CAPÍTULO 19
EL DISCO CIFRADO
Valcárcel no apareció en mi despacho.
Eso habría sido demasiado fácil.
En lugar de eso recibí un paquete sin remitente.
Dentro había una bala y una fotografía de Clara entrando en la iglesia.
En el reverso:
LA PRÓXIMA NO SERÁ PARA UNA PARED.
Lucía quiso trasladarme a un lugar seguro.
—No.
—No te lo estoy preguntando.
—Entonces vas a tener que detenerme.
—No me tientes.
—Clara está protegida. Irene también. Valcárcel ya no necesita seguirme para encontrarlas.
—Te necesita para algo.
—La grabación.
—O el disco cifrado.
Clara había entregado el segundo disco a la fiscalía, pero una copia forense estaba disponible. Oficialmente nadie había conseguido abrirlo.
Oficialmente.
Yo conocía a alguien que disfrutaba precisamente de las cosas que oficialmente no podían hacerse.
Darío Zamora trabajaba en un coworking de Arganzuela, entre una empresa de drones y dos diseñadores que parecían vivir de beber kombucha.
Había sido experto en ciberseguridad de un banco hasta que descubrió que odiaba los bancos más de lo que le gustaba el sueldo.
—¿Qué es? —preguntó.
—Un archivo viejo.
—Eso ya lo veo.
—Quiero saber si puede abrirse.
—Todo puede abrirse. La pregunta es cuánto cuesta y cuánto tarda.
—No tengo mucho de ninguna de las dos cosas.
—Entonces será divertido.
No le di el original. Le llevé una copia autorizada por Isabel, aunque Lucía fingió durante seis minutos que aquello no le gustaba.
El archivo estaba protegido con un cifrado antiguo pero sólido.
Darío encontró metadatos de 2010 y un nombre de usuario: N13.
—¿Te suena?
—No.
—Hay una pista embebida.
En la pantalla apareció una cadena:
17061910-ML
—Una fecha —dije.
—O una contraseña muy fea.
17 de junio de 1910 no significaba nada.
17-06 sí.
La fotografía del restaurante estaba fechada el 17 de junio de 2010.
—Prueba 17062010.
Nada.
—¿ML? —preguntó Darío.
—Iniciales.
—Mateo Luna.
—No.
—¿Quién es Luna?
—Nadie.
—Tus secretos están empezando a cobrar tarifa premium.
Probamos Álvaro Luna, Mateo Vela, Clara Salcedo, Esteban Llorente.
Nada.
Darío amplió los metadatos.
—Espera. El archivo fue modificado por última vez el 17 de junio de 2010 a las 19:10.
19:10.
No 1910.
—Prueba la hora como parte de la clave.
—¿Con ML?
Pensé.
—Méndez-López.
—¿Quién?
—El restaurante de la foto estaba en la calle Méndez López. Cerró hace años.
—Eres insoportable cuando tienes razón.
—Es mi mejor momento.
Darío escribió combinaciones.
La cuarta funcionó.
Acceso concedido.
Dentro había una hoja de cálculo con cientos de filas.
Pagos.
Conceptos.
Cuentas.
Sociedades.
Y una columna que no aparecía en ningún documento anterior: APROBACIÓN .
Las celdas contenían códigos.
N13.
N13.
N13.
Casi todas.
—Ese es tu fantasma —dijo Darío.
—Necesito saber quién es.
—Esto no lo dice.
Había una pestaña adicional llamada AGENDA .
La abrimos.
Doce reuniones.
Fechas, lugares, asistentes abreviados.
En la del 17 de junio de 2010 figuraban:
E.L.
S.R.
C.V.
R.T.
N.
Cinco personas.
La fotografía mostraba solo a tres.
—N estuvo allí —dije.
—¿Y quién hizo la foto?
—Clara.
—Entonces quizá la cámara captó más de lo que vio.
Abrí la copia digital de la imagen y amplié el cristal del restaurante.
En el reflejo aparecía una silueta.
Traje oscuro.
Pelo blanco.
Un alfiler en la solapa.
Darío mejoró contraste y nitidez sin inventar información.
El rostro seguía borroso.
El alfiler tenía forma de balanza.
—¿Juez? —preguntó.
—O alguien al que le gusta que lo confundan con uno.
Guardé la imagen.
Darío siguió revisando.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—El archivo tiene una rutina de borrado programada.
—¿Para cuándo?
—Hace dieciséis años.
—No se ejecutó.
—Necesitaba conectarse a un servidor que ya no existe. Pero la dirección sigue en los metadatos.
Me mostró un dominio.
navas-asociados.es
—Nicolás Navas.
—¿Tu hombre?
—Uno de ellos.
Darío abrió registros archivados del dominio que la fiscalía había obtenido.
Navas & Asociados.
Asesoría jurídica y patrimonial.
Socio fundador: Nicolás Navas Cortés.
Notario excedente.
Fallecido en 2012 en Panamá.
—Otra vez un muerto —dijo Darío.
—Es un sector con mucha rotación.
La esquela de Navas era escueta. Sin funeral público. Sin lugar de entierro. Solo «la familia ruega una oración».
Busqué registros de cremación.
Nada en España.
Certificado de defunción emitido por el consulado en Panamá.
—¿Puedes comprobar el documento?
—Yo no. Tu amiga policía sí.
Llamé a Lucía.
—Necesito verificar una muerte.
—No me digas que has encontrado otro cadáver.
—Al contrario. Quizá he perdido uno.
Le expliqué.
—Te llamo.
Tardó cuarenta minutos.
Durante ese tiempo Darío encontró una copia archivada del sitio web de Navas & Asociados de 2011.
Fotografía del equipo.
Nicolás Navas aparecía en el centro.
Setenta y pocos años. Cabello blanco. Cara estrecha.
En la solapa, una balanza.
Lucía llamó.
—La certificación consular existe.
—¿Auténtica?
—El formulario, sí. La firma del médico no.
—¿Por qué?
—Porque ese médico murió nueve meses antes que Navas.
Miré la fotografía de la web.
—Entonces Nicolás Navas falsificó su muerte.
—O alguien lo hizo por él.
—Como Clara.
—Sí.
Darío señaló otra ventana.
—Hay más. El dominio de Navas & Asociados siguió renovándose hasta 2018 con una tarjeta empresarial de una fundación.
—¿Cuál?
—Horizonte Cívico.
Lucía buscó mientras hablábamos.
—Patronato actual: Natalia Navas de la Vega.
—¿Hija?
—Sí. Cincuenta años. Asesora fiscal. Vive en Madrid.
—Voy a verla.
—No vas a ninguna parte sin mí.
Miré a Darío.
—Me controlan mucho.
—Eso te pasa por tener amigos.
—No exageremos.