CAPÍTULO 20
EL NOMbrE PRESTADO
Natalia Navas de la Vega tenía un despacho cerca de Colón.
Elegante, discreto y lleno de madera oscura. La clase de sitio donde los clientes pagan por la sensación de que sus problemas fiscales son demasiado sofisticados para llamarse problemas.
Natalia tenía cincuenta años, pelo corto, voz baja y la postura de alguien acostumbrado a que los demás esperen a que termine de hablar.
En la solapa llevaba un alfiler con forma de balanza.
Sentí un pequeño escalofrío.
—Mi padre murió hace catorce años —dijo.
—En Panamá —respondió Lucía.
—Sí.
—¿Fue al funeral?
—No hubo funeral.
—¿Vio el cuerpo?
Natalia dejó la pluma sobre la mesa.
—¿Qué clase de investigación es esta?
—Una sobre gente que muere sin que nadie vea el cadáver —dije—. Empiezo a pensar que es una tradición familiar.
Lucía me lanzó una mirada.
—Señora Navas, necesitamos saber si su padre tuvo relación con Grupo Llorente Orbea.
—Asesoró a muchas empresas.
—¿Y con Salvador Requena?
La mano de Natalia se quedó quieta.
—No lo sé.
—¿César Valcárcel?
—No.
—¿Clara Salcedo?
Nada.
Demasiado nada.
—Conocía a Clara —dije.
Natalia me miró.
—He dicho que no.
—No. Ha dicho que no a Valcárcel. A Clara no ha respondido.
Lucía volvió a mirarme. Esta vez significaba «déjame trabajar».
No la obedecí.
Saqué la fotografía del restaurante.
—¿Este hombre es su padre?
Natalia no miró la imagen.
Miró la puerta.
—La entrevista ha terminado.
—Su padre está vivo.
Se levantó.
—Fuera.
—Y sabe que estamos cerca.
—Fuera.
Un empleado nos acompañó hasta el ascensor.
Cuando las puertas se cerraron, Lucía me golpeó el brazo.
—¿Qué parte de «entrevista voluntaria» no entiendes?
—La parte voluntaria.
—La has asustado.
—Era la idea.
—La idea era que hablara.
—Hablará con alguien.
Lucía se quedó quieta.
—Has venido con seguimiento preparado.
—Aprendo de los buenos ejemplos.
—Te odio un poco.
—Eso significa que funciona.
Dos agentes de paisano siguieron a Natalia cuando salió del despacho una hora después.
No volvió a casa.
Condujo hasta un aparcamiento privado en Arturo Soria. Dejó el coche y subió a otro vehículo, un Volvo oscuro conducido por un hombre de unos sesenta años.
Los agentes mantuvieron distancia.
El Volvo salió de Madrid hacia la A-1.
Después de treinta kilómetros tomó una carretera secundaria y terminó en una finca cerca de Soto del Real.
La propiedad pertenecía a una sociedad llamada El Encinar Viejo.
Administrador: una mujer de ochenta y tres años residente en Valencia.
Beneficiario real, según datos bancarios recientes: una fundación panameña.
Horizonte Cívico.
—Qué original —dije.
Lucía pidió vigilancia sin intervención. No teníamos orden para entrar.
Natalia permaneció dentro dos horas.
Al salir llevaba el mismo bolso, pero caminaba más deprisa.
El conductor del Volvo no salió.
—¿Tenemos foto? —pregunté.
Un agente envió una imagen tomada desde lejos.
Hombre mayor.
Pelo blanco.
Gafas.
No era suficientemente nítida para identificación.
—Puede ser Navas —dije.
—Puede ser medio club de golf de Madrid.
—Tu romanticismo me conmueve.
Esa noche ocurrió algo inesperado.
Natalia llamó a Lucía.
—Quiero hablar —dijo—. Pero no en una comisaría.
