Los muertos no llaman CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

NADIE POR ENCIMA

La frase de Natalia se quedó en la sala mucho después de que ella se marchara.

Nivel trece.

No una persona.

Una autorización.

Durante años habíamos estado intentando encontrar un rostro detrás de una letra cuando quizá la letra no representaba a nadie.

—¿Qué había por encima del once? —preguntó Lucía antes de que Natalia se levantara.

—Nunca lo vi —respondió ella—. Mi padre decía que había operaciones que no podía aprobar. En los documentos internos se marcaban con N12 o N13.

—¿Qué diferencia había?

—Importe, exposición, personas implicadas. Nivel once podía autorizar pagos y estructuras. Doce incluía protección institucional. Trece…

—¿Qué?

—No lo sé. Mi padre decía que, cuando aparecía trece, nadie preguntaba.

—Todo el mundo pregunta —dije.

—Por eso usted sigue metiéndose en problemas.

No lo dijo como reproche.

Después de que se fuera, Lucía llamó a Isabel Martín. La fiscal escuchó en silencio y pidió que Natalia quedara bajo protección discreta.

—¿Y la caja de Ginebra? —pregunté.

—Necesitaremos cooperación judicial.

—Eso puede tardar semanas.

—La ley tiene esa mala costumbre de necesitar trámites.

—Los asesinos son más ágiles.

—Por eso no suelen tener pensión.

La respuesta me hizo sonreír.

Lucía no.

Seguía afectada por Ortega. No lo decía, pero se notaba en la forma en que revisaba dos veces cada mensaje antes de enviarlo.

—¿Qué vas a hacer con él? —pregunté.

—No es mi caso. Asuntos Internos se ocupa.

—Eso no responde.

—Voy a declarar todo lo que sé y después intentaré no pensar en que durante once años le conté cosas que quizá llegaban a Valcárcel antes que a mi jefe de guardia.

—No podías saberlo.

Me miró.

—¿Ves? Ahora eres tú quien intenta protegerme con frases inútiles.

Tenía razón.

—Es contagioso.

Volvimos al despacho de la fiscalía.

Darío había preparado un mapa de relaciones a partir del archivo descifrado. En una pantalla aparecían sociedades como nodos conectados por líneas. Decenas de nombres, cuentas, operaciones y fechas.

No parecía una empresa criminal.

Parecía un sistema circulatorio.

—He cruzado los códigos de autorización —explicó Darío—. N9 y N10 aparecen en operaciones pequeñas. N11, en pagos superiores a un millón o cuando hay cargos públicos relevantes. N12, en seis operaciones. N13, en cuatro.

—¿Cuáles? —preguntó Isabel.

Darío amplió.

Primera: compra de terrenos en 2007 vinculada a una gran recalificación.

Segunda: adquisición de una participación bancaria en 2008.

Tercera: transferencia de cuarenta millones a una estructura panameña en 2009.

Cuarta: «Operación C.S.», noviembre de 2009.

Clara Salcedo.

—Su asesinato —dije.

—Su intento de asesinato —corrigió Lucía.

—Eso significa que matar a Clara necesitó nivel trece.

—O que lo que representaba Clara lo necesitaba —dijo Isabel.

Darío abrió el registro asociado.

No había cantidad.

Solo tres campos.

Riesgo: crítico.

Exposición: integral.

Resolución: definitiva.

Debajo, aprobación N13.

—¿Quién podía asignar ese nivel? —pregunté.

Darío se encogió de hombros.

—El archivo no contiene usuarios, solo códigos. Pero hay una pista: cada aprobación genera una firma hash distinta. Si encontramos más documentos con N13 podemos saber si fueron aprobados por la misma llave digital.

—¿La operación de Clara y las otras tres tienen la misma?

—Dos sí. Una no. La de Clara coincide con la compra bancaria.

—Entonces al menos dos personas podían autorizar nivel trece.

—O una cambió de llave.

—Qué reconfortante.

Isabel señaló la operación bancaria.

—¿Qué banco?

Darío abrió la ficha.

Una caja regional absorbida años después por otra entidad. La compra nunca se había hecho directamente. Varias sociedades habían tomado posiciones a través de fondos.

Uno de los asesores jurídicos externos era Navas & Asociados.

Otro nombre aparecía como representante institucional: Gabriel Soria de la Vega .

Lucía frunció el ceño.

—Ese nombre me suena.

A mí también.

Soria había sido secretario de Estado a finales de los noventa, después consejero de varias empresas y miembro de consejos de administración. Llevaba una década retirado.

—¿Sigue vivo? —pregunté.

—Noventa y dos años —dijo Darío tras buscar—. Residencia privada en La Moraleja.

