CAPÍTULO 17
EL CEBO
El repartidor se llamaba Yago Ferrer y tenía veintidós años, una furgoneta llena de paquetes y la expresión de quien acababa de descubrir que hacer lo correcto podía complicarle la tarde.
Encontró la cafetera en un contenedor de obra a dos calles de mi despacho. La vio porque había parado allí para reorganizar entregas y un hombre salió corriendo de un portal con una bolsa de deporte. Al escuchar sirenas, el desconocido arrojó varias cosas al contenedor antes de subir a una moto.
—La cafetera cayó fuera —dijo—. Iba a tirarla, pero vi el número pegado debajo.
No era mi número.
Era el antiguo teléfono del despacho, desconectado desde 2011.
Álvaro lo había escrito con rotulador en una tira de cinta.
La cafetera estaba abollada de un lado.
El filtro interior parecía normal.
Yago había encontrado la tarjeta porque, al lavarla por curiosidad, una pieza metálica del fondo se soltó.
Dentro había una microSD.
Lucía tomó declaración al chico y se llevó la cafetera a una sala limpia. Yo fui detrás.
—No puedes tocarla todavía.
—Álvaro la escondió para mí.
—Y alguien acaba de cometer un robo para llevársela. Ahora es evidencia.
—Todo acaba siendo evidencia cuando tú apareces.
—Ese es literalmente mi trabajo.
El técnico hizo una imagen forense de la tarjeta.
Había un único archivo de audio.
Fecha de creación: 15 de junio de 2010.
Duración: nueve minutos y treinta y ocho segundos.
Nos sentamos.
El técnico pulsó reproducir.
Ruido de restaurante.
Cubiertos.
Una puerta.
Después una voz.
Esteban Llorente.
—La chica no puede hablar.
Requena respondió.
—Desaparecerá.
—No es suficiente.
Una tercera voz.
Valcárcel.
—¿Y los policías?
—Uno está comprado —dijo Esteban.
—¿Y los otros?
Hubo una pausa.
—Si se meten, se apartan.
—¿Y si no?
Esteban respondió con tranquilidad.
—Entonces se apartan para siempre.
No moví un músculo.
La conversación siguió.
Hablaron de Clara.
De una investigación interna.
De una «copia» que no encontraban.
Requena insistía en que matar a un policía era una línea que no podían cruzar.
Esteban se reía.
—Las líneas sirven para saber cuánto cuesta cruzarlas.
En el minuto seis alguien mencionó un nombre.
—El señor Navas no quiere ruido —dijo Requena.
El técnico pausó.
Lucía me miró.
—Navas.
—Nicolás.
—Quizá.
Reanudamos.
Valcárcel preguntó:
—¿Y Vela?
Mi apellido en la voz de aquel hombre dieciséis años antes me produjo una sensación física, como si alguien hubiera entrado en la habitación.
Esteban respondió:
—No sabe nada.
Requena:
—Mejor que siga así.
Valcárcel:
—Luna lo usa para moverse. Si hace falta, puede servir.
«Puede servir».
Eso había sido yo.
Una herramienta.
Un señuelo.
Un cuerpo disponible.
La grabación terminaba con el ruido de una silla y una frase de Esteban:
—El viernes se acaba.
Viernes era 18 de junio.
El día que murió Álvaro.
Nadie habló durante un rato.
Finalmente Lucía dijo:
—Esto es suficiente para reabrir formalmente el caso.
—Esteban dirá que está manipulado.
—Tenemos el original, metadatos, contexto. Y Valcárcel está vivo.
—De momento.
—Vamos a pedir una orden de detención.
—Si la filtración sigue dentro, se enterará antes de que la firméis.
Lucía apretó la mandíbula.
—Lo sé.
Clara, que había escuchado desde el otro lado del cristal, entró.
—Navas.
—Sí —dije.
—Álvaro tenía razón.
—¿Sobre qué?
—Sobre que Esteban no estaba arriba.
—¿Qué sabemos de Nicolás Navas?
Lucía consultó el móvil.
—Notario excedente. Dejó el ejercicio en 1997. Después asesoró grupos inmobiliarios y patrimonios familiares. Fundó Navas & Asociados. Murió en Panamá en 2012.
—¿Murió de verdad?
—Hay certificado.
—Clara también tiene uno.
Nadie respondió.
Me puse de pie.
—Quiero hablar contigo —le dije a Lucía.
Salimos al pasillo.
—¿Qué?
—¿Eras prima de Álvaro?
Se quedó quieta.
Clara lo había insinuado. Yo necesitaba escucharlo de ella.
