CAPÍTULO 22
ANTES DE TOLEDO
La entrevista con Gabriel Soria se autorizó dos días después.
No porque la fiscalía se moviera rápido, sino porque Soria aceptó hablar en cuanto escuchó el nombre de Nicolás Navas.
Eso fue suficiente para que me dejaran acompañar a Lucía con una condición: yo no haría preguntas sin permiso.
Acepté.
Mentí.
La residencia privada de La Moraleja parecía un hotel pequeño. Jardines impecables, cuadros discretos y empleados que caminaban con la voz baja. Soria ocupaba una habitación amplia con vistas a un estanque.
Tenía noventa y dos años y unos ojos sorprendentemente despiertos.
—Romero —dijo al leer la identificación—. ¿Familia de Antonio Romero?
Lucía se tensó.
—Mi padre.
—Buen policía.
—Gracias.
Me señaló.
—¿Y usted?
—Mateo Vela.
El anciano dejó de sonreír.
—Conocí a su padre.
No esperaba aquella frase.
—¿A mi padre?
—Manuel Vela. Contable.
Sentí algo en el estómago.
—¿De qué lo conocía?
Lucía me miró. La condición acababa de durar treinta segundos.
Soria señaló dos sillas.
—Siéntense. A mi edad las sorpresas cansan más que las escaleras.
Nos sentamos.
—¿Nicolás Navas está vivo? —preguntó Lucía.
—Probablemente.
—¿Lo sabe o lo supone?
—Con Nicolás siempre fue difícil distinguirlo.
—¿Era el Notario?
Soria sonrió.
—Así que han llegado hasta ese nombre.
—¿Era él?
—Durante un tiempo.
—¿Qué era el Notario?
Soria miró el estanque.
—Una respuesta a un problema antiguo. En los años ochenta y noventa mucha gente poderosa hacía negocios que no podía firmar.
Pactos entre empresarios, financiación política, comisiones, compras de suelo.
Los acuerdos verbales funcionan hasta que aparece dinero suficiente. Entonces todos quieren una garantía.
—El Notario guardaba pruebas.
—Copias. Cartas. Grabaciones. Documentos. Cada parte sabía que traicionar el acuerdo significaba exponerse.
—Extorsión institucionalizada.
—Mutua disuasión.
—Suena mejor cuando lo dice usted.
Soria me miró.
—Su padre tenía el mismo defecto.
—¿Cuál?
—Creer que cambiar la palabra cambia la cosa.
—No recuerdo que fuera filósofo.
—Era contable. Los contables saben que una cifra sigue siendo una cifra aunque la llame provisión.
—¿Trabajó para Navas?
—Para su padre primero. Después para Nicolás.
—¿En qué?
—Sociedades. Contabilidad. Fiscalidad.
—¿Ilegal?
Soria no respondió.
—Mi padre murió en 2000 —dije—. ¿Qué tiene que ver con operaciones de 2009?
—Nada directamente.
—Eso no me tranquiliza.
—A finales de los ochenta Manuel descubrió que algunas cuentas no eran solo evasión fiscal. Había fondos destinados a pagos políticos y policiales.
—¿Requena?
—Era un joven inspector entonces.
Lucía y yo nos miramos.
—¿Mi padre conocía a Requena?
—Sí.
—Nunca me lo dijo.
—Quizá quería que usted tuviera la oportunidad de ser policía sin heredar sus miedos.
Aquella frase se parecía demasiado a otras.
—Todo el mundo parece haber dedicado su vida a protegerme de información.
—Entonces debe de ser usted muy importante.
—No lo soy.
Soria sonrió.
—Eso probablemente lo salvó.
Lucía retomó.
—¿Qué es N13?
El anciano dejó de sonreír.
—¿Dónde han visto eso?
—No puedo decírselo.
—Entonces yo tampoco puedo ayudar.
—Señor Soria.
—N13 no era un nivel ordinario.
—Natalia Navas dice que era autorización máxima.
—Natalia sabe una parte.
—¿Cuál falta?
Soria respiró con dificultad. Esperamos.
—El trece no significaba nivel trece. Significaba trece firmas.
El silencio fue absoluto.
—¿Trece personas? —pregunté.
—Sí.
—¿Para cada operación?
—Para las que podían comprometer al sistema entero.
—¿Una junta?
—Nunca se reunían todos. Cada uno autorizaba por separado. Navas recibía las confirmaciones.
—¿Quiénes eran?
—No lo sé completo.
—Usted formaba parte.
Soria me sostuvo la mirada.
