CAPÍTULO 15
LA CARTA DE ÁLVARO
Mateo:
Si lees esto, significa que Clara sigue en peligro o que yo ya no estoy para explicarte mis estupideces en persona. Probablemente las dos cosas.
Me detuve.
La voz apareció en mi cabeza con una claridad que no esperaba.
Álvaro leía deprisa. Escribía igual.
Continué.
No confíes en Requena. No confíes en nadie que te diga que el caso es demasiado grande. Las cosas grandes están hechas de decisiones pequeñas y de personas que esperan que otro mire hacia otro lado.
Te he usado como distracción. Lo siento.
Si hubiera encontrado otra forma, la habría elegido.
No te dije nada porque eres el peor actor que he conocido y porque, si te interrogaban, necesitaba que dijeras la verdad.
También necesitaba que siguieras vivo, aunque el plan que hice para lograrlo fue, visto con perspectiva, bastante malo.
Solté aire por la nariz.
Incluso muerto conseguía irritarme.
Clara tiene las pruebas. No basta con que sobreviva. Tiene que llegar el momento en que esas pruebas puedan salir sin que las entierren. Ahora mismo no sé quién dentro de la policía está comprado. Sé que Requena lo está o, como mínimo, está comprometido. No sé hasta dónde.
Hay una grabación. No puedo guardarla con Clara. Tampoco en dependencias policiales. La he dejado donde tú y yo empezamos de verdad, no donde empezamos a trabajar.
Si no recuerdas qué café tomamos la noche que decidimos montar la agencia, mereces perderla.
Levanté la vista.
La cafetería.
Lavapiés.
La máquina averiada.
La cafetera italiana que el dueño nos regaló cuando cerró el local.
La misma que llevaba dieciséis años acumulando polvo en nuestra estantería.
Seguí leyendo.
Y una cosa más. Lucía me ayudó. Fui yo quien se lo pidió.
Si alguna vez te enfadas con ella, acuérdate de que fue mi decisión y que le hice prometer que no te diría nada hasta que Clara estuviera a salvo.
Sé que esto te enfadará. En realidad, cuento con ello.
Tu rabia siempre ha sido más fiable que tu prudencia.
No culpes a Lucía por obedecerme. Culpa a tu amigo por pedirle algo injusto.
A.
Debajo había una posdata.
P.D. Si esta carta lleva más de diez años guardada, cambia esa cafetera. Es veneno.
Me quedé sentado.
Clara y Lucía esperaban a unos metros.
—¿Dónde empezasteis de verdad? —preguntó Clara.
—En un bar de Lavapiés.
—¿Sigue abierto?
—No.
Lucía me observaba.
No pude evitarlo.
—Lo sabías.
—Sabía que había una carta. No lo que decía.
—¿Te pidió que me mintieras?
—Sí.
—¿Y aceptaste?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque acabábamos de sacar a Clara de un intento de asesinato. Porque alguien dentro del cuerpo estaba filtrando información. Porque Álvaro creía que tú serías el siguiente si sabías demasiado.
—Y resultó tan bien que me dispararon igual.
Lucía bajó la voz.
—Lo sé.
La rabia que había sentido en Toledo seguía ahí, pero la carta le había quitado una parte de su forma.
Álvaro había elegido.
Lucía había obedecido.
Eso no la hacía inocente.
Pero cambiaba el peso.
—La grabación está en la cafetera —dije.
Clara frunció el ceño.
—¿Qué cafetera?
—Una reliquia de nuestras malas decisiones.
Me levanté.
Lucía hizo un gesto a dos agentes.
—Vamos contigo.
—No.
—Mateo.
—Si Valcárcel ha vigilado la iglesia, puede estar siguiendo a cualquiera que salga. No quiero llevarlo directamente al despacho.
—Ya conoce tu despacho.
—Entonces llegará antes que nosotros.
Eso cambió su expresión.
Salimos deprisa.
Lucía llamó a una patrulla para que comprobara el edificio.
No respondían desde el telefonillo.
El trayecto desde Carabanchel hasta el centro duró dieciocho minutos.
Parecieron cuarenta.
Durante el camino recordé la noche de la cafetera.
2004.
Álvaro y yo teníamos veintinueve y treinta años. Habíamos salido de una investigación de malos tratos que terminó con una víctima retirando la denuncia y volviendo a casa con el agresor. Estábamos frustrados, borrachos y convencidos de que podríamos hacer mejor trabajo por nuestra cuenta.
«Un día montamos algo tú y yo», dijo Álvaro.
«Claro. Vela & Luna. Suena a circo.»
«Suena a bufete caro.»
«No tenemos dinero.»
«Por eso será detective. Los abogados necesitan traje.»
Nos reímos.
Seis años después abrimos la agencia.
Tres meses más tarde murió.
Nunca llegamos a trabajar juntos allí más de noventa y cuatro días.
A veces una vida entera cabe en una placa de puerta.
Llegamos a la calle de los Reyes.
La patrulla estaba fuera.
Uno de los agentes negó al ver a Lucía.
—La puerta del despacho está forzada.
Subimos.
Todo estaba revuelto.
Cajones abiertos.
Archivadores volcados.
El ordenador arrancado de la mesa.
La estantería caída.
Mi primera mirada fue a la cafetera.
No estaba.
—No —dije.
Busqué entre los objetos del suelo.
Nada.
Lucía cerró la puerta.
—¿Estás seguro de que era esa?
—Sí.
—¿La grabación podía seguir dentro?
—No lo sé.
Clara inspeccionó la estantería.
—¿Quién sabía lo de la cafetera?
—Álvaro. Yo. El dueño del bar, si sigue vivo.
—Y cualquiera que haya leído la carta —dijo Lucía.
Miré el sobre en mi mano.
—La carta estuvo dieciséis años en una caja que conocían Clara y el sacerdote.
Clara negó.
—Nadie más.
—Entonces Valcárcel no buscaba específicamente la cafetera. Se llevó cosas al azar.
Lucía señaló el suelo.
—No. El resto está revuelto. No falta el televisor, ni tu arma del cajón, ni equipos. Quien entró sabía qué quería.
Sentí un frío lento.
—Alguien sabía lo que decía la carta antes de que yo la abriera.
Clara me miró.
—O alguien sabía dónde escondió Álvaro la grabación desde 2010.
Un sonido metálico llegó desde el pasillo.
Los agentes levantaron las armas.
Nada.
Solo el ascensor.
Me senté en la silla.
La grabación, la única prueba directa que Álvaro había escondido para mí, podía haber desaparecido dieciséis años sin que nadie la tocara.
Y justo la noche en que yo descubría su existencia alguien entraba en mi despacho y se llevaba la cafetera.
Eso no era suerte.
Era información.
Información reciente.
Miré a Lucía.
Ella entendió.
—Tenemos una filtración.
—Otra vez.
—Dentro del operativo.
—Otra vez.
Clara cerró los ojos.
—No ha terminado nunca.
No.
Solo habíamos tardado dieciséis años en volver al mismo punto.