—¿Relación con Navas?

—Coincidieron en tres consejos.

—¿Y con Requena?

Lucía buscó.

—Soria fue quien firmó su ascenso a una unidad especial en 1996.

Nos miramos.

El pasado seguía retrocediendo.

—Quiero hablar con él —dije.

—No —respondieron Lucía e Isabel al mismo tiempo.

—Eso ha sido bonito.

Isabel ignoró el comentario.

—Soria es una persona de noventa y dos años con posibles conexiones institucionales. No vas a presentarte en su residencia a enseñarle fotografías.

—¿Por qué no?

—Porque esta investigación ya ha producido cuatro muertos.

—Tres recientes y uno reabierto.

—Gracias por llevar la contabilidad.

Lucía se puso de pie.

—Yo puedo pedir una entrevista formal.

—Y para cuando llegue la autorización alguien habrá llamado a su habitación.

—Mateo.

—No digo que vaya a ir.

—Eso significa exactamente que vas a ir.

No fui.

Al menos no ese día.

Primero visité a Irene en el hospital.

Estaba sentada en la cama con una venda en la cabeza y un policía en la puerta.

—Me han dicho que soy una testigo protegida —dijo—. Siempre pensé que sería más emocionante.

—La comida empeora en la parte emocionante.

—¿Clara está bien?

—Sí.

—¿La ha visto?

—Sí.

Irene observó mi cara.

—Y ha descubierto lo de Lucía.

—También.

—¿Está enfadado?

—Estoy desarrollando una colección.

Sonrió.

—Álvaro decía que su peor defecto era guardar el enfado hasta que podía utilizarlo.

—Álvaro hablaba demasiado.

—No con usted, por lo visto.

No contesté.

Irene miró la ventana.

—Valcárcel no me hizo daño de verdad.

—La secuestró.

—Me golpeó cuando intenté escapar, sí. Pero después fue… extraño.

—¿En qué sentido?

—Parecía más nervioso que yo.

—No es fácil secuestrar con profesionalidad.

—No. Quiero decir que recibía órdenes constantemente. Dos llamadas. En la primera discutió con alguien.

—¿Qué dijo?

Irene cerró los ojos intentando recordar.

—«No estaba acordado». Y después: «Yo limpio, no negocio».

—¿Algo más?

—En la segunda llamó a la persona «señor». Le dijo: «Llorente está perdiendo el control».

—¿Podría ser Navas?

—No escuché el nombre.

—¿Voz?

—No. Solo a Valcárcel.

—¿Y por qué la dejó en la clínica?

—Le ordenaron que no me matara.

Eso importaba.

—¿Está segura?

—Lo oí decir: «Entonces la dejo viva, pero esto se acaba». Después colgó y me miró como si yo fuera un recibo pendiente.

—¿Le dijo algo?

—Sí.

Irene tragó saliva.

—«Tu hermana cree que la protege una lista. La lista es precisamente lo que va a matarla».

—¿Qué lista?

—No sé.

Pensé en el archivo descifrado.

—¿Clara mencionó alguna vez una lista de nombres?

—Sí. Una vez. Antes del accidente. Dijo que había ciento y pico personas conectadas a las operaciones y que no sabía cuáles eran cómplices y cuáles simples intermediarios.

—¿Cuántas?

—No recuerdo. Ciento diez, ciento veinte.

—¿Ciento doce?

Irene me miró.

—Puede.

No sabía por qué aquel número me vino a la cabeza.

Quizá lo había visto en alguna hoja.

O quizá el cansancio empezaba a escribir por su cuenta.

Antes de irme, Irene me llamó.

—Mateo.

—¿Sí?

—Clara no huyó porque fuera cobarde.

—No he dicho eso.

—Lo piensa a veces.

Me sorprendió.

—No la conozco lo suficiente para pensar eso.

—La conoce a través de Álvaro. Es peor.

—¿Qué quiere decir?

—Que usted está enfadado con ella por haber sobrevivido a algo que él no sobrevivió.

Me quedé quieto.

Irene se encogió de hombros.

—Soy profesora. Nos pagan poco, pero observamos mucho.

Salí sin responder.

Aquella noche, en casa, abrí una cerveza y no la bebí.

Pensé en Clara viviendo diecisiete años con nombres prestados.

En Álvaro muerto a los treinta y cinco.

En Lucía cargando una promesa que ya no servía a nadie.

Y en un código, N13, que parecía estar por encima de todos.

Pero las estructuras no aprietan gatillos.

Las personas sí.

Alguien había autorizado que Clara dejara de existir.

Y alguien seguía vivo para recordar por qué.