—Durante cuatro años.
Lucía se inclinó hacia delante.
—¿Qué autorizó?
—Operaciones financieras. No asesinatos.
—La orden contra Clara lleva N13.
La piel del anciano pareció perder color.
—Eso no era posible.
—Lo fue.
—El protocolo prohibía violencia.
—Parece que el protocolo tenía poca autoridad moral.
Soria no reaccionó.
—¿Quién podía convocar trece firmas? —preguntó Lucía.
—El Notario.
—¿Navas?
—Sí, en 2009.
—Entonces él pidió la aprobación para matar a Clara.
—Si el registro es auténtico.
—Lo es.
Soria cerró los ojos.
—Nicolás me dijo que la operación era para «neutralizar una exposición».
—¿Usted firmó?
Tardó en responder.
—Sí.
Me levanté.
Lucía me agarró de la muñeca.
—Mateo.
—Este hombre firmó una autorización que terminó con una orden de asesinato.
Soria abrió los ojos.
—Yo no sabía que significaba eso.
—Esa frase tiene demasiados propietarios.
—Creí que comprarían su silencio, destruirían documentos, la sacarían de la empresa.
—Y nunca preguntó.
—No.
—Entonces no fue engañado. Eligió no saber.
Soria no discutió.
—¿Quiénes eran los otros doce? —preguntó Lucía.
—Puedo dar seis nombres. Los demás utilizaban representantes.
Empezó a enumerar.
Dos empresarios ya fallecidos.
Un banquero retirado.
Un antiguo alto cargo.
Nicolás Navas.
Y Esteban Llorente.
—Esteban era una de las firmas —dije.
—Sí.
—¿Requena?
—No. Requena era operativo, no miembro.
—¿Valcárcel?
—Ni siquiera sabía que existía hasta después.
—¿Y el nivel trece después de 2012?
Soria negó.
—Dejé de participar en 2011.
—¿Por qué?
—Porque empezaron a ocurrir cosas que no estaban en las reglas.
—Álvaro.
—Sí.
Me quedé inmóvil.
—¿Sabía de su muerte?
—Supe después que estaba relacionada.
—¿Y siguió callado?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque era cobarde.
Lo dijo sin excusa.
A veces una confesión sincera es más difícil de odiar que una mentira.
—¿Nicolás Navas ordenó matar a Álvaro?
—No lo sé.
—¿Quién podría saberlo?
—Esteban.
—Está protegido por abogados y medio muerto.
—Entonces pregúntele antes de que complete la segunda parte.
—¿Qué segunda parte?
Soria me miró.
—Morirse.
Cuando nos levantábamos, el anciano volvió a hablar.
—Señor Vela.
—¿Sí?
—Su padre salió de la red.
—¿Qué significa?
—En 1989. Se negó a seguir trabajando. Nicolás quería asustarlo. Requena era el contacto policial. Yo intervine para que lo dejaran marchar.
—¿Por qué?
—Porque Manuel me había salvado antes de una investigación fiscal.
—¿Y después?
—Nunca volví a verlo.
—Murió de un infarto once años más tarde.
Soria guardó silencio.
—¿Cree que lo mataron?
—No tengo pruebas.
—No le he preguntado eso.
El anciano miró sus manos.
—Nicolás no olvidaba las deudas.
Salimos de la residencia con seis nombres y una historia que acababa de empezar veinte años antes de Clara.
En el coche, Lucía no arrancó.
—¿Estás bien?
—No.
—Respuesta sorprendentemente sana.
—Mi padre conocía a Requena.
—Sí.
—Y Navas.
—Sí.
—Y nadie me lo dijo.
Lucía apoyó las manos en el volante.
—No conviertas todo en una conspiración para ocultarte cosas.
—Está empezando a necesitar mucho esfuerzo no hacerlo.
—Tu padre murió en 2000. Puede ser solo lo que dice el certificado.
—Un infarto.
—Sí.
—Como el médico del certificado de Navas.
Lucía me miró.
—Eso no tiene relación.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—No.
Arrancó.
—Primero Esteban.
—Primero Esteban.
Teníamos una orden para interrogarlo como investigado por asociación ilícita, corrupción y encubrimiento. No todavía por los asesinatos.
Eso cambiaría pronto.
Pero antes de Toledo, antes de Clara, antes de Álvaro, antes incluso de mí, había existido una red que llevaba décadas aprendiendo a sobrevivir.
Y las redes viejas desarrollan una cualidad peligrosa.
Dejan de necesitar a quienes las crearon.