—Prima segunda —dijo—. Nuestras madres eran primas hermanas. Nos criamos cerca. De pequeños pasábamos veranos juntos.
—Me conociste en la academia y nunca dijiste nada.
—Álvaro me pidió que no lo hiciera.
—¿Por qué?
—Porque sabía que te sentirías vigilado.
—Tenía razón.
—Mateo…
—¿Cuándo te pidió ayuda con Clara?
—Dos días antes del accidente falso.
—¿Y accediste sin decírmelo?
—Sí.
—¿Sabías que yo era el cebo en la nave?
Lucía cerró los ojos.
—Sí.
La rabia llegó limpia.
No como antes. Peor. Sin ruido.
—Explícamelo.
—Álvaro sabía que vigilaban sus movimientos. Filtró que tú llevabas una copia de los documentos a un contacto. Mientras te seguían, él iba a sacar a Clara de Madrid.
—Yo no llevaba nada.
—Lo sé.
—Me dispararon.
—No estaba previsto.
—Qué alivio.
—Yo era quien debía llevar a Clara hasta Portugal. Álvaro no tenía que volver a la nave.
—Pero volvió.
—Vio a Valcárcel siguiendo tu coche. Comprendió que no era solo vigilancia. Te estaban preparando una emboscada.
Recordé la noche.
Una llamada de Álvaro.
«Necesito que lleves una carpeta a Villaverde. No la abras.»
La carpeta estaba vacía.
Nunca lo supe porque la policía la recogió después del tiroteo y Requena me dijo que contenía documentos de la operación.
—La carpeta —dije.
—Vacía.
—Me mintieron también con eso.
—Sí.
—¿Por qué Álvaro regresó?
—Para sacarte.
Vi otra vez la puerta lateral de la nave.
Álvaro corriendo hacia mí.
Un fogonazo.
Su cuerpo cayendo.
—Murió por volver a buscarme.
—Sí.
Me apoyé en la pared.
Durante dieciséis años había cargado con la idea de que yo había sobrevivido porque tuve suerte.
Ahora la suerte tenía el rostro de un hombre que había cambiado su plan para salvarme.
—¿Por qué no me lo dijiste después?
—Porque Clara seguía viva. Porque Requena seguía en activo. Porque Valcárcel desapareció del expediente. Porque Álvaro me hizo prometerlo.
—Las promesas a los muertos deberían caducar.
—Algunas sí.
—Esta tardó dieciséis años.
Lucía se acercó un paso.
—Lo siento.
No esperaba la frase.
—No te estoy pidiendo que me perdones. Lo haría otra vez si estuviera en aquella noche y supiera lo que sabía. Pero después… después debería habértelo contado.
—¿Cuándo?
—Hace años.
—¿Por qué no lo hiciste?
Sonrió con tristeza.
—Porque cada año que pasaba era más difícil explicar el anterior.
Eso sí lo entendía.
Había cosas que yo llevaba dieciséis años sin hacer por la misma razón.
—Todavía estoy enfadado.
—Lo sé.
—Mucho.
—También.
—Y no voy a perdonarte hoy.
—No te lo he pedido.
Nos quedamos en silencio.
—¿Quién dentro del operativo sabía la ubicación del despacho y la carta? —pregunté finalmente.
Lucía cambió de gesto. Volvimos al trabajo.
—Voy a cruzar accesos, llamadas y cámaras.
—No informes a nadie más.
—No eres tú quien decide eso.
—Lo sé.
—Pero tienes razón.
Volvimos a la sala.
La grabación seguía abierta en la pantalla.
En la forma de onda había una parte casi plana al minuto siete.
El técnico levantó la mano.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Una cuarta voz. Muy baja. Apenas entra en el micrófono.
Subió ganancia, filtró ruido.
Escuchamos.
Una voz mayor.
Tranquila.
—Esteban, basta. El señor Navas ha dicho que no habrá más improvisaciones.
Esteban respondió:
—Entonces que venga él a ensuciarse las manos.
La voz contestó:
—El señor Navas no se ensucia las manos.
—¿Quién habla? —pregunté.
Clara palideció.
—Ramón Tejada.
—Tejada estaba en la reunión.
—Sí.
—Entonces en la fotografía del restaurante había cuatro hombres, no tres.
Clara me miró.
—Cinco.
—¿Cinco?
—Yo hice la foto desde otra mesa. Había otro hombre sentado de espaldas a mí. Solo lo vi cuando se levantó.
—¿Quién?
—No lo conocía.
—Descripción.
—Mayor. Pelo blanco. Alfiler de balanza.
El mismo hombre que Mercedes recordaba del archivo.
Navas.
O alguien que quería que creyéramos que era Navas.