Quedamos en una cafetería de hotel cerca del aeropuerto. Eligió una mesa alejada de ventanas y dejó el móvil apagado dentro de una bolsa metálica.
—Mi padre no murió en 2012 —dijo sin preámbulos.
Lucía no mostró reacción.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—Lo visitó esta tarde.
Natalia me miró con cansancio.
—No. Visité a alguien que trabaja para él.
—¿Quién?
—Mi tío, Enrique Navas.
—No aparece en las sociedades.
—Porque lleva veinte años viviendo bajo otro apellido.
—¿Por qué?
Natalia tragó saliva.
—Mi familia lleva generaciones prestándose nombres.
—Eso necesita explicación.
—Mi abuelo montó empresas durante el franquismo. Después de la Transición algunas actividades podían ser problemáticas. Se utilizaron testaferros, sociedades, cambios de identidad en el extranjero. Mi padre heredó la estructura y la modernizó.
—¿Para qué?
—Para clientes que necesitaban discreción.
—Sobornos.
—Entre otras cosas.
—¿Asesinatos?
Natalia cerró los ojos.
—No mientras yo estuve dentro.
—¿Estuvo dentro?
—Trabajé para mi padre hasta 2005. Cuando entendí de dónde salía parte del dinero, me fui.
—Pero su fundación siguió pagando dominios y propiedades.
—Porque me dejó el control legal de una parte. Creí que podía separar lo limpio de lo sucio.
—Todo el mundo en esta historia cree que puede hacer eso —dije.
—Y todos se equivocan.
No sonó defensiva.
Sonó cansada.
—¿Nicolás Navas está vivo? —preguntó Lucía.
—Sí.
—¿Dónde?
—Se mueve entre Portugal y España. A veces usa el nombre de su hermano. A veces otros.
—¿Es el Notario?
Natalia tardó en responder.
—Ese apodo existía antes de él.
—¿Qué significa?
—No era una persona al principio. Era una función.
—Explíquelo.
—Alguien que certificaba acuerdos que no podían firmarse. Guardaba copias, garantías, cartas de compromiso. Si una parte traicionaba a otra, el Notario podía destruirla.
—Una aseguradora criminal.
—Algo así.
—¿Y su padre ocupó ese papel?
—Durante años.
—¿Lo sigue ocupando?
Natalia miró hacia el vestíbulo.
—No lo sé.
—¿Quién entonces?
—Eso es lo que me da miedo.
Sacó una llave del bolso y la puso sobre la mesa.
—Mi padre me dejó esto en 2012, cuando fingió su muerte. Dijo que si alguna vez venían a preguntarme por Clara Salcedo, tenía que abrir una caja.
—¿Dónde?
—Banco privado. Ginebra.
—¿Qué contiene?
—No lo sé.
—¿Y por qué nos lo da ahora?
Natalia me miró.
—Porque esta mañana alguien intentó matar a mi hija.
El ruido de la cafetería pareció bajar de volumen.
—¿Cómo? —preguntó Lucía.
—Le manipularon los frenos. Está bien. Condujo despacio y chocó contra un guardarraíl.
—¿Ha denunciado?
—No.
—¿Por qué?
—Porque sé quién manda cuando la policía llega a mi casa.
Lucía no se ofendió.
Tenía demasiados motivos para no hacerlo.
Natalia empujó la llave hacia nosotros.
—Mi padre construyó algo que no supo destruir. Si todavía está vivo, quizá lleve años escondiéndose de la misma gente que ustedes buscan.
—O dirigiéndola —dije.
—Sí.
No intentó defenderlo.
—Pero hay una cosa que deben saber.
—¿Cuál?
—N13 no es Nicolás Navas.
—¿Entonces?
—Era un código de autorización.
—¿De quién?
Natalia negó.
—No de quién.
Nos miró a ambos.
—De cuántos.
—No entiendo.
—Nivel trece. La máxima autorización interna. Mi padre solo tenía nivel once.
El fantasma acababa de hacerse más grande.