Los muertos no llaman CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

VELA & LUNA

La orden de detención contra Esteban Llorente se preparó en secreto.

Eso duró cuatro horas.

La filtración no solo existía.

Estaba sentada lo bastante cerca de nosotros para escuchar el papel moverse.

La fiscal Isabel Martín decidió cambiar de estrategia.

—No vamos a detenerlo todavía —dijo.

Estábamos en una sala sin ventanas del complejo policial. Clara ya había sido trasladada a un lugar protegido. Irene seguía ingresada, custodiada.

—¿Por qué? —preguntó Lucía.

—Porque si el topo sabe que vamos a detenerlo, también sabe qué pruebas tenemos. Quiero darle información falsa y ver por dónde sale.

Me gustó inmediatamente.

Eso suele ser una mala señal.

—¿Qué información? —pregunté.

La fiscal me miró.

—Que la grabación tiene una segunda copia.

—No la tiene.

—Precisamente.

—¿Dónde supuestamente?

—En tu despacho.

Lucía negó.

—Demasiado peligroso.

—Valcárcel ya ha entrado una vez —dije.

—No sabemos que fuera él.

—Mejor. Si alguien intenta volver, sabremos que la filtración recibió el dato.

—Y tú no estarás allí.

—Eso reduce bastante la utilidad.

—Mateo.

Isabel levantó una mano.

—No quiero héroes. Quiero cámaras, vigilancia y una trampa limpia.

—La expresión «trampa limpia» es optimista.

El plan se montó en tres horas.

Solo cinco personas conocían la información falsa: Isabel, Lucía, un inspector de Asuntos Internos, un técnico y yo. Luego cada una se la comunicaría a un sospechoso distinto de forma controlada.

El técnico de la iglesia recibiría que la copia estaba en una caja fuerte bancaria.

Uno de los agentes de Económicos, que se guardaba en un trastero de mi despacho.

El segundo agente, que Clara la había entregado a un periodista.

Padre Tomás, que seguía en la iglesia.

Y un superior de Lucía recibiría la versión real del señuelo: mi despacho.

—¿Por qué tu superior? —pregunté.

—Porque es quien más acceso ha tenido a todas las diligencias.

—¿Confías en él?

—Hasta ayer.

A medianoche me instalé en el piso vacío de enfrente con Lucía y dos agentes de Asuntos Internos.

Mi despacho permanecía oscuro.

Una cámara apuntaba a la puerta. Otra, al portal.

Esperamos.

La vigilancia es paciencia con mala postura.

A la una, nada.

A las dos, un vecino sacó un perro.

A las dos y media, una pareja discutió durante veinte minutos en la calle.

A las tres y siete apareció un hombre.

No Valcárcel.

Cuarenta años, gorra, chaqueta de reparto.

Entró al portal con una llave.

—Ese no es vecino —dije.

Lucía miró la imagen ampliada.

—No.

El hombre subió.

Forzó la cerradura de mi despacho con una herramienta fina.

Entró.

Los agentes se movieron.

—Esperad —dijo Lucía.

—¿A qué?

—A que toque el señuelo.

Dentro habíamos dejado una caja metálica con un localizador y una carpeta vacía.

La cámara interior mostró al hombre abrir dos cajones, ir directamente a la estantería y sacar la caja.

—Ahora.

Los agentes cruzaron la calle.

El hombre salió del despacho y bajó corriendo.

No llegó al portal.

Lo detuvieron en el primer descansillo.

Se llamaba Rubén Ledesma.

No era policía.

Era conserje nocturno en un edificio de oficinas.

Tenía antecedentes por robos y una deuda de juego considerable.

—¿Quién te pagó? —preguntó Lucía en una sala de entrevistas.

Rubén se encogió de hombros.

—No sé de qué habla.

—Entraste en un despacho a las tres de la mañana y fuiste directo a una caja concreta.

—Me dijeron que había dinero.

—¿Quién?

—Un tipo.

—Nombre.

—No sé.

—¿Cómo contactó?

—Telegram.

—¿Qué usuario?

—Borró la cuenta.

—¿Pago?

—Cripto.

—Muy moderno para robar una caja de metal —dije.

Rubén me miró.

—¿Quién es este?

—El dueño del despacho —dijo Lucía.

—Pues debería poner una alarma mejor.

—Lo pensaré en tu reseña.

Asuntos Internos clonó su teléfono.

Los mensajes estaban borrados, pero había capturas de pantalla que Rubén había guardado para protegerse. En una aparecía la instrucción recibida:

SEGUNDO PISO. VELA & LUNA. CAJA GRIS DETRÁS DE ARCHIVADOR. 20.000 SI TRAES TARJETA.

—Solo una persona recibió la versión del despacho —dijo Lucía.

Su voz había cambiado.

—Tu superior.

—Comisario Ortega.

Conocía a Antonio Ortega desde hacía años. Había trabajado con Requena de joven. No había nada llamativo en su expediente. Eso ya empezaba a resultarme sospechoso.

—¿Lo detenéis?

—No todavía.

—¿Por qué?

—Porque pudo repetir la información a otra persona por una razón legítima.

—¿A las tres de la mañana?

—Mateo.

—La palabra «probablemente» te ha vuelto a poseer.

Lucía llamó a Asuntos Internos.

Ortega fue puesto bajo vigilancia sin saberlo.

A las ocho de la mañana salió de casa y condujo hasta un aparcamiento subterráneo de Nuevos Ministerios.

Allí se reunió con César Valcárcel.

La fotografía llegó al teléfono de Lucía mientras desayunábamos en un bar.

Los dos hombres junto a un coche.

Valcárcel entregando un sobre.

Ortega guardándolo dentro de la chaqueta.

Lucía dejó el móvil sobre la mesa.

—Hijo de puta.

No dije nada.

Ella había trabajado once años bajo Ortega.

A veces la traición duele más cuando confirma algo que nunca quisiste sospechar.

—¿Qué hacemos? —pregunté.

—Lo detenemos.

—¿Y Valcárcel?

—Lo seguimos.

No funcionó.

Ortega vio a uno de los agentes demasiado pronto.

Corrió hacia su coche.

La persecución duró cuarenta segundos y terminó contra una columna del aparcamiento.

Valcárcel escapó por una salida peatonal.

Ortega sobrevivió con una fractura de muñeca.

En su bolsillo llevaba quince mil euros y una nota.

UBICACIÓN CLARA. ÚLTIMO PAGO.

En el teléfono había mensajes borrados y una fotografía enviada la noche anterior.

Clara entrando en la iglesia.

—Él filtró todo —dijo Lucía.

—Desde el principio.

—No todo. No sabía dónde estaba Clara hasta Toledo.

—Pero sabía que la buscábamos.

Lucía se pasó una mano por la cara.

—Requena lo metió en la unidad en 2008.

—La red se hereda.

—O se reproduce.

Ortega pidió abogado y dejó de hablar.

Pero su teléfono nos dio otra cosa.

Una ubicación enviada a Valcárcel dos horas antes.

Mi despacho.

—¿Por qué ahora? —pregunté.

Lucía miró la pantalla.

—Porque cree que la grabación sigue allí.

—Ya la tenemos.

—Él no lo sabe.

Me puse de pie.

—Entonces hagamos que venga.