La caja de Ginebra?

Esteban sonrió.

—Así que Natalia ha hablado.

Isabel intervino.

—Volvamos a su acuerdo.

—Mi hija se llama Alicia Montalbán. Tiene treinta y nueve años. Vive en Valencia. No lleva mi apellido y no sabe quién soy oficialmente.

—¿Por qué estaría en peligro?

—Porque alguien ha empezado a matar a las familias de quienes hablan.

—La hija de Natalia.

—Sí.

—¿Quién se lo dijo?

Esteban miró a la cámara de la sala.

—El mismo hombre que me llamó anoche y me dijo que cerrara la boca.

—¿Valcárcel?

—No.

—¿Navas?

—No.

—¿Quién?

Esteban tragó saliva.

Por primera vez pareció enfermo de algo distinto al cáncer.

—El hombre sin expediente.

—¿Qué significa?

—No tiene nombre en los archivos. Nunca firma. Nunca aparece en reuniones. Valcárcel lo llama «jefe».

—Descripción.

—No lo he visto en quince años.

—¿Quién es?

—Se llamaba Tomás Cuéllar.

Lucía tecleó.

No apareció nada.

—No existe —dijo.

Esteban sonrió sin humor.

—Exacto.