Los muertos no llaman CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

LA MUJER QUE NO EXISTE

Clara llevaba diecisiete años sin tener una vida que pudiera escribir en un formulario.

Eso era lo primero que entendí cuando se sentó frente a mí en una sala de reuniones prestada por la fiscalía.

No tenía cuenta bancaria a su nombre, historial médico, contrato de alquiler, permiso de conducir ni fotografías recientes en bases oficiales. Había utilizado cuatro identidades, tres países y una sucesión de trabajos que pagaban lo suficiente para vivir sin hacer demasiadas preguntas.

—¿Nunca quiso volver? —pregunté.

—Todos los días durante los primeros cinco años.

—¿Y después?

—Después dejé de saber a dónde significaba volver.

Lucía estaba en la otra punta de la sala, hablando por teléfono sobre la filtración. Yo seguía enfadado con ella. Clara seguía mirándome como si esperara que decidiera cuánto.

—Cuéntemelo desde el principio —dije.

—¿Qué parte?

—La que todo el mundo ha decidido que no debía conocer.

Clara apoyó las manos sobre la mesa.

—Conocí a Álvaro en septiembre de 2009. Envié un paquete anónimo con documentos a una unidad de delitos económicos. Nunca llegó allí. Terminó en Judicial porque uno de los nombres de las sociedades aparecía en una investigación de fraude.

—Álvaro estaba trabajando en esa investigación.

—Sí. Me llamó desde un teléfono público y me pidió una reunión.

—¿Le dijo que era policía?

—Me enseñó la placa. Yo creí que era el final del problema.

Sonrió sin humor.

—Es curioso lo ingenua que puede ser una persona justo antes de aprender a tener miedo.

—¿Qué encontró usted?

—Al principio, dinero negro. Después compraventas de suelo.

Las empresas adquirían terrenos antes de cambios en los planes urbanísticos.

No era suerte. Recibían información. Parte del beneficio regresaba a intermediarios, funcionarios y asesores.

Cuando empecé a cruzar sociedades, descubrí que el mismo mecanismo se utilizaba para otros grupos empresariales.

—¿Quién estaba en el centro?

—No había un centro visible. Eso era lo inteligente. Había notarios, gestores, abogados, dos policías, un funcionario de Hacienda, varios cargos municipales. Cada uno hacía una parte.

—¿Esteban?

—Era cliente y socio operativo. A veces parecía mandar. Otras veces recibía instrucciones.

—¿De N.?

Clara levantó los ojos.

—¿Ha visto esa inicial?

—En los protocolos.

—Nosotros lo llamábamos N. porque era lo único que aparecía. Julián decía que Esteban hablaba de alguien como «el viejo». Tejada utilizaba «el notario», aunque no sé si era realmente notario.

—¿Nicolás Navas?

La reacción fue mínima.

Pero estuvo ahí.

—Ese nombre apareció una vez.

—¿Dónde?

—En una agenda de Esteban. Navas & Asociados. Busqué información. Era un notario excedente convertido en asesor. Cuando pregunté a Tejada, me dijo que olvidara el nombre.

—¿Lo hizo?

—No.

—Eso parece ser otro rasgo común de esta historia.

Clara respiró hondo.

—Álvaro empezó a comprobar mis documentos. No me creyó inmediatamente.

—Eso sí suena a él.

—Tardó tres semanas en admitir que yo tenía razón. Después me dijo que no podía confiar en su jefe.

—Requena.

—No sabía si estaba comprado o solo asustado. Descubrió consultas extrañas en el sistema y que alguien había accedido a los registros de mi denuncia. A partir de ahí, nos veíamos fuera de comisaría.

—Y se enamoraron.

Clara no respondió enseguida.

—No sé si esa es la palabra.

—Irene la usó.

—Irene siempre ha necesitado poner nombre a las cosas.

—Álvaro también.

—Entonces sí.

Miró sus manos.

—Nos enamoramos.

La frase produjo algo extraño en mí. Celos no. Álvaro había muerto hacía dieciséis años y Clara no era una rival. Era la constatación de una habitación de su vida en la que yo nunca había entrado.

—¿Por qué no me dijo nada?

—Porque usted era su compañero.

—Eso suele ser una razón para decirlo.

—No en este caso. Cuanto menos supiera, más seguro estaba.

—Todos repetís lo mismo.

—Porque era verdad.

—No. Era una decisión.

Clara aceptó el golpe.

—Sí.

Lucía terminó la llamada y se acercó.

—La entrada en tu despacho la hizo alguien con llave del portal. No forzaron la puerta del edificio.

—Hay cuarenta vecinos.

—Y cámaras nuevas en la tienda de enfrente. Estamos revisando.

—¿Algún coche?

—Uno. Matrícula tapada.

Clara continuó.

—En noviembre de 2009 Esteban supo que yo estaba copiando documentos. Julián me llamó a las once de la noche. Dijo que no volviera a casa.

—¿Dónde estaba Álvaro?

—Conmigo. Habíamos quedado para entregar una primera copia a un fiscal que él conocía.

Lucía la miró.

—Nunca llegasteis.

—No. El fiscal canceló la reunión media hora antes. Álvaro pensó que era una trampa.

—¿Quién era? —pregunté.

—Murió en 2016. Infarto.

—En esta historia todos mueren de formas sorprendentemente oportunas.

—Algunos simplemente mueren —dijo Clara—. Si convierte cada cadáver en una conspiración, terminará viendo asesinos en los cementerios.

—Es un riesgo profesional.

—Álvaro organizó el accidente esa misma noche. Necesitábamos tiempo.

—¿El cuerpo?

Clara miró a Lucía.

Lucía respondió.

—No hubo otro cuerpo.

—El atestado dice que sí.

—El coche ardió vacío.

—Entonces ¿qué identificó el forense?

Lucía sostuvo mi mirada.

—Restos animales y material orgánico de un banco de pruebas.

Tardé en procesarlo.

—¿Cómo demonios conseguisteis eso?

—No preguntes.

—Llevo dieciséis años haciendo exactamente eso.

Clara intervino.

—Una persona de confianza de Álvaro trabajaba con el depósito forense. Preparó material suficiente para que, con el coche calcinado y la presión de cerrar el caso, nadie profundizara.

—¿Benavides?

—No. Benavides ayudó después, sin saber toda la verdad.

—¿Y la ficha dental?

Lucía bajó la mirada.

—Falsificada.

—¿Por ti?

—No.

—¿Por quién?

—No lo sé. Álvaro nunca me dio el nombre.

—Otra persona más.

La red de gente que había conocido una parte empezaba a parecerse demasiado a la red que investigábamos.

—¿Por qué el 18 de junio de 2010? —pregunté—. ¿Qué cambió?

Clara miró a Lucía.

—Encontramos una copia de una carta.

—¿La que retiraron del protocolo?

—Sí.

—Requena dijo que no fue Tejada.

—No fue él. Alguien usó su autorización. La carta contenía instrucciones para una operación de suelo y una lista de pagos. Al final había una firma manuscrita: N. Navas.

—Nicolás Navas.

—Eso creímos.

—¿Dónde está la carta?

—Desapareció la noche que murió Álvaro.

—¿Quién la tenía?

Clara se quedó en silencio.

—Álvaro.

—¿Y la grabación?

—La hizo al día siguiente. Consiguió colocar un dispositivo en una reunión de Esteban, Requena y Valcárcel. Quería una prueba que no pudiera explicarse como documentos falsificados.

—¿Quién sabía dónde la escondió?

—Nadie.

Lucía negó.

—Me dijo que estaría donde Mateo podría encontrarla. Nada más.

—Y alguien entró en mi despacho justo después de que abriéramos la carta.

Clara palideció.

—Entonces la filtración está muy cerca.

—¿Quién sabía que abrimos la carta? —pregunté.

Lucía empezó a enumerar.

—Tú. Yo. Clara. Padre Tomás. La fiscal Isabel Martín. Dos agentes de Económicos. El técnico que clonó los discos.

—Siete personas.

—Ocho contigo.

—Siempre es bueno empezar una lista de sospechosos con uno mismo.

Mi teléfono sonó.

Era un número desconocido.

No oculto.

Contesté.

—¿Vela?

Una voz masculina joven.

—Sí.

—Tengo algo suyo. Lo encontré en la calle de los Reyes.

Lucía me hizo un gesto para activar altavoz.

—¿Qué cosa?

—Una cafetera.

Me puse de pie.

—¿Dónde está?

—En mi furgoneta. Creo que el tipo que la llevaba la tiró cuando vio a la policía.

—¿Quién es usted?

—Repartidor. Vi su número escrito debajo.

Miré a Lucía.

—Yo nunca escribí mi número debajo.

Ella ya estaba llamando a su equipo.

La voz continuó.

—Hay otra cosa.

—¿Qué?

—Dentro hay una tarjeta muy pequeña.

Álvaro seguía hablando.

Dieciséis años después.